• Javier Ortega Allué

EDITORIAL MOSAICO 77




La actualidad amenaza con convertirse en un género propio, y lo malo que tiene la actualidad como género es que, por un lado, nos impide captar la perspectiva que el tiempo siempre otorga a las acciones y a sus consecuencias; por otro, la actualidad sufre de una rapidísima tendencia a volverse inactual, mal que nos pese. Viene esto a cuento porque hace aproximadamente un año que vivimos sumergidos en una pandemia que ha cambiado nuestros hábitos, costumbres y relaciones. Por desgracia, también se ha llevado por delante a casi dos millones de personas de todo el planeta y para muchos millones más estas pérdidas no quedan en meras frías cifras de una estadística, sino que trocean un mosaico de vidas truncadas prematuramente y duelos de complicada resolución.


Un año más tarde, tras la emergencia sanitaria, estamos en condiciones de prever y actuar de una forma más operativa, frente a lo que ha sido un acontecimiento inesperado de alcance mundial e incierta duración. Hemos aprendido en carne propia lo que significa trabajar en un contexto de incertidumbre y hemos tenido que ajustar sobre la marcha nuestras previsiones a lo que iba sucediendo.


La pandemia ha puesto sobre la mesa el carácter relacional de los acontecimientos humanos: lo que sucede en un extremo del mundo nos afecta a todos y todos estamos por ello concernidos. Nadie habita en un sistema clausurado y a salvo de amenazas y peligros. Si la nave se hunde, nos hundimos todos con ella.


Contra lo que pudiera parecer, frente a este acontecimiento inesperado los profesionales no hemos quedado inermes y sin saber qué hacer, sino que nos hemos enfrentado a ella con el bagaje de una extensa experiencia de reflexión y análisis de lo complejo, que ha ido elaborándose a partir del trabajo realizado con familias que han sufrido pérdidas inesperadas y traumáticas, accidentes o suicidios, víctimas de catástrofes humanitarias o atentados terroristas. Como el mundo sigue transformándose con inusitada rapidez, el modelo sistémico ha continuado trabajando para integrar ideas fecundas de un buen número de ciencias y conocimientos, venero de nuevas intuiciones, que nos han facilitado poder realizar intervenciones creativas, elegantes, pero, sobre todo, útiles.


Aunque la especie humana haya sufrido a lo largo del tiempo situaciones epidémicas tanto o más graves, es posible que ésta que vivimos hoy posea un carácter novedoso, puesto que nunca como ahora había estado tan alcance de la mano la información de lo que acontece en cualquier rincón del planeta y, junto con ello, la posibilidad de generar noticias falsas, esperanzas precipitadas o toda clase de propaganda y manipulación emocional, con el miedo como ariete contra nuestras defensas sociales y psicológicas.


Saber a qué atenerse es sin duda algo positivo, pero tiene como envés generar una angustia y ansiedad que, para muchas personas, no resulta de fácil manejo. El aumento en consulta de pacientes sobrepasados por ataques de pánico, la ansiedad generalizada, la depresión o la tristeza y la culpa son el precipitado de esta combinación de circunstancias, de las que cualquier terapeuta en ejercicio puede dar consabida fe. Estamos empezando a atender y a recibir en nuestras consultas los efectos psicológicos de la pandemia. Por ello, ya hay quien señala que la tercera ola que vamos a tener que afrontar será la ola psicológica, lo que Bowen bautizó como la onda de choque emocional, que nos perturbará seguramente aún durante unos cuantos años.


La pandemia también ha roto un cierto relato social y la idea de desarrollo continuo y permanente, socavando la confianza que teníamos en un progreso ilimitado o una invulnerabilidad que ya resulta inalcanzable. Cuando la situación social que la epidemia ha generado se vuelva permanente, se hará también necesaria y urgente la emergencia de un relato que trate de explicarla o justificarla. No nos bastará con pensar que este ha sido el resultado nefasto de nuestra actividad predatoria sobre los recursos que esquilmamos a la tierra. O el desafuero de una Gaia empeñada en combatir los desequilibrios que nosotros hemos ido generando en un sistema que se autorregula, aunque sea de forma brutal.


El alcance de este episodio pandémico, pues, no se va a limitar al ámbito de la salud, sino que ha llegado para cuestionar algunas de nuestras certidumbres más queridas y nuestros más piadosos sentimientos. Si la palabra no estuviera tan desprestigiada, me atrevería a decir que la pandemia tendrá un alcance político difícil aún de predecir, puesto que va a afectar a partes del cuerpo social que carecerán de posibilidad de acceso a aquello que será el privilegio de otros: vacunación, psicoterapia, recursos sanitarios, ayudas sociales y económicas, etc. Aunque la muerte o su amenaza nos iguale a todos, la pandemia es evidente que no.

Javier Ortega Allué

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