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UNA MIRADA A LAS MENINAS (2)

2.22.2015

2-. Artista y Tiempo.

 

            Suele ser habitual en buen número de cuadros que el artista se nos oculte, no aparezca o parezca que no está. Pero es una mera apariencia, porque el artista, aún el más anónimo, siempre está. No se puede anular, precisamente porque lo que nos muestra el arte es un fragmento de realidad. No de realidad sustantiva. Supuesto que ello fuera posible, estaríamos ante una fotografía, y ni siquiera esto sería evidente. No, pues, realidad sustantiva, repito, sino realidad subjetiva: el troceado de sombras, colores e imágenes que el creador desea que veamos, definida dentro de los límites siempre fronterizos que señala el marco del cuadro. El pintor elige una puntuación de la secuencia, como hacemos todos en el mundo relacional. El artista, pues,  selecciona de la realidad aquella parte que es para él esencial, significativa; y nos la ofrece no desnuda, sino ahíta de significados, de los significados que su mirar ha ido espigando del mundo que le rodea. El artista no puede ocultarse nunca. Es ése un intento abocado al fracaso, pues quien mira, aunque calle, comunica.

 

            Velázquez fue hijo de su tiempo; pero el uso tópico de esta frase no debería ocultarnos la ardua verdad que ella encierra. Ser hijo de un tiempo concreto, pender cronológicamente de una edad, significa construir nuestra vida en dependencia y determinación de los usos habituales que en tal época concreta existen. Ni más que eso, ni tampoco menos. Ser hombre no es una realidad de suyo, alienada de todo y constituida en un vacío. Nacer en una sociedad cualquiera es un accidente; pero un accidente tan esencial que va a constituir nuestra naturaleza humana y nos va a hacer consistir en aquello que somos. El ser biológico, por sí, no es casi nada. El que dicho ser biológico se constituya como hombre dependerá del tiempo que nos amamante y acoja, de las creencias y valores que nos den figura y nos sostengan, de las raíces familiares que nos agarren al pasado de nuestras convicciones y fantasías, de lo aprendido y socialmente heredado. Una certeza profunda es, pues, que todo hombre vive de los anteriores, en creativa deuda con sus orígenes. Y digo creativa porque, si no fuera así, si en todo fuésemos al cabo como aquellos que nos precedieron, no seríamos en rigor nosotros mismos. Y, en consecuencia, no podríamos decir que somos hijos de un tiempo, tal como el tópico, con tanta verdad, señala. De ahí que Ortega y Gasset dijera aquello de que la humanidad no es una especie, sino una tradición.

 

 

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