• Javier Ortega Allué

Tiempo



Pequeños sobresaltos marcan el camino zigzagueante de la vida; fechas, lugares, amigos o libros son mojones de ese recorrido existencial. En la memoria los tiempos se confunden, y el pasado remoto se hilvana con el presente de anteayer, pareciéndonos mentira que hayan pasado tantos días. La memoria toma entre sus dedos con ánimo de hilandera el tenue cordel que todo lo vincula, la urdimbre de una vida y su sucesión. Salvo la vida, nada dura. Sólo la memoria perpetúa; y, cuando olvidamos, algo en el universo se apaga, como una pavesa consumida.


Los recuerdos se someten a fuerzas que escapan a la voluntad. De pronto, un instante que habíamos perdido de alguna manera nos asalta y nos toma por sorpresa: una fragancia, un nombre, un reverbero de luz, un cálido apretón de manos, un beso, una mirada. No siempre necesitamos la magdalena de Proust. Mejor dicho, yo casi nunca pienso en Proust cuando mojo esa pasta en mi café con leche, siquiera porque esta es bebida humilde y popular, menos elegante y aristocrática que una taza humeante de té.


Un día sigue a otro, en apariencia tan anodino como el primero, pero cada uno nos trae un afán, el compendio inmediato de toda la existencia. Somos un haz de lo que fuimos y de lo que seremos en un ahora dilatado y, acaso para los más afortunados, feliz. Sólo eso hay: este instante cargado de pasado y preñado de porvenir. Instante henchido que pasa y se va. Tiempo, tiempo, tiempo: la vida es ese tiempo que se vive y se consume y que albergamos en la memoria para degustarlo en otros momentos, para sorprendernos de su paso veloz, de su tenue e imprecisa reiteración. Tiempo, no hay más: tiempo, tiempo… Horizonte de existencia y lo único que nunca tendremos en exceso. Por eso es tan valioso, por eso no tiene precio. El tiempo huye, y con él la vida entera, a pasos quedos o a grandes zancadas. Y porque el tiempo siempre es escaso, conviene que hagamos buen uso del nuestro. Buen uso, es decir: intenso.


En cada mirada, en cada gesto cabe un infinito. Una eternidad, así es la vida fugitiva. Siempre al borde de la extenuación, lo que pedimos es tiempo, más tiempo. Y entonces la memoria nos dice que lo hubo, que lo tuvimos, que cada instante recordado es de la eternidad, mientras ella viva y se alce protectora contra el olvido. Vivir es desvivirse, y desvivirse es también, curiosamente, ocuparse de otros, mostrar por ellos viva solicitud, atenderlos. El círculo del tiempo que sale de mí no puede completarse sin la presencia viva de los demás. Nunca como ahora, en este tiempo apenas congelado, quedaron tan claras estas verdades.

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