• Javier Ortega Allué

Editorial Mosaico 75



Este era un número casi redondo de esos que una revista acostumbra a

celebrar, pero hemos preferido celebrarlo con nuestros lectores como

sabemos aquí hacer las cosas: trabajando.

En pocas ocasiones ha estado la incertidumbre tan presente en nuestras vidas como en estos tiempos que nos están tocado padecer. Incertidumbre por el incierto futuro que se empieza a vislumbrar en el horizonte, por los cambios en nuestras relaciones y en los modos de vida que ya se están difusamente vislumbrando en el futuro cercano, por los efectos deletéreos que sobre aquellas seguridades sobre las que asentábamos nuestra existencia ha acabado teniendo la pandemia. En épocas inciertas como esta es cuando se ponen en marcha el ingenio, la capacidad del ser humano para adaptarse y seguir caminando, su instinto de supervivencia, también sus miedos y ansiedades, el recuerdo mismo de nuestra fragilidad, pero también de nuestras fuerzas y capacidades.


Lo que parecía imposible, distópico, ha ocurrido. Nos ha pillado con el paso cambiado, y nos hemos enfrentado a ello con una mezcla de sorpresa y de incredulidad. ¿Quién, hace tan sólo unos pocos meses, pensó que nos confinaríamos en nuestras casas por un tiempo indefinido, dejando en suspenso el cotidiano discurrir de nuestros días? ¿Quién sospechó siquiera que acabaríamos añorando las pequeñas oportunidades de felicidad que regaban nuestra vida? Muchas cosas han cambiado ya, y otras muchas están por cambiar en el próximo porvenir, sin que aún tengamos una perspectiva adecuada para vislumbrar la mayoría de tales cambios. No habrá nueva normalidad, sino otra cosa, a la que seguramente acabaremos acostumbrándonos, porque los seres humanos nos hacemos a casi todo.


Por el camino han ido quedado muchas personas, que nunca serán fríos números o cifras de una insensible estadística, sino personas que amaron, vivieron, consolaron, protegieron y lloraron con alguien; vidas truncadas cuya pérdida numerosas familias han tenido que afrontar o están afrontando como pueden, en una soledad física devastadora, que los profesionales de la salud han tratado de compensar con inventiva, generosidad y compasión. Ejemplos de su tarea y sacrificio no nos han faltado en estos dos meses. Ahí también hemos estado los profesionales de la salud, cada uno desde su trinchera, pero dispuestos a ayudar y a ser solidarios con quienes necesitaban ser acompañados en su sufrimiento.


Hemos visto a muchos sacar lo mejor de sí mismos en este tiempo crítico, y a unos cuantos, menos por fortuna, mostrarnos también la inconsciencia de los desentendidos y la estupidez de los estultos.


La muerte de un ser querido, como señalaba Bowen, produce en los supervivientes una onda emocional de choque que, como esos círculos que provoca una piedra cuando se arroja a un lago de aguas tranquilas, tiende a provocar unos efectos que solo se pueden valorar en períodos de tiempo más amplios. La mal llamada vuelta a la normalidad o a la nueva normalidad (que si es nueva no es normal, y si es normal no es nueva) será un proceso adaptativo y, como tal, exigirá el paso del tiempo. Un tiempo diferente, subjetivo y personal. Pero en la vida no tenemos todo el tiempo del mundo, sino solo el tiempo que vamos viviendo. De pronto nos ha golpeado con fuerza el puñetazo de nuestra finitud, de su valor y de su incertidumbre. Nuestro gran tesoro, el tiempo, del que decía Séneca que no sabemos cuánto nos queda aún en la bolsa… De pronto se ha quebrado también la idea misma de la normalidad, porque ahora sabemos que ya no volveremos a algún espacio llamado normal, que era el que habitábamos hasta que todo esto sucedió. Iremos a alguna parte, pero nunca atrás. Aquel mundo que dejamos a nuestras espaldas ya no será el que empezaremos a construir a partir de mañana.


En el caso de esta pandemia, la onda emocional de choque va a tener serias repercusiones sociales, entre las cuales no será la menor la necesidad de reorganizar muchas actividades de nuestra vida cotidiana, los desplazamientos, la asistencia a eventos masivos, la compra de las vituallas, el turismo, la simple visita al médico y a los hospitales. Ya hemos perdido la confianza en nuestra invulnerabilidad y se ha hecho trizas la leyenda de que estas cosas no podían ocurrir en países con alto nivel de vida. El enemigo invisible, una pequeña partícula, es capaz de vencer al forzudo Goliat y matarnos impunemente, o dejar malparada la economía y tronchar las oportunidades profesionales de toda una generación.


Como sucede en otros casos de pérdidas, necesitamos integrar cuanto venimos padeciendo en un relato que otorgue sentido, que dé razón y coherencia a la lucha y a la continuidad de los sobrevivientes. Siempre que hay pérdidas, suele haber inesperadas ganancias y aprendizajes, pero veremos cuáles son. Desde los más píos deseos, esperamos que el mundo se conciencie, que los valores ligados a la solidaridad se impongan sobre el egoísmo más zaíno. En cierta medida, esperamos que todo esto no esté siendo en vano, siquiera nos sirva para aprender a valorar aquellas pequeñas cosas con las que contábamos como dadas, como seguras y a la mano. De la pérdida surge, pues, la confianza en una realidad mejor: el porvenir, lugar de esperanza.


Hacia él caminamos, estableciendo nudos y alianzas que desvelen con mayor claridad nuestra naturaleza relacional. También nosotros, desde aquí, queremos poner nuestro granito de arena, porque no hay esfuerzo que sea pequeño ni compañía que no nos acompañe.

Javier Ortega

Director de Mosaico

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