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La vida, mañana

6.14.2015

 

 

De la vida, lo más común y prosaica es esa época en que hemos comenzado a vivir. Nada hay más parecido a un joven adolescente que otro de su misma edad. Aún no ha habido vida suficiente, ni experiencia acumulada, para generar las diferencias en que cada vida humana consiste. Hay mucha mitología de la juventud, como la hay de los inicios, siempre esplendentes. Pero la primera juventud es prosaica, imberbe e infatuada. La valoramos porque somos ya viejos y sentimos la añoranza de la fuerza, que notamos debilitarse por momentos. Cuando somos jóvenes habitamos el mundo como si no fuéramos capaces de comprender que tiene límites, que las cartas están marcadas y que al final la partida siempre la gana la banca, o la parca; la partida se acaba porque nos quedamos sin liquidez.

 

De jóvenes nos creemos algo porque otros nos mantienen y nos soportan, y porque nada nos parece más interesante que ese esbozo de ser que es pura ausencia en el que en esos años consistimos. Vivimos en la duermevela aún, recién despertándonos del sueño, sintiendo la añoranza del bienestar que nos proporcionó la infancia. Somos, en esa época, pura promesa, la mayor parte de las veces insoportablemente incompleta. Fragmentos aún. Anuncio de algo que no llegará a consolidarse, juramento que nunca cumpliremos. Vivimos en esa zona de sueños y fantasías en la que uno imagina que su vida será mejor, más intensa y apasionada que la que aún está cada día malviviendo y que es, sin embargo, la única vida que en realidad se tiene, esa que malgastamos casi sin sentir. En medio, pues, de esa borrasca de incertezas fantaseadas, cuando aún podríamos ser cualquier cosa, promesa, redención, o nada; entonces, sin avisar, ocurre.

 

Nos detenemos frente a un espejo como si nos contempláramos por vez primera, como si ante nosotros se alzara un extraño; o nos miramos en los ojos de un confidente, y entre dientes nos preguntamos qué somos, a dónde apuntamos,  cómo será nuestra vida futura, la que aún no es. Escuchamos el silencio con el pálpito recogido de quien se acerca al definitivo desvelamiento del oráculo. Esperamos. Nada sucede. La pregunta parece irresoluble. Somos misterio.

 

Cuando yo era joven aún, albergué la fugaz esperanza de tener amigos filósofos. Algunos los hubo, incluso, que llegaron a cursar estudios en aquellas arduas materias, legamosas y confusas, aunque atractivas en razón de aquella misma divagadora oscuridad. De la filosofía, entonces, sólo tenía una brumosa imagen; y nada había en ella que la volviera atractiva a mis ojos en algún aspecto. El viejo profesor y su metáfora de la cáscara amarga, con la que resumía los avatares de la vida de cualquier filósofo que no fuera de su gusto, era todo lo que yo había sacado de mi escuálido bachillerato filosófico. Por fortuna. Quedaba mucha tierra por roturar.

 

Luego llegaron esos días en que uno no ceja de parlotear sobre Dios, la Nada, la Vida o el Inconsciente, como si sobre tales asuntos anduvieramos en posesión de arcanas verdades sólo al alcance de unos pocos iniciados, entre los que nunca dudamos en encontrarnos. Cháchara interminable, en la que se reflejaban los anhelos de una generación, o de unos cuantos al menos.

 

Nos adiestrábamos, como lo hacen los animalillos antes de salir del cubil y lanzarse a la caza. Sólo que, para nosotros, el objeto a cazar era algo tan intangible como aquellos asuntos de los que tratábamos en el rincón más oscuro de alguna grasienta tahona. Hablábamos de la vida como si al hacerlo se conjurara ésta en nuestra presencia, volviéndose material y corpórea, y llegando a adquirir una intensidad inusitada, hormonal. La vida aún no vivida venía a encarnarse en medio de aquellos discursos con que de jóvenes explorábamos los últimos territorios vírgenes de la infancia, que pronto habríamos de abandonar de forma definitiva.

 

Escribíamos poesías como surrealistas poseídos por el fantasma de Tzara, adentrándonos así en el misterio en que toda vida consiste. Nos sentíamos existir en aquella abstrusa logomaquia sin principio ni fin con una vida intensa, apasionada. Éramos de golpe el proyecto de ser, su propia encarnadura mortal, levantando su figura ante nosotros.

 

Y eso que sucedía entonces, que nos ha sucedido de alguna forma más o menos imprecisa a todos, era que ardía en nosotros la pregunta sobre nuestro futuro con la quemazón que siempre tiene lo inexorable. No había instante en que no nos preguntábamos qué íbamos a hacer con nuestra vida, en qué la empeñaríamos, cómo gastaríamos el tesoro de cada minuto que pasásemos habitando sobre la cálida corteza del mundo. Era, pues, un mandato, una exigencia y una necesidad: vivir la vida auténtica, aquella a la que estábamos llamados y que consistía, para unos, en un terco afán de claridades; para otros, en el ardiente sacrificio en el altar de la literatura, a la que juramos servir con inquebrantable fidelidad, pero imprecisa; para los más, en dejar de lado esa llamada y empeñarse prosaicamente en perseguir el placer o el dinero para alcanzar, dando un rodeo, aquel descubrimiento recién advertido de tener algo al fin entre las manos que fuera nuestro.

 

Éramos jóvenes y prometeicos. Habíamos llegado para robar el fuego sagrado sin dudarlo apenas, sin remordimiento alguno. Pereat Roma!, era el grito de guerra que podría haber salido de nuestras gargantas anhelantes, sin que por aquel entonces hubiéramos sabido clarificar el motivo o la razón por la que Roma debía perecer, pero sin albergar duda ninguna acerca de su aciago final. Aún pesaba sobre nuestros hombros el destino familiar, que habían encarnado con sus vidas nuestros padres; aún éramos ingratos deudores de vidas no vividas, de proyectos irrealizados; y habitábamos el mundo como de prestado. Teníamos que tomar alguna decisión, pensar fieramente en lo que la vida nos estaba ofreciendo, y lanzarnos a ella sin el menor atisbo de dudas. Debíamos levantarnos del banquete completamente ahítos y satisfechos, aunque aún no supiéramos dónde se celebraba ni quien había sido invitado ni el precio que debía pagar quien asistiera a él.

 

La vida auténtica, supuesto que  eso hubiera de existir, era el misterio. ¿Cómo adivinar a priori lo que habría de verdadero en la vida que comenzábamos? ¿Cómo distinguir con claridad entre lo que aquello entrañaba de pose y de apariencia  y lo que había de anhelo sincero en todo ello?

 

De joven uno se hace estas preguntas y las comparte con sus interlocutores sin ningún pudor, que llega más tarde; a veces las derrama en la soledad de las páginas de algún diario; otras, en conversaciones que regresan al mismo punto como el reflujo de las olas, hasta agotarse en sí mismas. No hay respuesta, excepto el anhelo de no caer en el engaño, de no echar a perder la entera vida haciendo una mala apuesta. Aún no se ha vivido lo suficiente como para saber nada con seguridad. Todo lo que nos ocurre queda así albergado en la prisión de nuestras ideas, bajo las llaves  perdidas de un secreto carcelero. Pervive la angustia, que en ocasiones se manifiesta; y el no saber. Y luego comienza la actividad y entonces caemos en la cuenta de que algunas cosas ya no dependen de cada uno de nosotros, de que hay fuerzas que nos llevan allá donde no pensábamos ir, azares que nos empujan con el ímpetu de un destino al que fuera difícil darle la espalda o siquiera mirarlo de perfil.

 

Se aprende a vivir con ello, con la sensación de que la vida no puede demorarse en elecciones justamente razonadas, o en el convencimiento de que seremos capaces de encontrar justificación a cualquiera de las cosas que acabaremos haciendo. Con el tiempo, advertimos que quien con mayor ahínco jugó la carta de la autenticidad es quien más lejos se encuentra de sí mismo, quien más se ha abandonado a las fuerzas del ciego devenir. El dueño de la mayor derrota.

 

Con el tiempo descubrimos también cuánta mentira había tras las respuestas con que de jóvenes nos engañamos a nosotros mismos imaginando una vida diferente y, por ello, feliz. Es posible que madurar consista en hacerse cargo con resignación del humo que entonces nos cegaba los ojos. La vida parecía larga, una extensión interminable en la que podríamos, finalmente, levantar nuestra morada o dejar nuestra huella. Vivir fue, a partir de ese momento, calibrar el engaño que estábamos en condiciones de poder  soportar.

 

Los otros son a menudo testigos mudos pero infatigables de nuestras acciones. Su juicio, certero casi siempre, dibuja señales que nos resultan ajenas cuando nos las muestran, aunque sean los vívidos rasgos de nuestros rostros y nosotros, sus autores. A mí me acostumbran a ver como alguien serio y discreto, mirada de testigos que a menudo hice redundar en beneficio propio. Obtengo beneficios de aquel que no me sé, del fantasma que ignoro, de ese que dicen que soy. Pero me sorprende, aunque lo use. Ese otro que ellos ven soy también yo, incluso más yo que yo mismo. No salgo al mundo desde mi interior, sino que me descubro al salir al mundo. Por eso decía Sócrates: Habla, para que te pueda ver, como si lo que se muestra en realidad estuviera ocultando otra cosa, como la luna que sólo nos ilumina con una cara. Vemos a los otros como cuerpos opacos, y fantaseamos con la vida intensa o indiferente en que se han empeñado al vivir. La palabra, en cambio, nos vela y nos revela. Muestra tanto como oculta. Engaña y dice verdad. Los niños aprenden a mentir a partir de que aprenden a decirse, y descubren casi sin notarlo el poder engañoso de los términos. De mayores, advertidos de esa fuerza que vive en las palabras, solemos abandonarnos durante más tiempo en prolongados silencios, porque la bestia necesita descansar y busca un rincón en el que reposar su inquietud. Decir nos muestra, nos abre en canal a los ojos de los demás y por ello debemos ocultarnos y hasta mentir. Una vía regia es el decir que nos manifiesta.

 

Y la vida, al principio, en su albor, es más un decir que otra cosa. El joven ignora hasta qué punto ese decir le hará deudor de sí mismo y le conducirá de forma inadvertida hacia el fracaso que sólo él llegará a conocer en toda su extensión, pues fue el dueño de sus palabras, el amo de sus promesas, que dilapidó. Decimos, pues, para hacer lo que luego no haremos. La especie humana puede prometer, y en toda promesa vive la larva de una traición, de un incumplimiento. La palabra, que fija el mundo, condena al viviente a percatarse del contraste entre lo que prometió y lo que logra más tarde, entre la promesa y su materialización vital. La palabra es la espuela que se nos hinca en los ijares, nos empuja y nos condena o nos salva. Pero el joven no lo sabe aún, y malbarata las palabras como si éstas no hubieran de ser los barrotes que lo encarcelarán luego o la llave que lo liberará. La palabra apenas vale nada, y lo es todo. Por eso el delirio y la locura germinan allá más que en el mutismo, porque el silencio siempre puede pasar inadvertido, como si fuera otra cosa; pero la palabra transparente, duele o calma, sostiene o hunde. La palabra nos dice y nos desdice. Desdecirnos es el primitivo destino vital, del que pocos hombres llegan a salvarse.

 

Pero hay algo peor que la traición de este sueño, y es quedarse en la penumbra de la promesa, existiendo siempre como mera potencia, como pálpito incumplido, como perpetua espera de realización. Mañana, mañana seré, dice aquel que se queda en los umbrales. Mañana comenzaré a cumplir aquello que me prometí a mí mismo, mi batalla o mi salvación, porque la promesa es en sí misma algo serio y tal seriedad exige entrega total, sacrificio absoluto; y así pasan los días y de la promesa sólo queda la exigencia de seriedad nunca vivida. De forma que, como ya dije, es quien más ahínco puso en denunciar la necesidad de vivir una vida auténtica quien al final se halla más lejos de cumplirla, como si la vida le hubiera gastado una pesada broma haciéndole creer que habría un día siguiente en el que fuera posible todavía dar cuenta de lo pendiente o que su adolescencia perpetua jamás habría de madurar. Ha pasado, así, de joven a viejo en un pálpito y toda la vida entera que ha quedado atrás ha sido una vida sin vivir, una vida en la promesa que nunca se realizó. Una vida, eso sí, que apenas quedó esbozada, como le sucede al protagonista de la novelita de James, La bestia acecha, en espera interminable, en apunte de gesto inconcluso que al esbozarse queda ridículo. Mañana siempre es tarde.

 

Fragmento de Los problemas del mundo.

 

 

 

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