• Javier Ortega Allué

Insoportable azar


Los seres humanos somos, entre otras cosas, animales hermenéuticos. No nos basta con vivir en un mundo de nudos hechos, aun suponiendo que ello fuera posible, que no lo es; necesitamos interpretarlos. Y eso supone partir siempre de supuestos, ser para siempre heredero. No hay posibilidad alguna de adanismo, excepto para Adán. Nacemos y vivimos en un mundo de códigos y claves, de interpretaciones y sentidos. Tanto, que a veces llegamos a olvidarnos de que nuestra vida está toda ella mediada por la cultura, que no es otra cosa que el catálogo de instrumentos para la supervivencia que el hombre ha tenido que inventar en cada época de su vida, con mayor o menor fortuna, para existir. Catálogo siempre incompleto, provisional, nunca firme ni definitivo, aunque alberguemos tal esperanza. De ahí nuestra naturaleza inventiva, pues lo que les ha sido útil y pertinente a unos dejó de serlo hace algún tiempo para otros, que se ven incitados así a seguir inventando para no ahogarse.

Suceden, pues, hechos, y los humanos les atribuimos un valor y un significado. No cualquiera ni de cualquier modo, sino siempre en función de esa necesidad humana de no yacer a la intemperie desnuda y de hacernos con los hechos cobijo y rebujo. Somos como el primer hombre que inventó el modo de producir ese fuego con que calentarse en la frías noches y descubrió con ello que la llama hacia más claras las tinieblas que le envolvían. Que lo robaran a los dioses fue, sin duda, una hazaña posterior.

Los seres humanos vivimos en los supuestos, como el poeta decía que los enamorados lo hacen en los pronombres, alegres y desnudos. Por eso no debería llamarnos la atención que nos resulte a menudo tan difícil diferenciar el hecho nudo de la atribución de su valor o de su significado, con que lo vestimos y lo entendemos. Partimos siempre de supuestos. Por ejemplo, suponemos que las acciones humanas obedecen a una cierta lógica –a veces creemos incluso que universal- y que todos actuamos casi siempre sometidos al gobierno ponderado de la razón. Suponemos también cierta estabilidad en nuestras respuestas ante los acontecimientos y cierta coherencia del mismo tipo en las respuestas que los demás nos ofrecen. En suma, suponemos un orden en el mundo, que sólo algunas excepciones vienen a poner momentáneamente en entredicho. Somos incapaces de vivir en el absurdo y el sinsentido; sobre todo, porque somos una especie que gustamos de narrar historias. Necesitamos, pues, explicarnos, lo que incluye sin duda explicar también el mundo que se concita en nuestro vivir. Casi todo lo vivido es soportable si somos capaces de encontrarle algún sentido. Ese es el secreto de todas las ilusiones sin porvenir en que el ser humano ha creído dese que comenzó a enterrar a sus muertos.

Aunque a veces hay ocasiones en que las historias se desquician y la coherencia sucumbe al dicterio de lo irracional. Nos rebelamos contra ello, porque seguimos afanosos de orden y certidumbre. Somos capaces de creer incluso cosas absurdas con tal de que nos regalen con generosidad ese orden que tanto parecemos anhelar. Más allá incluso de lo humano, lo tratamos de levantar también sobre el reino de las fantasías, del mundo animal o telúrico. Suceden tragedias ineluctables, ocurre, por ejemplo, un terremoto en Nepal, y alguien habla de cómo, por encima de las ruinas, el templo de una diosa ha seguido en pie, desafiante, a pesar del embate de la corteza terrestre, lo que sin duda es la prueba fidedigna de alguna secreta voluntad divina que sólo el sacerdote puede interpretar como prueba o castigo o ensañamiento o testimonio. Dioses tan humanos que manifiestan las mismas emociones que nos han permitido sobrevivir como especie.

Dotamos al azar de sentido para habitar un mundo humano. Pero hay ocasiones en que nos resulta tan arduo encontrarlo que recurrimos, entonces, a hablar del mal o de la locura o de algún otro concepto de esa traza que nos salve, es decir, que nos haga distinguir en qué lado de la frontera estamos y con quién.

El mal es ubicuo y la locura, repentina. Brotan ambos del interior de nuestra naturaleza, de forma inesperada y destructiva. Descansamos cuando sabemos que los demonios están a buen recaudo en el fondo de una botella que tenemos bien tapada. Cuando asoma el mal, casi siempre nos encuentra como testigos o como sus víctimas. O al menos, es eso lo que nos empecinamos en creer. Y hacemos sentido de lo vivo y de lo muerto. Por ejemplo, de un niño ahogado en el mar.

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