• Javier Ortega Allué

Pensar fuera del mapa


Hay dos vías por las cuales el clínico opera con la realidad relacional que observa durante una terapia. La primera, cuando busca contrastar sus teorías con lo que está ocurriendo en la sala de terapia, las historias que las familias relatan, la narración que tiene como centro de gravedad el malestar o sufrimiento. La mayor parte de clínicos tratan de captar aquello que conocen por la teoría en lo que observan frente a ellos, reconociendo así, por ejemplo, a una familia aglutinada y diferenciando sus rasgos de los de una familia más desligada y sus formas diversas de relacionarse. La teoría confirma la realidad, aunque realmente el procedimiento fuera en sus orígenes el inverso: que la realidad de lo visto fue generando en algún momento la teoría cuya confirmación, ahora, circularmente, persigue el operador.


Ese sería el segundo procedimiento, más difícil, si cabe, que el primero y, por tanto, al alcance de menos clínicos y de menos terapeutas: dirigirse a la realidad para observarla y de ella extraer las pautas redundantes, para elaborar las teorías que luego, ya fijadas, serán las gafas y las categorías con que miraremos la realidad. El clínico busca, a través de estas redundancias, explicaciones o sentido a lo que ve. Parte para ello del supuesto de que habrá redundancias y que, aunque aparezcan con los ropajes más vistosos o menos esperados, por “debajo” de las vestimentas vislumbrará tales redundancias.


Hay una cierta previsibilidad en las personas; y si a esto añadimos que ninguno de nosotros se dirige a la realidad libre o exento de alguna teoría previa, ya tenemos los componentes de todo conocimiento. Pensar fuera del mapa es algo que está al alcance de

pocos investigadores, y aún entonces hay también elementos que permanecen más o menos estables, con los cuales se construirá una teoría alternativa, pero más rica.


Podríamos explicar lo que sucedió de forma análoga a lo que aconteció en su momento con la observación del Universo, ya desde tiempos ptolemaicos aristotélicos: no hubo variación en el decurso de los astros, pero cada época leyó los datos en función de las teorías que les daban sentido: geocentrismo en una determinada época histórica, que duró más de veinte siglos; heliocentrismo en otro lapso de tiempo. El sistema solar siguió siempre girando de la misma manera frente al astrónomo, pero las afirmaciones que sobre su movimiento se hicieron y las predicciones concomitantes fueron cada vez más ajustadas a los hechos observados, aunque ninguno de los dos modelos fuera, como ya sabemos, del todo cierto. Así, análogamente, sucede cuando en lugar de objetos nos encontramos observando otra cosa muy distinta: relaciones.


Las relaciones son otro tipo de hechos; pero lo que las diferencia de las masas planetarias es que no son mensurables de una forma objetiva y universal, sino aproximativa y cualitativa. Sobre las relaciones establecemos interpretaciones y tales interpretaciones nunca pueden escapar a la subjetividad del intérprete y de los contextos culturales en que se llevan a cabo.


Observando las reacciones dentro de mi propio sistema (sistema en el cual no me puedo poner fuera, sino que yo mismo soy su centro), me percato de que hay elementos más o menos cercanos a mi manera de interpretar esas relaciones. No hay una interpretación más verdadera que otra, pero sí más cercana al centro que soy yo mismo y, por lo tanto, más cercana a mi propia interpretación. Los seres humanos, he observado, perseguimos unanimidades. No es fácil mantener las discrepancias, cuando se trata de analizar idénticos hechos relacionales. Sin embargo, las discrepancias son inevitables en la lectura de los mismos.


Cada uno de nosotros parte de que su interpretación es la mejor, la más correcta y exhaustiva, la más coherente también. Entre otras razones, porque es la que le ofrece el marco desde el cual interpreta lo que acaece. Importa lo que a uno le importa y es accesorio lo que toma por accesorio, que puede ser un dato esencial para otra interpretación. Buscamos unanimidades improbables, acercando versiones de la misma realidad relacional. El consenso siempre es algo precario, porque incluso cuando parece que se cumple la unanimidad de una versión, esta unanimidad se basa en lo que alguna otra parte silencia y calla o decide dejar fuera. Estoy de acuerdo contigo porque no te digo todo lo que pienso. Pero no por afán de ocultación, sino porque ahora mismo no tengo palabras para dibujar mis puntos de fuga y divergencia contigo. Dice el refrán que quien calla, otorga. Y hay algo veraz en esta afirmación, si excluimos de ella lo mucho que queda sin decir porque aun, por ejemplo, no hemos pensado detenidamente sobre ello.


Dibujaré una viñeta de conversación banal para ilustrar esto: una familia está sentada alrededor de una mesa de café departiendo animadamente sobre un futurible casi imposible: lo que harían si llegase a tocarles el primer premio de la lotería. La abuela lo tiene claro: dividiría en tres partes iguales el monto del premio, y daría a sus hijas dos de esas partes. Implícitamente la abuela señala dos cosas que no dice, pero que están detrás de su manera de entender el mundo: que la familia la forman sus hijas y ella, que es viuda, pero no así el yerno que está sentado con ella a la mesa; y que lo justo es lo mismo que lo igualitario: dar a todos lo mismo. Una de las hijas calla, porque intuye lo que dirá su marido; y éste sabe que es la ocasión para meter una puya y advertir a su suegra que su forma de ver el mundo es diferente. Dice, sin parar mientes: yo no repartiría nada. Si me tocaran equis millones, muchos, de euros, no repartiría nada; porque creo que por más generoso que se fuera, los beneficiados de la generosidad no dejarían de sentirse algo estafados, ya que esperarían, en esta familia, la igualdad; y por tanto no les bastaría con una sola parte, generosa, pero no igualitaria. Lo que yo haría, sigue diciendo el yerno, es cubrir las necesidades de quien lo necesitara. Que su otra hija necesita comprarse un piso, se lo compraría, viviría gratis en él, pero lo pondría a nombre de mis herederos, porque creo que la riqueza debe volver a sus orígenes. Cubriría sus necesidades materiales, pero no cedería la posesión. ¡Ah, dice la suegra, mientras las hijas callan, pero eso es muy egoísta! Nunca dije que no lo sería, concluye el yerno. Y aquí de nuevo se percibe otra manera de ver el mundo: No reparto, sino presto; no habrá nunca agradecimiento a la generosidad absoluta; doy a quien me gusta y se lo merece, según mi criterio y sin mayor obligación; a los demás, presto en cierta medida, aunque sea un prestar de por vida. Dividir es perder. No creo, piensa el esposo, en la fusión. Podría dar a un amigo con más tranquilidad que a la familia, porque puede ser que lo considere más cercano que al más próximo de los miembros de mi propia familia. Estilo, pues, netamente desligado.


Lo característico aquí es que cada personaje de los que intervienen en este breve diálogo, cree con absoluta seguridad en la verdad de su posición, en la honestidad de su postura y en la bondad de sus conclusiones, siendo tan dispares entre sí.


El observador externo no puede dejar de juzgar lo que ve bajo sus propios parámetros, más o menos desligados o aglutinados también. Sostener la legitimidad de las dos posturas es complejo, pero esencial. Lo importante, para el terapeuta, es que cada persona de las que juegan en la relación acepte y asuma las consecuencias de sus actos y, por tanto, la responsabilidad de sus acciones y sus resultados. Nada hay fuera del juego que legitime más una u otra posición. Así, las diferentes versiones de justicia tendrían validez en sus diversas maneras de interpretar el mundo; finalmente, podrían medir su valor en función de las consecuencias relacionales que derivaran de tales posturas. ¿Cómo se mantiene mejor el vínculo afectivo? ¿Cuál es pragmáticamente más útil? ¿Cuál de ellas produce menos padecimiento al sistema, al grupo, al individuo? ¿Hasta qué punto de

satisfacción podremos, o mejor podrán aproximar dos posiciones tan antagónicas?



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