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  • Foto del escritorJavier Ortega Allué

Lo íntimo. Una lectura de Neuberger (3)



A esta referencia mítica, Neuberger la denomina lo íntimo. Sin ello no hay pareja, sólo relación.


Lo íntimo surge de una convicción que podríamos clasificar de irracional,. Aunque, a buen seguro, quienes forman parte de una pareja argüirían mucho y abundancia contra esta afirmación. Pues nada más evidente para ellos que la seguridad de su encuentro singularísimo, esa suerte de predestinación que convirtió en inexorable fatalidad que otros habrían considerado casual azar. En la constitución de una pareja, el azar se hizo necesidad y la casualidad, destino. O así hubieron de vivirlo para iniciar su andadura como tal pareja.


De hecho, lo íntimo comienza precisamente con esa mirada que se cruzó en medio de una sala atestada de gente y que, como por encantamiento, destacó a la persona concreta en medio de la masa opaca de todas las demás. Porque la historia con que se inicia lo íntimo es la historia de una particularización extrema. De repente, alguien se vuelve para el otro único, singular. Deja de formar parte de esa masa amorfa de potenciales oportunidades, y se transforma en destino. Es el supe de pronto que estábamos hechos el uno para el otro. Aquella cosa suya tan peculiar fue lo que me enamoró. Para que existiera una relación, cualquiera hubiera servido. O casi. Pero para la historia de amor hemos de desvelar la individualidad irreductible, lo propio y pecuilar. O inventárnoslo.


Así comienza a gestarse lo íntimo, que irá separando a la pareja del resto del mundo, mientras construye su propia historia de amor. La historia que ambos se cuentan sobre sí mismos y sobre su propia relación.


Resulta curioso advertir como todas las parejas afirman a la vez el destino y la elección entre sus componentes. No dudan de estar predestinados -hechos el uno para el otro- y de que su encuentro casual fue también, a contrapelo, inevitable. Este es el mito del destino. Pero este mito lo completan con la idea de libre elección, que exigiría un razonamiento detenido de las cualidades y defectos de la otra persona, y la opción ponderada que de estos datos se hubiera de desprender. Los enamorados no eligen, pero mantienen la creencia común de haberlo hecho de algún modo. Es la lógica del amor, que corresponde punto por punto a la lógica del propio corazón.


La pareja surge de esa creencia compartida de la elección. Los enamorados siempre creen estar cargados de buenas razones para amar. Que lo estén o no es algo sobre lo cual, finalmente, no pienso decir una sola palabra más.


Otra creencia de la pareja -y de cuantos la rodean- es la de su perduración en el tiempo. Aunque las estadísticas señalen que, durante este último siglo y en nuestra cultura, la vida media de las parejas no sobrepasa la enjuta edad de nueve años antes de su disolución, lo cierto es que las parejas nacen con intención de perdurar. Es el mito del amor eterno.


Tales buenos deseos hacen caer en olvido las circunstancias y elementos que toda pareja necesita para existir: elementos que le sean propios, como sus mitos y rituales (y que Neuberger llama lo íntimo); y elementos externos, pues ninguna pareja existe en el vacío que produce su amor, sino en una compleja y vasta red de relaciones y normas sociales.


Lo íntimo es el núcleo de la identidad de la pareja, aquello que la constituye como única y que no es sino la tradición que una pareja tiene que irse construyendo al vivir. Lo íntimo vuelve opaco el comportamiento de la pareja frente al mundo exterior. Esto ocurre porque, al ser siempre nueva en sus orígenes, al carecer de un pasado compartido, los miembros de la pareja han de inventar un mundo mítico y unos rituales que les pertenezcan y que sirvan para trazar una nítida frontera frente al mundo social, el universo de los demás. Fechas importantes o acontecimientos únicos van poco a poco poblando de vida el mundo de lo íntimo, la casa-pareja de Neuberger.


El amor loco es precisamente el ejemplo extremo de esta intimidad. Desquiciado, desaforado, el amor loco ha extendido sus fronteras hasta anular la otra realidad complementaria: el mundo social, ese otro universo de las normas donde se inscribe también nuestra vida. Por eso el amor loco es, para la pareja, lo que las sectas son para los grupos: una pérdida de la referencia real del mundo externo, una desmesurada ampliación de los ritos y mitos, que amenaza con agostar y empequeñecer el resto de la realidad.


La vida de una pareja dependerá de cómo se maneje esta dialéctica entre lo íntimo y lo social, entre la identidad y el reconocimiento. Las dificultades de pareja tienen así una explicación muy constructivista. Los problemas de una pareja pueden ocurrir porque se quiebre lo íntimo en ella, se desritualice su vida común, se descrea de los propios mitos. O porque el contexto exija demasiado de los individuos; o bien, porque se dé un excesivo protagonismo a los mitos sociales dominantes de nuestra cultura, como la consideración muy negativa de la dependencia o el mito de la pareja feliz y en perpetua armonía. Sin olvidar, tampoco, las dificultades relacionadas con las diversas fases del ciclo vital.


Neuberger sabe que las parejas suelen tener sus propias maneras de buscar solución a los embates del cotidiano vivir. Soluciones, algunas, funcionales; otras, problemáticas o claramente disfuncionales. Hay parejas que acuden entonces a terapia y a veces ésta es una buena ocasión para recrear -en ese contexto de confianza- un espacio de renovación ritual y realizar lo que Neuberger denomina injertos míticos.


No le compete al terapeuta decidir si la pareja que acude a él ha alcanzado ya un punto sin retorno o tiene todavía posibilidades de equilibrar lo íntimo con lo normativo. El objetivo de la terapia es devolver a la pareja su capacidad para tomar decisiones sobre su propio destino, la capacidad para seguir creando sus propios ritos de continuidad y, por qué no, de ruptura, separación y duelo. Pues la terapia nunca podrá sustituir a la vida, a pesar de ser un espacio singular en la vida de muchas personas que recurren a ella con la esperanza de aliviar sus sufrimientos. Porque no es posible, malgré Freud, abstenerse de tomar decisiones trascendentes para la propia vida mientras se está en terapia. Y, porque si ello fuera posible, esta suspensión del juicio y de la vida sería, también en sí misma, una decisión importante.



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