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Francisco Umbral, el frío de una vida (II)

9.2.2015

 

 

 

Ser escritor es un destino incierto, nunca seguro. A toro pasado, el escritor que triunfa en las letras puede hablar de irrefrenable vocación, pero mientras se escribe, la duda está siempre al acecho del esclavo de la pluma, sin saber siquiera si habrá un público receptivo  a sus palabras o si acaso tendrá algún sentido ese empeño suyo de verterse sobre el papel, supeditando la vida a su escritura. Umbral habló mucho de su irrevocable destino literario, de su vocación inexorable de escritor. Lo fue y, sin embargo, fue también un hombre permanentemente infeliz y desasosegado, necesitado de refrendar en público una y otra vez su propio valor, de modo compulsivo y escandaloso, pero también precario. Lo que muestra hasta qué punto hubo un momento en que Umbral le fue infiel a su verdadera vocación y utilizó está fuerza literaria natural que poseía para otra cosa distinta, que tuvo la escritura como medio y herramienta. Esa otra cosa fue el asunto de su vida.

 

Uno de los signos de traición a la vocación íntima, nos recuerda Ortega al hablar de otro escritor y poeta, el alemán Goethe, es el continuo malhumor que arrostra la persona, su gesto hosco y sus maneras hostiles, que se perciben incluso en los andares. Umbral tuvo de todo ello en abundancia, lo que hace pensar que aquel niño delicado, con una inteligencia superior pero en barbecho, hubo que poner sus enteras energías al servicio de una necesidad interna y compulsiva de la que no podía escapar. Umbral habría querido ser poeta, pero fue prosista –que no novelista- de un solo tema, su propia memoria ficcionalizada. Creó un personaje y, como un árbol, lo fue engrosando con el éxito como una muralla alrededor de sí mismo, fortificándose contra su íntima necesidad un poco más con cada libro, aunque la savia ya no fluyera como antes y en su lugar fuera abriéndose una profunda oquedad inabarcable y seca.

 

En esto, la biografía de Anna Caballé aporta informaciones muy significativas, aunque a mi juicio yerra por poco la diana cuando coloca en la ausencia parental y en el misterio de sus orígenes el núcleo dramático de la vida del personaje. El drama de la vida de Umbral no fue tanto no ser reconocido por su padre y apenas por su madre al final, cuanto la separación cada vez mayor entre ese yo ideal al que aspiraba y que merecería todo el amor cicateado del mundo y la realidad que el yo real y existente en que consistía logró alcanzar, una escisión que sin duda, y ahí sí acierta, provenía de sus carencias relacionales, de su apego inseguro y de las ausencias que hubo en los primeros años de su vida. No fue un niño amado y, si le amaron, no llegó a percibirlo jamás de forma clara, porque hacerlo así habría sido reconocer la evidencia de la falta. Tuvo, pues, que inventar el amor que todo ser humano necesita en sus orígenes, y después.

 

Umbral creció alto y desmadejado, sintiendo el vacío nunca colmado de esa necesidad, aunque ocultándoselo a sí mismo y transformando su ansia de amor en un deseo de prevalecer por encima de todos, de ser alguien, un príncipe, el primero entre los pares, casi un emperador de las letras, alejando con su palabra acerada a aquellos a quienes tanto necesitaba, en la cima del olimpo literario, siendo ese ser de lejanías que colocó como tituló de una de sus novelas memorialísticas.  Umbral fue un niño del hambre con raquitismo emocional, un niño baldón, el recuerdo andante de un desliz, inocente y desamado, que no supo luego volver a confiar en nadie, salvo en su propia confianza deliberadamente puesta en pie a contrapelo. La confianza básica en la vida que genera el amor generoso, eso fue lo que perdió Umbral de niño, y nunca logró reconocerlo de mayor. No es extraño, pues, que quienes lo trataron hayan señalado como rasgo destacado de su desapego brutal y la sensación de hallarse ante un hombre que, antes de vivir, ya estaba muerto. Un habitáculo vacío, la sombra de una sombra, mera apariencia y artificio verbal.

 

Umbral no sólo fue un escritor que escribía,  sino que, sobre todo, fue un polígrafo poseído por un afán insaciable de publicación. De todo y en todo momento, lo que fluía de su pluma tenía ese destino inapelable, al punto de confesar que a su muerte los estudiosos no habrían de encontrar inéditos en ningún rincón olvidado de su despacho. Publicar fue la forma objetiva de reivindicarse ante los demás, ante el mundo pero, final y primordialmente, ante sí mismo. Publicar significaba ser visto y, por tanto, existir. Una forma concreta de corporeizar al fantasma, cuya irrealidad habría sentido desde muy temprana edad. Tener un cuerpo de letra impresa, ser mirado y visto por los otros, los queridos, los deseados, los que nunca habían tenido que buscarse porque jamás se habían perdido. Y leído; leído, ya que no comprendido y mucho menos amado siquiera. Eso, aun deseándolo, no lo esperaba ya; le bastaba con el triunfo, con estar por encima de todos, en la lejanía protectora y fría del alejamiento.

 

Pero el triunfo es fugaz y, como decía Aristóteles, nos obliga a poner nuestra vida en manos de los otros, que pueden, o no, reconocer nuestros méritos. Toda la felicidad empeñada, porque nunca hay un triunfo definitivo.

 

La lucha es a muerte, y sólo tiene perdedores.

 

 

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