• Javier Ortega Allué

Terapia narrativa con familias multiproblemáticas (2)


Frente a sus contenidos, no podemos decirle al libro, como ya advirtiera Platón: bueno todo eso está muy bien, pero ¿cómo se hace? Los libros, también los de terapia, siempre dicen lo mismo, por más que los interroguemos, y son muchos los que no nos llegan a explicar (que es lo que nos interesa) cómo se puede poner en práctica lo que dicen. El de Ramos, sí. Esta es una virtud a destacar.

Otro aspecto del trabajo de Ramos que quiero señalar es el de su capacidad analítica frente a los discursos que se hacen en terapia. Porque, de entrada, hay que decir que en terapia no hay un solo discurso. No cuenta solo lo que la gente cuenta. En el contar se ponen en juego otros muchos elementos, que el autor desmenuza en detalle, pues de no ser tenidos en consideración el profesional puede encontrarse metido en un brete y dar con sus huesos en el suelo encharcado de la impotencia, que no es sólo un estado, sino que también señala una forma de dar a entender cosas sobre los pacientes, por ejemplo: que no tienen remedio.

Hay elementos de los discursos que se relacionan con el contexto en que estos emergen y que van a marcar la acción del terapeuta en sesión. Por ejemplo, que se produzcan en un contexto de urgencia y alta ansiedad, o que la primera entrevista ocurra antes de unas vacaciones, por lo que el terapeuta, como señala el autor, habrá de tener que operar y tomar decisiones que pueden ser significativas, sin saber aún si podrá rectificarlas o ratificarlas en una siguiente sesión, muy alejada en el tiempo.

Hay otras condiciones, nos recuerda, que tienen que ver con las claves individuales y profesionales con las que cada uno de nosotros interpretamos los discursos. Nuestros prejuicios de clase, o nuestros supuestos; por ejemplo, cuando nos situamos en la posición de escuchar una versión de los hechos y la tomamos por la verdadera, o cuando nos preguntamos la intención por la que nos cuentan lo que nos cuentan. Todo esto no hace variar la literalidad del discurso, pero sí –y mucho- la interpretación, que no es lo que cuentan pero sí lo que cuenta.

Nuestros supuestos están siempre ahí, inevitables, pero conviene que seamos al menos conscientes de que los tenemos y no actuemos como si estuviéramos exentos o ni siquiera fuera eso, prejuicios. Esto, siempre; pero más, si cabe, cuando como profesionales hemos de atender a familias que se explican con discursos de alta intensidad dramática y emocional, que no dejan a nadie indiferente. Aunque uno no sea un terapeuta narrativo, son cosas que no conviene olvidar, porque se paga un precio por ello, y no sólo lo paga el profesional, sino, sobre todo, aquellos a quienes atiende.

Me ha gustado especialmente cómo el autor aborda el tema de la complejidad y los códigos, cómo leemos situaciones en función del registro con que las interpretemos. Y la idea de que las familias que pueden llegar a ser multiproblemáticas muestran conductas a los profesionales que se pueden leer en códigos diferentes. Todo esto genera consecuencias, como la reducción de la Complejidad a Complicación o la persistencia de los profesionales en un código dominante para interpretar lo que ven y, por tanto, para intervenir sobre ello.

A pesar de que a menudo hablamos de hipótesis provisionales, los profesionales nos dejamos arrastrar con no poca frecuencia por ellas porque es más sencillo profundizar en las mismas que cambiarlas.


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