• Javier Ortega Allué

Duelo, ritual y supervivencia (1ª parte)



Quisiera, al hilo de lo que se ha propuesto en esta jornada virtual, reflexionar sobre un hecho relacional con el que inevitablemente topamos en nuestra vida y tenemos, a día de hoy, muy presente. Me refiero al hecho de la muerte y al impacto que ella causa sobre los supervivientes. Digo que la muerte es una experiencia relacional porque es evidente que, cuando alguien muere, se muere para alguien. El duelo y la sensación de pérdida quedan para los que sobreviven. Son estos los que van a echar de menos a la persona fallecida, van a sentir su ausencia, van a ritualizar algunos actos para recordarla y van a tener que introducir esa pérdida del ser querido en un relato que siga dando sentido a su existencia, rota en estos momentos por la muerte. Eso, por no decir, además, que todo el sistema de quienes sufren la pérdida, como ya sabemos, se ha de volver a reestructurar de nuevo para seguir funcionando adaptativamente.


La pandemia que estamos padeciendo nos ha puesto ante los ojos la necesidad de ver qué podemos hacer, como profesionales, para afrontar estos momentos de duelo y pérdida que, al menos durante el período del confinamiento, ha tenido unos rasgos específicos y nuevos, los rasgos de un duelo demorado. Un duelo que no ha podido iniciarse con el ritual de la despedida.


Los rituales no son hechos banales, sino esquemas sociales que nos ayudan a enfrentarnos a ciertas situaciones y a dar fe colectiva de ellas, a darnos pues, cuenta de que en ciertos momentos transicionales estamos acompañados por otros, que actúan como testigos que sostienen a las personas en esos momentos de cierta incertidumbre. Los rituales fúnebres tienen esa virtud también: la de que nos demos cuenta de que no estamos solos ante el vacío que nos deja el fallecimiento de un ser querido, de que hay otros que nos sostienen en nuestro dolor y lo comparten. Que nos acompañan en el sentimiento. Y acompañarse es, pues, no sentirse solo, sino arropado simbólica y realmente por los demás, por la red de amigos y conocidos. Gente que se ocupa y preocupa por otra gente.


Quizás la pandemia haya tenido la virtualidad de poner ante nuestra mirada la fragilidad humana, por más que los televisores se hayan esforzado por mostrarnos una cara más benévola, dulcificando lo que ha habido tras la tragedia, quizás para mantener el ánimo o la mistificación. Porque al parecer las tragedias siempre ocurren lejos de nosotros, en otros mundos. Es posible que este endulzamiento del drama tenga mucho que ver con la irresponsabilidad con que algunos están viviendo ese llamado proceso de desescalada, porque parece que la amenaza ya no existe, ya no está ahí, al no estar en nuestras televisiones, que nos llena las retinas de imágenes de bares y playas y de gente haciendo deporte. La vida siempre sobrevive, al menos en los espacios de ocio.


Pero la ocultación de los hechos también genera una situación de angustia entre los supervivientes. Flota en el aire la incertidumbre con que afrontamos las medidas, y los mensajes tratan de habituarnos a lo que los americanos han llamado la nueva normalidad, cuando en realidad deberíamos hablar de una nueva cotidianeidad, que es donde estamos realmente instalados los seres humanos por la repetición de nuestros actos.


Hablamos de un duelo que ha comenzado sin ritual de despedida. O con un ritual nuevo, puesto que con los fallecidos que han muerto en la UCI han estado los sanitarios, esforzándose por dulcificar el tránsito para que los vivos no experimentasen la desesperanza de que los suyos murieron en soledad y abandono, como meros cuerpos cosificados. Esta ha sido también una situación novedosa para los profesionales de la salud, que no les ha dejado indemnes.


El proceso de duelo ha variado en sus ritmos y tiempos, porque ha variado también el proceso o los procedimientos. Y como profesionales vamos a tener que entender e intervenir en esta nueva situación. Pero afortunadamente no lo hacemos de vacío, desde el no saber qué hacer.


Contamos con dos elementos que creo que serán muy importantes en la tarea que vamos a tener que afrontar: El primero, un modelo de intervención (relacional-sistémico) que es muy potente. Que, desde luego, tiene sus límites, pero que es potente.


Y contamos, además, con la experiencia (de nuevo de reflexión y de intervención) que nos aporta el trabajo con familias que han perdido a sus seres queridos en experiencias muy traumáticas: suicidio, desaparecidos políticos, atentados terroristas, situaciones de crisis y emergencia… Disponemos de un arsenal de herramientas que nos ayudan a entender los procesos relacionales, del cual la pérdida es un ejemplo.


Nuestra mirada profesional se centra sobre las capacidades de resiliencia inscritas en las personas, en sus competencias mucho más que en sus déficits, en la construcción de relatos mejor formados que ayudan a reponer el sentido en aquellos espacios donde se perdió. Como individuos, pertenecemos a sistemas que nos conforman y que se transforman con la nueva información que reciben. Qué duda cabe de que vivimos tiempos en que las nuevas informaciones no van a dejar a los sistemas humanos funcionar como llevaban haciéndolo hasta ahora. En apenas tres meses nos hemos sometido a una prueba adaptativa para la que carecíamos de referencias.


¿Qué va a pasar cuando tengamos que trabajar con personas que has sufrido pérdidas en esta situación y en estas circunstancias? ¿Cuándo aparezcan los ecos reverberantes del primer golpe?

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