• Javier Ortega Allué

Los beneficios de la supervisión de equipos (1)


Ponencia presentada en el X Congreso de la Sociedad de Cuidados Paliativos de Cataluña y Baleares (marzo de 2018).

En primer lugar, querría agradecer la amable invitación a este décimo Congrès de la Societat Catalano-Balear de cures pal.liatives y a su Junta Directiva por haber pensado que mi intervención hoy, aquí, quizás, podría aportar un punto de vista sistémico complementario a muchas ideas que seguramente se han vertido ya en este congreso.

Quisiera empezar con una pequeña provocación desde esta posición mía de terapeuta y supervisor relacional sistémico.

Tiene que ver con aclarar un pequeño y muy simple malentendido y que no es otro que este: tener a una parte o a toda la familia sentada frente a nosotros en una consulta no significa que nuestra intervención sea ya en sí misma una intervención familiar. Sí, seguramente, una intervención con la familia; pero no una intervención sistémico-relacional.

El modelo de supervisión que les voy a esbozar -siquiera que brevemente- parte de la idea de que trabajar con las familias supone centrar la mirada en la transmisión circular de la información, en las pautas redundantes de la danza familiar, que tiene en esta metáfora del baile una clara ilustración de lo que sucede en las familias y de lo que les ocurre a las familias con los operadores.

De forma sutil o descarada, todos danzamos. Y esto significa que, cuando uno da un paso adelante, hay otro que lo da hacia atrás, y significa también que, como buen observador sistémico, no me debo quedar enredado en lo que las familias nos cuentan y dicen, sus relatos -a menudo duros, trágicos y difíciles- porque estos relatos lo que hacen es justificar su posición y la queja, sino que debo fijarme en este secreto murmullo que danzan con los pies, con el cuerpo entero y con lo que por debajo de las palabras nos indican a nosotros y se indican entre sí.

Es, como digo, una danza sutil, en la que los operadores también estamos inmersos. No se piensen ustedes que ocupamos una posición externa y objetiva. Nada de eso. Es una danza, además, que tiende a pasar desapercibida cuando nos conformamos con hacer una lectura lineal de lo que les sucede o cuando nos quedamos prendidos de los relatos que nos cuentan. Preguntar a cada miembro de la familia cómo se siente en este momento de la consulta es menos útil, terapéuticamente hablando, que preguntarle a cualquiera de ellos cómo cree que se siente el otro. Porque el sistema cambiará un poco (o mucho) cuando tenga que procesar nuevas informaciones.

Queda dicho, pues, que trabajar con la familia es un plus que va más allá de tenerlos a todos delante. Aunque tenerlos delante es también algo más que tenerlos sólo interiorizados, como en su día descubrieran los pioneros de la terapia familiar.

Hoy quisiera centrarme, sin embargo, más que en las familias, en la figura misma del operador, y en sus necesidades relacionales, técnicas y emocionales en los contextos informativos, asistenciales y reorganizativos (Lamas, 1997) en que realizan su trabajo la mayoría de los profesionales–supongo- que hoy están en esta sala.

Hablar de contextos informativo y asistencial-reorganizativo es preferible a hablar de contexto terapéutico, y esto por dos motivos:

  • En primer lugar, porque el trabajo que realizan una buena parte de los operadores de tales contextos está limitado por la situación de urgencia o final que presentan los casos de los cuales suelen ocuparse ustedes; y, en ese sentido, no pueden quizás plantearse siempre una terapia a medio plazo, pero sí una intervención reestructurante que produzca verdaderos cambios en la vida de los clientes, aunque se haga de forma puntual. Es decir, que sea terapéutica sin ser una terapia.

  • En segundo lugar, por la efectividad que presenta esta forma de entender el contexto, en estas circunstancias de crisis vital y existencial de las familias, sobre todo por tratarse de contextos escasamente patologizantes, al menos en lo que se refiere a las patologías mentales clásicas.

Es muy importante, para mí como supervisor, mirar al operador, su forma de activarse, sus bloqueos, las resonancias emocionales que comportan las situaciones que vive.

La supervisión parece, así, como la mejor herramienta para cuidar (los) y cuidar (se) entre sí los miembros de estos equipos. La supervisión ayuda a protegerse frente al fenómeno habitual del “quemarse o estar quemados” de los profesionales que trabajan en esta primera línea de contención de dolor (Alegret, Gil y Vega, 2017).

La supervisión, además, pone de manifiesto la manera preferente como estos operadores cuidan, se cuidan entre sí y se dejan cuidar, elementos estos esenciales en los contextos a los que aquí hago referencia.


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