• Javier Ortega Allué

Hacerse cargo de la vida




Un inesperado problema empieza a aparecer en las consultas. Tiene que ver con la culpa y la responsabilidad. Se nos ha hablado muchas veces de intentar que la familia no sienta culpabilidad por el estilo relacional que hay entre sus miembros, construido durante un largo periodo de tiempo y a menudo relacionado con pautas que en su momento debieron ser funcionales, al menos la mayor parte de las veces. Por supuesto, esto ha de ser así. Este es un principio indubitable para mí. Pero empieza a suceder algo menos esperado: que las personas se sienten mal cuando se les responsabiliza de sus propias acciones. Empiezan ya a sentir la misma parálisis inoperante que les pasa cuando se sienten culpables. Incluso se está llegando a confundir el hecho de responsabilizarles de sus vidas con el de culpabilizarles, que es algo realmente distinto.


¿Qué hacer, pues, cuando las personas comienzan a considerar que “responsabilizándolos de sus vidas” los estás convirtiendo en culpables? ¿Cómo evitar el corrimiento de un espacio al otro, de naturaleza relacional tan distinta? La línea de demarcación para mí está clara, pero no lo está para muchas familias o, dentro de ellas, para algunos de sus componentes, posiblemente afectados por algún sesgo cultural de carácter narcisista. Digámoslo claro: La responsabilidad es activa, la culpa, pasiva. La responsabilidad se hace cargo, la culpa se descarga.


Pero sucede ahora que muchas familias ya no quieren hacerse responsables de sus elecciones y tampoco de sus vidas. Quieren descargarse de la responsabilidad de tomar decisiones, de pasar a la acción, de sobrellevar las inevitables consecuencias. Y cuando se les señala algún elemento relacional que les volvería responsables de aquello que les sucede o pasa con los demás, sienten algo muy parecido a lo que sienten las personas que se culpabilizan: cierta parálisis y cierta resistencia ante lo que consideran un ataque.


El problema lleva con nosotros desde hace tiempo, tal vez ha ocurrido siempre de forma más concreta y puntual; pero es ahora cuando comienzo a verlo crudamente en las sesiones, no ocasionalmente, sino de manera reiterada y casi continua. A nadie le gusta sentir que alguien lo culpa, pero ahora empieza a ocurrir que a muchos no les gusta siquiera que se les haga responsables de sus acciones, vividas casi siempre como si fueran meras reacciones. Cuando alguien se hace reactivo quiere decir que no se hace cargo de su propia vida ni de sus actos. Que opera, por así decirlo, en automático.


Pero sabemos no es posible realizar trabajo terapéutico alguno desde la irresponsabilidad, o aceptando la irresponsabilidad como única premisa. La irresponsabilidad no es una premisa, sino una justificación.

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