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Legitimar y...preferir

3.31.2015

 

 

Al hilo de una breve anécdota que sucedió en el transcurso de una terapia, conversaba con una colega sobre la obligación de legitimar las diferentes ideas de pareja que aquellos clientes tenían, todo y que el chico de la que acabábamos de ver buscaba con agobio manifiesto una relación de baja intensidad emocional y escasa implicación personal, mientras la chica, en cambio, con parecidas angustias, deseaba una relación de mayor cercanía y con un elevado grado de compromiso por parte de su pareja. Me decía mi colega que había que pensar que muchas parejas tienen modelos diferentes al “normal” y que hay que legitimar esa decisión tomada por adultos responsables. (Un día hablaremos del conjunto de los supuestos que caben bajo el epígrafe de adultos responsables, que no son pocos ni banales). Yo no tenía nada que objetar al respecto, y así se lo hice saber; pero, empujado por mi demonio contradictor, un demonio que me acompaña casi desde que empecé a hablar, le dije que tan sólo quería introducir un matiz. Hacerlo era importante, a mi juicio,  sólo fuera porque la realidad acostumbra a ser tan compleja como los matices que somos capaces de leer en ella. Así, le confesé, nos encontramos con que hay muchos terapeutas que hablan de legitimar como sinónimo, en cierta medida, de validar cualquier forma de relación. El aspecto más inquietante de esta actitud radica en que ese sólo habría de ser un movimiento estratégico del terapeuta, porque aún hay que dar un segundo paso, sin el cual ese movimiento se queda corto.

 

Aunque todas las cosas se puedan validar, sobre todo si se trata de formas de relación entre adultos responsables, hay que hacerlo en alguna cierta medida, no de modo formulario y con la brocha gorda. Validarlo todo no significa que todo tenga el mismo valor. Y ese segundo paso que el terapeuta debe dar va en la dirección de la ayuda frente al sufrimiento. Si me limito a valorar por igual o a legitimarlo todo y no me hago cargo del sufrimiento que unas formas conllevan –no esencialmente, sino relacionalmente, en la circunstancia concreta de unas personas concretas también-, no actúo terapéuticamente.

 

 Hay creencias y formas de relacionarse que, aun siendo legítimas o simplemente posibles para el ser humano son para él o para los demás más dañinas que otras. Por dañinas entiendo que  causan en el sujeto o provocan en los demás un mayor nivel de sufrimiento. Me pregunto si debo quedarme detenido frente al sufrimiento o si, por el contrario, puedo decir algo. Yo no soy una mente privilegiada colocada ex cathedra en un sitial desde donde juzgar la conveniencia de unas determinadas creencias o de otras, pero tengo las mías propias y sé por experiencia qué creencias o qué forma de relacionarme me causan más dolor y hacen mi existencia menos feliz. Lo sé no como experto, sino como humano. De manera que puedo, en libertad, optar por seguir instalado en ellas o, también intentar modificarlas o, mejor aún, aprender otras nuevas, más generosas conmigo mismo y que me causen menos dolor.

 

Creer que sólo se puede legitimar supone renunciar al trabajo de agente de transformación y dejar al otro abandonado y náufrago a su suerte, en el bucle del más de lo mismo, que va a ser la forma en que seguirá actuando y, en coherencia, la única forma posible de actuar según los legitimadores estrictos.... El problema de estos legitimistas es que temen que dar un modelo o unas pautas les sitúe en una suerte de ubicación superior, por ejemplo, como expertos; en un punto de vista privilegiado, que la segunda cibernética no parece justificar.

 

Pero esto, de nuevo, es un error. La segunda cibernética dice que no puede uno dejar de formar parte del sistema terapéutico y, por ende, de influir en él y, a su vez, de ser influido. No nos coloca en posición superior, pero nos coloca en el sistema terapéutico. Esto es, en esencia, lo que señala la segunda cibernética. La neutralidad tiene que ver con cierto sesgo ideológico cuando es una mera negación del punto de vista del terapeuta, cuando, por ejemplo, nos condena a fingir no tenerlo. La neutralidad es un elemento estratégico en terapia, pero a la vez basculante. No somos neutrales al estilo suizo, sino que nos aliamos alternantemente con diferentes miembros del sistema, para explorar su flexibilidad e inducir cambios relacionales en él.

 

¡Claro que no hay modelos de familia normativos, y mucho menos esencialistas, sino relaciones y conductas más o menos funcionales y adaptativas! Pero la funcionalidad tiene como fondo teórico el hecho de que llamamos funcional a la conducta que parece provocar un menor grado de sufrimiento y una mayor adaptación al mundo circundante. De manera que volvemos al tema de los valores. La funcionalidad es una forma de valorar. Decir que algo no sirve ya porque no es funcional en estas o aquellas circunstancias es ya valorar una forma de actuar frente a otras. Es valorar que la ausencia o disminución del sufrimiento es preferible a la presencia del mismo.

 

El ser humano es un ser que prefiere. Y preferir es la forma más sofisticada e inevitable de valorar.

 

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