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  • Javier Ortega Allué

Amor más allá de la vida


La ópera Orfeo y Eurídice, de Christoph Willibald Gluck (1714-1787) pone música y voz a un mito que forma parte de nuestro imaginario colectivo: el mito del amor que trasciende la muerte.


Eurídice ha muerto huyendo de los reclamos amorosos de Aristeo. Orfeo, el poeta mago, se lamenta de su desgraciada hasta provocar la compasión de los dioses y el favor de Cupido, quien le ofrece la ayuda de sus artes divinas para recuperar a la ninfa, tras ponerle como condición que no mire a su esposa mientras hacen el camino de vuelta del infierno ni le revele la naturaleza de su viaje. Los continuos lamentos de esta esposa caprichosa, que se siente más despechada que agradecida, provocan en Orfeo una natural reacción de consuelo y, como en tantas parejas, las lágrimas detienen una escalada simétrica y conflictiva. Al incumplir su parte del contrato, Eurídice muere por segunda vez y el desconsuelo del marido abatido no parece tener reparación. Pero los dioses, en los mitos, a veces son más benignos que en la realidad. Compadecidos de su dolor, retornan la vida a la mujer, quien, junto a su pasmado amante, celebran el triunfo de Eros sobre Thanatos mientras cae el telón de la felicidad recobrada.


He aquí, en pocas líneas, la expresión de un anhelo profundo y escasamente verosímil, adelanto fundacional del amor romántico, fusional y de la simbiosis de la pareja. Ideal del momento constitutivo de la pareja, más propio del enamoramiento inicial que de una natural evolución hacia el amor maduro e inteligente. Acaso en analogía con el amor materno, hay un afán siempre frustrado o insatisfecho de fusión de los amantes.


Es el amor romántico el que aparece entre las bambalinas de la ópera de Gluck, el amor imaginado en el que dos serán uno, por encima de cualquier circunstancia y del paso del tiempo. Fantasía presente en los primeros hervores de la formación de la pareja, en esa etapa de estrechamiento de la atención que llamamos enamoramiento y que no es aún amor, sino sólo los preludios del amor, intensos sin duda, pero iniciales. Es un sueño o una quimera del que habrá que despertarse en algún momento, pero que opera sobre nuestra fantasía y sobre la proyección de nuestros anhelos en la otra persona, la amada, que se convierte así en el objeto único de nuestra atención y nuestros intereses, de forma casi obsesiva. No es que el amor romántico sea ciego, es más bien que el horizonte de la mirada del enamorado no tiene espacio para otras realidades que no sean las de su amada, hasta adquirir el cariz de una febril obsesión. El amor romántico es fusional. No percibe ni los límites ni las diferencias; y por ello es también imperialista y aniquilador. Al amor romántico le vienen como anillo al dedo las metáforas bélicas de la conquista y la rendición. Es un amor que causa estragos, pero que nos hace vibrar como ninguna otra clase de amor con los arrebatos incendiados de la pasión.


La muerte de Eurídice le hace tomar conciencia a Orfeo de que este amor simbiótico le ha dejado al otro lado, en la vida, sin saber ya qué hacer con ella. Recordemos el aria emblemática de la ópera, el Che farò senza Euridice? Sin Eurídice no hay sentido alguno que sostenga al amante sobre la faz de la tierra. Si Eurídice muere también ha de morir Orfeo. Los amantes no pueden vivir el uno sin el otro. “Mi dolor no puede expresarse”, dice en su lamento Orfeo, hablándonos de lo que el duelo es, pero también de lo que este amor representa. ¿Qué puedo hacer sin mi amor? ¿A dónde ir sin mi amor? La amada es el mundo y no hay, para el enamorado, más mundo que ella. Sin matices y sin complejidad, de lo que no es el amor nos habla con deleite el Orfeo de Gluck. Un mito.

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