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Amor en cinco minutos.

9.25.2015

 

 Es arriesgado pedir cinco minutos cuando se ha de hablar del amor, pero es el tiempo con el que hoy cuento, sin retóricas. Cinco minutos que espero serán suficientes para decir algo sobre el mito del amor que sobrepasa la muerte y sobre las razones de su vigencia. El tiempo ajustado para el cansancio o la incitación.

 

Estoy seguro de que todos retienen su memoria los compases del galloup con que Offenbach cierra su ópera Orfeo en los infiernos. Me refiero al famoso cancán que alguna vez han debido tararear. A ese ritmo quiero hablar del amor fusional que plantea la ópera Orfeo y Eurídice, de Gluck  y dejaré para otros minutos el hacerlo del amor desengañado y engañoso del Orfeo en los infiernos de Offenbach. Dos óperas y dos visiones completamente distintas sobre idéntico asunto: la pareja y su destino, el amor como fusión por un lado y el agostamiento del amor conyugal por otro.

 

La historia es de sobras conocida, pues el mito de Orfeo y Eurídice forma parte de nuestro imaginario colectivo. Eurídice ha muerto huyendo de los reclamos amorosos de Aristeo, y Orfeo se lamenta de su desgraciada hasta provocar la compasión de los dioses y el favor de Cupido –o  de Eros, que en esto hay alguna divergencia entre los autores de que esto escriben-, quien le ayuda con sus artes a recuperar a la apurada ninfa. En la versión de Gluck, el amor y la fidelidad triunfan sobre la muerte y la amada vuelve a la vida entre vítores y alegrías, en un preanuncio curioso de lo que será más adelante eso que llamamos amor romántico. En la versión de Offenbach, el triunfo lo es sobre las convenciones y el pseudo amor que trataba de guardar las apariencias girando en el vacío. En ambas óperas, Orfeo y Eurídice consiguen sus metas, aunque de forma muy diversa. En la primera, la fusión de los amantes, la simbiosis de pareja; en la segunda, la separación de quienes ya nada tienen que ofrecerse y el reencuentro con el amor verdadero, que es el amor por otro o por otra, por alguien distinto.

 

Pero ninguna de las dos óperas nos habla realmente del amor, sino de momentos distintos de la pareja o de tipos distintos de pareja. La primera es una historia sobre el período anterior al amor, el enamoramiento. Y un canto feliz e ingenuo a lo que podemos llamar “amor indiferenciado o fusional”.

 

Hay, ya desde Platón, y acaso en consonancia o analogía con el amor materno, un afán siempre frustrado o insatisfecho de fusión entre los amantes. Es el amor romántico el que aparece entre las bambalinas de la ópera de Gluck, ese amor  soñado o imaginado en que dos serán por fin uno solo, por encima de cualquier circunstancia. Y digo bien: soñado o imaginado, presente en los primeros hervores de la formación de la pareja, en esa etapa de estrechamiento de la atención que llamamos enamoramiento y que no es aún amor, sino sólo los preludios del amor, intensos sin duda, pero iniciales. Es un sueño o una quimera del que habrá que despertar en algún momento, pero que opera sobre nuestra fantasía y sobre la proyección de nuestros anhelos en la otra persona, la persona amada, que se convierte así en el único objeto de toda nuestra atención y nuestros intereses, de forma casi obsesiva. No es que el amor romántico sea ciego, es más bien que el horizonte de la mirada del enamorado no tiene espacio para otras realidades que no sean las de la persona amada, hasta adquirir el cariz de febril obsesión.

 

El amor romántico es fusional. No percibe ni los límites ni las diferencias; y, por ello, es también imperialista y aniquilador. Al amor romántico le vienen como anillo al dedo las metáforas bélicas de la conquista y la rendición, del acoso y del derribo, de la caza y la cetrería. No queda bien decir esto en estos tiempos pusilánimes, pero es así. Un amor que causa estragos, pero que nos hace vibrar como ninguna otra clase de amor, con los arrebatos incendiados de la pasión.

 

Pero en la ópera siempre llega la tragedia. Eurídice muere y Orfeo se da cuenta de que este amor simbiótico, fusionante, le ha dejado al otro lado, en la vida, sin saber qué hacer con ella. Recordemos el aria emblemática de la obra, el Che farò senza Euridice? que es lamento por la muerte de la amada, cuando el poeta ya no puede aguantar el sufrimiento de esperar a salir del infierno para ver a su esposa. Sin ella, sin Eurídice, ya no hay sentido alguno que nos sostenga sobre la faz de la tierra. Si Eurídice muere, también ha de morir Orfeo. Los amantes no pueden vivir el uno sin el otro. “Mi dolor no puede expresarse”, dice en su lamento Orfeo, hablándonos de lo que el duelo es, pero también de lo que este amor representa. ¿Qué puedo hacer sin  mi amor? ¿A dónde ir sin mi amor? La amada es el mundo y no hay, para el enamorado, otro mundo que ella.

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