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Misoneísmo

3.1.2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Misoneísmo es una palabra poco eufónica que significa miedo a lo novedoso, que descubrí en un gozoso artículo de Julio Caro Baroja, el sobrino antropólogo de Don Pío. Me pregunto si existirá otra palabra que yo desconozco –mis amigos me sugieren filoneísmo, que aún me gusta menos, por nueva y malsonante-para designar ese afán que tienen algunos por estar y vivir siempre a la última, ese empeño cerril en negar que la cultura es una forma de tradición y que el cambio, siendo importante, no lo es menos que la permanencia. Sin ella no habría continuidad y, aún menos, siquiera existiría eso que con beata unción aquellos veneran tanto, la novedad por sí misma, valga lo que valga, por mero afán de estar al cabo de la calle. Lo nuevo, lo no usado aún, lo apenas entrevisto, tiene una cualidad que a menudo lo sitúa entre nuestras expectativas muy por encima de su auténtico valor.

 

Somos una especie que valoramos la novedad, aunque esta tenga mucho de paradójico dado que ella es lo primero que ansía hacerse vieja y pasar; sobre todo, valoramos lo nuevo porque somos una especie fantasiosa, que necesita inventarse deseos para poderlos llevar a la acción. Cada instante parece así la promesa de un comienzo, el inicio de una invención.

 

De todos es conocida la famosa frase de que Lampedusa pone en boca del arribista Tancredi, el sobrino del Príncipe Fabrizio: Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie. El culto idolátrico  a lo nuevo no entiende de credos ni de banderas. Lo nuevo, por serlo, parece que habría de ser diferente; y, por diferente, mejor. Es una exageración de la voluntad, un dislate de los deseos. Quien se empeña en habitar en el territorio siempre prometedor de lo nuevo se arriesga a desengañarse una y otra vez.

 

Pero lo nuevo sólo resulta apetecible en medio y como colofón de lo ya usado y viejo, a lo que atribuimos a veces la condición de comodidad y confort, como esa ropa dada de sí que sólo llevamos por casa para sentirnos cómodos. Los terapeutas hablamos a menudo de las zonas de confort para referirnos a los manierismos profesionales en que con frecuencia se convierten nuestros hábitos. Pero no hemos de huir de nuestras zonas de confort como apestados, hemos más bien de hacerlas más extensas.

 

A veces es tanto nuestro afán de novedades que incluso nos disgusta que otros colegas no nos las  presenten en cualquier congreso al que asistimos con esa esperanza en la faltriquera. Decimos, con cierto matiz peyorativo: hace diez años que hace lo mismo, que habla de lo mismo, que usa la misma técnica… como si nosotros fuéramos pródigos en creatividad e invención y su ausencia hubiera hecho mella en algún punto de nuestro delicado pundonor profesional.

 

El demonio de lo nuevo nos asalta otra vez con su tentación de tabula rasa. Pero acaso no sea de novedad de lo que tan necesitados estamos, sino de cierta profundización, es decir, de mayor complejidad. Desconfío vivamente de quienes escriben gruesos libros de trescientas páginas cada seis meses, porque las ideas o las ocurrencias son bienes escasos que hay que pulir antes de que sacarlos al mundo a que les dé la luz y se oreen y se batan en la palestra pública. Prefiero a quienes hablan siempre de lo mismo, y lo hacen de diferentes maneras, que a aquellos que cada día me hablan de cosas distintas, eclécticamente instalados en la más rabiosa actualidad. De unos aprendo siempre, de los otros sólo me alcanzan los superficiales rayos de su luz racheada.

 

 

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