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  • Foto del escritorJavier Ortega Allué

EDITORIAL MOSAICO 84



Niños y adolescentes siguen ocupando un lugar central en la reflexión y las buenas prácticas sistémicas, acaso porque todo nos lleva a pensar que el buen hacer con unos y otros está inextricablemente ligado a nuestro futuro como sociedad humana y compasiva. Y ello porque el adolescente es el proyecto de vida con que iniciamos nuestra andadura, pero lo es en toda su pasión y, por tanto, con todas sus virtudes y sus inevitables sesgos y exageraciones. Lo que hoy somos se lo debemos, en buena medida, a las energías que dejó en nosotros aquel proyecto formativo y vital que fuera nuestra adolescencia. Por tanto, nada tan necesario como volver la mirada a estas etapas precoces, a partir de las cuales se gestaron salvaciones y destinos.


Son numerosos los autores de prestigio que nos incitan a que miremos y escuchemos a los niños; y, en su prolongación, también a los adolescentes. Preventivamente, el trabajo en estas edades es fundamental, y los profesionales tenemos la obligación moral y laboral de ocuparnos de las infancias desdichadas, de aquellos niños y niñas que no han tenido la suerte de contar con progenitores suficientemente buenos en el ejercicio de su parentalidad. No se trata, creo, de buscar culpables, pero sí de atender a la responsabilidad que todo ello presupone. Pequeños maltratados, negligidos, desatendidos en sus necesidades básicas de nutrición relacional, valoración y cuidado, tienen altas posibilidades de acabar siendo, si no se interviene preventivamente sobre esta realidad de descuido y abandono, adultos malheridos y gravemente perturbados.


Nuestra responsabilidad como adultos, pero también como profesionales, es elevada. Como señala con acierto Joana Alegret en uno de los artículos que publicamos en este número, la necesidad de continuar la formación es una exigencia ineludible. Para cuidar y, también, para cuidarse. Se trata a menudo de profesionales muy implicados, a veces trabajando en condiciones precarias, con numerosos casos que atender, y de gran complejidad. Profesionales que saben que el acogimiento, por sí mismo, no es la solución de algunas de estas situaciones; como tampoco lo es, por si sola, la psicoterapia. La sinergia de las intervenciones se hace aquí imprescindible: trabajar juntos para trabajar mejor, pero también para compartir angustias y, por qué no, momentos gozosos, cuando se abre poco a poco la salud y la esperanza en el horizonte existencial de cualquier niño o adolescente.


Tengo la suerte de supervisar a algunos equipos que trabajan con la infancia y debo confesar que pocas veces he visto tanta entrega y vocación, tanta compasión y cuidado, tantas ganas de destacar las competencias más que de fijarse en las desventajas de los sistemas de pertenencia, como la que traslucen estos profesionales en sus intervenciones. La mirada sistémico relacional ayuda no poco en potenciar estos aspectos, pero sin su buen hacer nada de todo ello sería posible.


Como nos recuerda Barudy, un vínculo suficientemente seguro es siempre protector de la salud mental de niños y adolescentes. Más, incluso, que otros factores como son la pobreza o las dificultades sociales. Un vínculo suficientemente seguro entre una madre o un padre y sus hijos, así como una parentalidad en la que prevalezcan las conductas de cuidado, afecto y protección son, nadie lo dude, factores de inmensa potencialidad protectora. Prevengamos, pues, antes de que se haga demasiado tarde.

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