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Francisco Umbral, el frío de una vida. (I)

9.1.2015

 

 

Nunca he sentido por la literatura de Umbral un  ápice de simpatía, sin que quiera negar con ello el valor de sus escritos ni de su prosa. No ignoro que su obra me resulta lejana y reiterativa, y la insistencia memorialística acaba por tener para mí un efecto narcótico en sus mismos excesos líricos, en la reiteración temática y en la casi total ausencia de acción narrativa. Sin embargo, la lectura de una biografía sobre este autor, “Francisco Umbral, el frío de una vida”, escrita en 2004 sin complacencia por la reconocida especialista Anna Caballé,  ha tenido la rara virtud de seducirme, a pesar del personaje. A ello ha venido a unirse un hecho fortuito, al haber tenido que terminar durante estas semanas veraniegas un trabajo sobre la biografía filosófica en Ortega y Gasset, con el que espero dar por concluida una maestría en filosofía que hace algún tiempo me dio por iniciar, no sé yo si en buena hora. De lo reflexionado a propósito de Ortega y lo leído ahora en la biografía de Umbral he de hablar como casual pero fructífera coincidencia,  como a veces suceden las cosas en la vida.

 

Hay entre el biógrafo y el terapeuta una distancia no pequeña, insalvable, de propósitos y de medios. El biógrafo busca en el detalle la totalidad, en la anécdota la ley, en el qué la verdad. ¿Qué sucedió realmente?, se pregunta a menudo el biógrafo, y se lanza de cabeza a sumergir sus intereses  en lejanos archivos y registros de propiedad, para encontrar ese dato que es como la perla que se oculta entre las valvas de una corácea ostra. El terapeuta, en cambio, va a las raíces del cómo de manera distinta. No le importan tanto qué fue lo que sucedió, sino cómo fue el ejercicio de un determinado papel. No qué le hizo a usted su papá, sino cómo le hizo a usted de padre. Y más que cómo se lo hizo, cómo usted recuerda que se lo hiciera, que es cosa bien distinta; y del recuerdo, el sentimiento o la emoción, la huella que quedó, el ladrillo gastado de nuestra memoria. Poco o nada que ver con una verdad que pudiera encontrarse en los legajos de una lejana biblioteca o en las viejas cartas perdidas en algún olvidado baúl, suponiendo que estas y aquellos hayamos de considerarlos verídicos testimonios a causa de su vejez u ocultación.

 

Pero volvamos a la biografía, que Caballé redactó con firme pulso y recta escritura. Umbral como centro, Francisco Alejandro Pérez Martínez como extrarradio y periferia del personaje – según consta en el registro civil, con los dos apellidos de su madre, la marca indeleble, el baldón de su negro destino de hijo natural, aunque todo hijo sea siempre natural y de alguien, como él lo era de un abogado cordobés, Alejandro Urrutia, el padre reconocido del poeta Leopoldo de Luis, quien sería así hermanastro del escritor-. Umbral, un muchachito de Valladolid nacido en Madrid para ocultar los pasos turbios del pecado, con pocos estudios, tímido y astuto, poseedor de una inteligencia natural, torpón en las relaciones, salvo en aquellas que le sirvieron para medrar, que hubo de recrearse como personaje todo él literario para buscar aquello que siempre fue el agujero de una ausencia en su vida: el reconocimiento, primero de su madre, a la que durante muchos años consideró tía suya, sin mayores parentescos, la pizpireta tía May; luego, de lo que vino después y que llaman gloria literaria. En aquellos días el parentesco indirecto (como hacer de una madre una hermana y de un abuelo un falso padre) era la forma más habitual de ocultar una vergüenza siempre viva. Pero esa sustitución no servía para colmar un hueco, el suyo, que seguía creciendo en su misma familia, y durante todo el tiempo, donde su mera presencia significó el recuerdo encarnado de aquel desliz juvenil de su progenitora, la hija perdida. En ausencia de un padre biológico que lo reconociera, fue un niño con un sentimiento permanente de orfandad, que trató de satisfacer sustitutivamente ya como adulto obliterando la herida con la fama y el renombre público. Umbral, que no se llamaba Umbral, fue hijo no deseado, nacido fuera del matrimonio en una España pacata que parece a años luz de la actual, y donde el hecho biológico del embarazo fue vivido en culposo silencio como la mayor vergüenza que le pudiera acaecer a una jovencita proveniente de una familia de cerradas creencias en el católico Valladolid de aquellos tiempos.

 

Fue al final de la adolescencia cuando su madre, la tía May, que ya le había hecho partícipe del secreto familiar, falleció. Era aún una mujer de mediana edad, pero siempre de salud frágil, que había enfermado en su juventud de tuberculosis, enfermedad que recidiva sería en aquellos años el principio de su final y el posible origen de la conocida hipocondría del escritor. Fue por primera vez en el entierro de su progenitora cuando un primo suyo reconoció que su tristeza sin duda debía ser mayor que la de ningún otro miembro de la familia porque se le había muerto la madre. Nadie antes se había atrevido a explicitar el secreto de su nacimiento, que todos, excepto el escritor, conocían desde siempre. Umbral, huérfano perpetuo de padre y de madre, un hijo nunca reconocido con pleno derecho ni siquiera por los suyos, entre los que ocupó de niño una posición subordinada, caritativa casi, trató a través de la literatura de dotarse de una identidad, de un territorio propio y protegido, que no fue otro que él mismo, su magnífico y desbordante egotismo, su solitario y frío, descarnado solipsismo, anhelante y temeroso a la vez de la compañía y el afecto de los demás. Un afecto lejano, desapegado, que no llegaba nunca, que no llegaba.

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