• Javier Ortega Allué

Terapeutas



Cuando uno piensa en los factores que colocan a algunos seres humanos en la necesidad de hacerse terapeutas y soportar sobre sí el dolor de otros seres humanos, al menos durante un tiempo, enseguida le viene a la mente la historia personal de cada cual. Ser terapeuta es, en nuestra sociedad, una profesión prestigiada y, al tiempo, temida. Como lo fue en otras épocas el chamán de la tribu, en contacto con los espíritus, o el sacerdote por cuya mediación aliviadora Dios absolvía o condenaba. Profesión de prestigio, porque la gente sabe que no todos pueden encarar el sufrimiento psicológico sin sufrir alguna clase de mella en el propio self, acompañar a las personas y asistir a tragedias que vienen de antiguo, de viejas heridas familiares que no han cicatrizado.


Metáforas como la del sanador herido expresan esto que quiero decir. Se arriba a esta profesión para convertirla en apasionada vocación sólo después de haber reconocido en nosotros mismos esas heridas; y el fracaso concomitante de haber intentado sin éxito haber sido los terapeutas de nuestras propias familias de origen.


Sólo entonces uno deviene terapeuta, más allá de la formación específica y necesaria que nos permiten adquirir las habilidades terapéuticas precisas.

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