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UNA MIRADA A LAS MENINAS (1)

2.22.2015

1-. El espectador transeúnte

 

            Es cosa frecuente que una pintura refleje una escena que puede ser trágica, como en algunos lienzos de Goya, o en apariencia anodina, como ocurre en ciertos cuadros de Velázquez. En cualquiera de los casos, la escena encierra una historia, que sólo quien la contempla puede llegar a completar.

 

            Los cuadros nos hablan porque nos miran; y, al hablarnos, nos interrogan. Lo que sucede es que su mirada es especial, refleja, como suele ocurrir en todo arte. No hay diálogo directo con el artista, sino mediación. Al espectador transeúnte no le basta con mirar y ver la escena, para comprender o acaso vislumbrar las secretas intenciones de su autor. El sentido del cuadro está en el cuadro, pero va más allá del mismo. De ahí que no podamos solamente mirarlo o admirarlo. El pintor, si lo es de cierto, no ha buscado sólo plasmar una escena y provocar una emoción. Provocar emociones por medio de las formas es un alto ideal de la pintura, mas no el único. Tal vez sea el más elevado, sí, pero insisto que no el único. Generar desasosiego, admiración, pavor, asombro, inquietud, maravilla, desconcierto, elevación, extrañeza, rendimiento, dicha o placer: tales son fines de la obra artística. Pero el artista busca además expresión, comunicación. Y es tal comunicación la que ahora va a interesarnos aquí. Que el resultado de esta comunicación sea una emoción o un estado anímico es, llegados a este punto, todavía accesorio. Más cuando, como ocurre en la pintura, estamos ante un arte cargado de connotaciones culturales, de formas precisas y adecuadas de mirar, aprendidas en la escuela, que impiden que ese contacto con la pintura tenga el acaso imposible beneficio de una lectura sin supuestos, supuesto ello fuera posible, que no lo es.

 

            No hay arte sin supuestos. Esto, que de suyo resulta evidente, quizá no lo es tanto para quien admira una pintura desde ese goce secundario que es el mirar algo como arte, o porque a lo largo del tiempo nos han dicho que era precisamente arte. Hay supuestos en el artista cuando se arroja a la gestación creativa; supuestos de su tiempo, de su arte tal como en su tiempo fue iluminado. Pero hay también supuestos en la mirada que hoy contempla la tela, espacio de sentido y comunicación.

 

            El secreto de la pintura no es el dibujo o la forma, aunque haya habido épocas de puro formalismo, de pura concentración en el trazo y la figura. No; aún así, me parece que el secreto de la pintura está en la mirada. La del artista ensimismado y la del espectador transeúnte. Allí, justo allí donde esas dos miradas confluyen y se hace el sentido, como la planta que esperase el terreno propicio para fructificar. Territorio común donde el artista sale de su ensimismamiento para hablar y donde el espectador escapa a su destino de simple transeúnte para atender a lo que se le dice y aún para completarlo.

 

 

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