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¿Por qué sólo debemos leer a autores muertos?

12.31.2014

 

A pesar de la perplejidad que entrevió en su mirada de ceño fruncido, L. siguió perorando sobre la vistosa frase que le había servido como premisa general de su consolidado argumento. ¿Por qué sólo debemos leer a los escritores muertos? Sintéticamente, el juicio de L. podría resumirse en varias premisas encadenadas (quod erat demostrandum) y unos pocos corolarios.

 

  1. Un escritor muerto deja una obra conclusa. Si a uno no le gusta, puede arrojar a la hoguera del olvido sus libros, sin provocar en el  artista ninguna clase de quebranto.

  2. Si, por el contrario, su estilo es del gusto del lector (del mío, en este caso), la muerte garantiza que sus temas ya están cerrados y sus decires hechos, incólumes para toda la eternidad completa; o, al menos, hasta que la tierra no sea más que polvo cósmico vagando errático por el cosmos. Una obra que ya no podrá traicionar, una obra absoluta y completa.

  3. Es cierto que siempre puede haber familiares y deudos ambiciosos, dispuesto a vender su alma a los beneficios que produce un inédito póstumo. Pudiera ser, incluso, que el tal manuscrito diera por tierra el logro que con tanto esfuerzo el escritor hubiera alcanzado en vida. En suma, que su obra póstuma pusiera en entredicho su vida entera, una traición letal a su existencia de artista, un golpe bajo, traicionero, un quebranto insuperable. Incluso así, como muestra la historia y la ambición de los más mezquinos, siempre nos quedaría el consuelo (a sus lectores) de explicar esa lasitud, esa dejadez creativa, por la codicia desenfrenada de los suyos, que les habría empujado a cometer tal crimen contra la memoria del artista. Sobrevivir a un escrito póstumo, casi siempre en estado gestatorio, es hazaña poco menos que inverosímil; sobrehumana sin duda, digna por tanto de un último combate después de muerto. Un escritor consciente del espíritu depredador de los suyos, siempre dispuestos a seguir alimentándose de carroña, habría de quemar sus borradores no bien viera de cerca la sombra alargada de su propia muerte. Un escritor no tiene deudos, sino traidores; gente que sobrevive con la tinta sobrante en el tintero, hasta que éste también se seca.

  4. Supongamos, empero, que tenemos la fortuna de admirar a un escritor muerto sin descendencia, sin sobrinos, hermanos, primos lejanos o, en el peor de los casos, sin la inevitable fundación que alimente su nombre perdurable. Imaginemos que en pleno goce leemos sus imborrables palabras, deslizándonos por sus relatos como quien navega por un río amable y conocido. Qué placer enorme de lector, oreja siempre atenta a las menores vacilaciones de estilo. Enorme placer de asistir a la aparición, crecimiento, madurez y acaso decadencia de un artista completado, un artista que cuando calla, lo hace para siempre.

 

Corolario: por unos instantes, imaginemos un autor de inéditos, con cuánta crueldad se erige en guardián de sus habilidades, que desgrana con la complacencia del vanidoso, quien sólo busca la continua sorpresa o la admiración. Ese escritor no merece tener lectores; o mejor, se merece los lectores que le leen.

 

Corolario: Sería lógico que nadie, si de verdad amase la literatura, leyera a cualquier autor vivo de los que pueblan tantas estanterías domésticas. Deberíamos lanzar la consigna y seguirla a pies juntillas (muy consciente de que ya hay muchas personas que la siguen, aunque la ignoren). Hablo de los verdaderos lectores, no de esos que cumplen el viejo ritual en vagones de metro o salas de espera, por matar el tiempo. Los auténticos y veraces lectores  deberían abandonar el libro de un autor no bien descubrieran que éste aún vive. Dejarlo morir de hambre o hastío o aburrimiento, hasta que, ya póstumo, pudieran esos lectores disfrutar de la obra acabada, de un estilo clausurado, de un arte elevado al altar inmarcesible de lo imperecedero.

 

Corolario: Disponer en vida de la obra completa de un autor sin que taimadamente te sorprendan con uno de esos descubrimientos que dan una vuelta de calcetín a una obra entera. Disponer de todos los libros  del autor, para robarle así el aire y su eternidad ya silenciosa.

 

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