• Javier Ortega Allué

Momento decisivo


Hay un momento en toda terapia en que aparece la angustia y uno debe vencer la fuerte tentación a que esta ansiedad suele abocarnos, cuando el paciente nos invita a que le digamos qué debe hacer con sus dificultades, cómo debe comportarse, qué ha de elegir, cómo conseguirá una vida feliz y otros asuntos del mismo estilo y parecida contundencia. Seguramente el usuario piense, en un momento como el que describo, que para eso nos paga, faltaría más; y suponga también que para eso nos formamos y nos hicimos especialistas: para salvarlo. Craso error suyo y aún más craso si el profesional cayera en la sugerente tentación de creérselo.


El paciente tienta al terapeuta para que muestre /demuestre su saber, so pena de quedar, si el terapeuta no le responde, atrapado en una suerte cuestionamiento o de falta de credibilidad profesional. De pronto, el paciente le dice: o me salvas o, dada esa imposibilidad para ti, no me dejas otra que señalar tu incompetencia. O, para no herirte demasiado, porque soy una persona educada y a lo mejor un pelín pasivo-agresivo, nos insinúa que la terapia es un ejercicio de incompetencia.


El terapeuta sometido a tal presión, y desbordado por la ansiedad que le genera, puede hacer lo que hacen algunos profesionales que se han visto abocados a idénticas circunstancias, a saber: dar una respuesta tópica, bienintencionada, de manual; responder con aquella teoría que los pacientes siempre dicen saber –y dicen bien, pues es cierto que el tópico lo conocemos todos- cuando desean descalificar tus intervenciones; o cuando en realidad se protegen de tener que hacer algo distinto de lo que ya estaban haciendo y colocan la carga del cambio sobre los hombros de un bienintencionado profesional.

Justo en ese instante decisivo, el terapeuta tiene que saber aguantar el tirón que le produce la ansiedad, y quedarse en él, detenerse, observarlo como a un viejo conocido y no reaccionar emotivamente con una respuesta provocada por la alta intensidad del momento. Lo importante es no aceptar internamente ese cuestionamiento, dejar de ser sensible a él y a la doble creencia de que el paciente te está examinando y de que tu profesionalidad depende del resultado de semejante examen. Habla o suspenderás, dice el paciente; hablaré y te salvaré, cree en su fuero interno que debería decirle ese profesional abatido a su interrogador.


Tarea nada fácil, sin duda, la de encarar este momento. Aquí vale la flema como cualidad de la que ya he hablado en otras ocasiones. Si el terapeuta espera, si se detiene, si no se siente urgido por la ansiedad que el paciente le transmite, será éste, el paciente, quien empezará a vislumbrar la salida de su propio laberinto vital. Y lo hará a partir de sus propios recursos. Evitará con ello el profesional caer en el desliz de la respuesta tópica, de la frase hecha, de la sentencia de autoayuda en el peor de los sentidos posibles, invitando al paciente a que manifieste su capacidad creadora y el conjunto de habilidades que ahora no muestra ni activa.


Duele al narcisismo terapéutico realizar un movimiento de este calado; pero el terapeuta gana así en capacidad, competencia y operatividad, al enviar al paciente el mensaje de que tanto los problemas como las soluciones están -como siempre han estado- en él.


Una forma de mostrar esto en acción es preguntar a los pacientes lo siguiente: si deseases fastidiarte la vida de una forma definitiva y clara, qué cosas tendrías que hacer. Las respuestas a esta pregunta serán como el cliché negativo del programa terapéutico del paciente para su terapia. Y debemos aceptar con tranquila flema que los clientes siempre, siempre, siempre están en condiciones de dar alguna respuesta a esta cuestión.

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