• Javier Ortega Allué

Negra novela



Alguna vez pensé escribir una novela policíaca. Hubo amigos que me alentaron en esa dirección. Fueron generosos conmigo, aunque exigentes. Habría sido desagradecido, por mi parte, haberme empeñado en rechazar ese reconocimiento de cualidades que sobrepujan a todas luces mis fuerzas. Dicen que los buenos amigos son capaces de ver lo que uno, en su estricto juicio, no es capaz de ver ni calibrar. Digamos, al menos, que mis amigos me tienen en buena consideración, si no siempre justa, sí al menos ponderada. Pero una novela de intriga, una novela con crimen, suspense, pistas, culpables, sospechosos y motivos y ocasiones para el asesinato es algo que supera mis recursos, o que solo me veo capaz de abordar si hago con este argumento excéntrico una excusa para la sátira.


Envidio, con esa lejana envidia que a veces sentimos al leer páginas ajenas, a una autora popular como Agatha Christie, capaz de encerrarse en el lavabo de su mansión para asesinar a un desabrido lord o a una antañona dama sin pestañear, sin dejar pistas y elaborando un misterio sin resquicios; envidio a menudo a Simenón, cuya veloz mano era capaz de dibujar de golpe y con pocas palabras el ambiente de un paisaje que resumía los motivos para el crimen. He leído suficientes autores como para distinguir el grano de la paja: aquellos escritores que, tras una feliz idea, tuvieron a bien explotarla hasta la caricatura porque se sometieron a las exigencias de un editor o de un mercado insaciables.


En esto de la novela negra, o estás, o pronto desapareces del mapa, como en el más oscuro de los misterios, hacia ese destino de olvidos y obras de saldo y lance que se marchitan en mercadillos y almonedas. Bendigo a los autores que, frente a las exigencias de ese mercado atroz, han sabido asesinar a sus criaturas cuando éstas comenzaban a dar signos de desfallecimiento. O incluso antes de que se notasen aquellos primeros, sutiles síntomas del abatimiento. Escritores con dos o tres novelas llenas de tensión antes de dar el paso al silencio definitivo. Los que han sabido sortear el riesgo del ridículo del escritor de novela criminal, que no es otro que el de que tus lectores adivinen el giro de tus tramas antes de haberlas puesto negro sobre blanco sobre el papel.


Lo interesante de la novela de crímenes no es tanto la persecución del asesino por parte del pesquisidor, sino la del propio autor con el lector, presto siempre a cazar el desliz del escribano, la trampa capciosa con que pretende engañarnos.


La sorpresa o aquel giro inesperado del argumento, cuando son coherentes, enganchan al lector; pero lo arrojan fuera del libro cuando entran con pie forzado, cuando son la salida menos elegante del escritor embarullado. No es fácil construir una trama que se desliza fluidamente hacia su final, el develamiento del crimen, la confesión del criminal, sin trampa ni trampantojos. Ahí se descubre el genio especial y la madera del genuino escritor de novela negra: en que la lógica del asesinato nunca se escapó de las reacciones humanas más predecibles y, sin embargo, inesperadas. El criminal, en suma, es como cualquiera de nosotros, sólo que más malo, más arriscado o más cerril. O sea, que podríamos ser cualquiera.


Como la locura, el crimen tiene su lógica y la novela debe someterse a ella y obedecerla. Cuántas obras hay que se revelan fallidas porque el autor impone un final traído por los pelos, inesperado sí, para el lector, y, por tanto, en cierta medida, sorprendente, pero falaz en su misma raíz. Cuando sucede esto, el desengaño del lector mide la eficacia de la obra y cabe entonces hablar de una novela fallida, abortada justo antes de su alumbramiento.


No basta, pues, con urdir una trama o con crear un personaje con el que el lector pueda identificarse, un tipo simpático, rodeado de colaboradores que son sujetos tallados de una sola pieza, el obsesivo, la deslumbrante informática, el sabueso feroz que una vez muerde la pieza no ceja ni se da por vencido hasta rendirla, la buena interrogadora, el jefe neurasténico del equipo de investigación que desespera por ver resultados. No es suficiente todo esto para construir una buena novela negra, como tampoco resulta creíble ese autor que nos conduce por la ciudad y nos lleva de una calle a otra citado sus nombres, sean de París o Barcelona, creyendo así articular el clima de la historia. Uno vive en ciudades cuyas calles tiene esos mismos nombres y cada día debería cruzarse con potenciales asesinos, con ladrones o estafadores, con proxenetas o maltratadores, con víctimas, en fin, y verdugos, si las calles adjetivaran las conductas. Pero el nombre de una travesía o la esquina en que dos se encuentran no basta para crear ese ambiente deletéreo. Y una buena novela negra –una buena novela sin más- es, entre otras cosas, un clima, un ambiente y una voz.


Qué razón tuvo De Quincey cuando taxativamente advirtió: “Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.


Alguno de estos literatos ofende con su mala educación cuando de engañar al ingenuo lector se trata, y debieran haber dejado las cosas del arte para el día siguiente, el final para el día siguiente, la trama para el día siguiente, las páginas emborronadas para el día siguiente. Que no lo hicieran solo es prueba y testimonio de su mala fe y de la inobservancia de las más elementales formas de la buena educación artística.

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