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Amor en cinco minutos (y pico)

9.25.2015

 

Yo,  a mi pesar, soy antirromántico, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que reniegue del amor. Sólo que lo comprendo a otro nivel. El enamoramiento no es más –ni menos- que el estado inicial y larvado de un potencial vínculo afectivo duradero. Del enamoramiento se puede pasar al amor, al dolor de la ruptura o a la indiferencia del desencanto, no sin sus inevitables peleas y  dolorosas escaladas de pura simetría. No podemos permanecer mucho tiempo en el delirio del enamoramiento, cuya naturaleza es episódica. Hay una línea sutil -que no siempre se traspasa en nuestra cultura- entre el enamoramiento y el amor, el vínculo amoroso que nos compromete en la duración. Y que promete permanencia en el tiempo.

 

El amor es intercambio. Pero, para que pueda haber intercambio, es necesario que haya dos. Al menos.

 

Es descubrimiento de la individualidad insobornable del otro, que no soy yo. De su valor único, que enriquece con su mera presencia el mundo que ambos habitamos. Amamos todo aquello que queremos que siga existiendo. La vida sin el amado no es que sea imposible, es que queda empobrecida. Por eso decía un filósofo que “amar es estar empeñado en que el otro exista”. No que sea yo; mucho menos que sea mío. La simbiosis y la posesividad casan mal con el amor.

Por amor se genera el reconocimiento del otro, de su específica forma de ser, la diferenciación por antonomasia, frente a la cual encontramos en el otro extremo la fusión indiferenciadora que supone la absoluta anulación de la alteridad, el desamor, la negación de la existencia del otro como tal otro. El ideal romántico, pues, casa mal con el amor más complejo y matizado, sobre todo cuando pretende usurpar su lugar. Pero ya he dicho, es el momento inicial, al menos lo es en nuestra cultura.

 

Del momento final habría querido hablar, pero me prometí cinco que ya seguramente se consumieron. Quiero terminar con una observación clínica, quizás intuitiva, pero que se presenta a menudo en las consultas. No es raro ser testigo de muchas parejas que están enredadas en el juego del desamor y que te cuentan, sin percatarse, que aquello que las enamoró es lo que ahora traen en disputa, lo que enciende sus diferencias y les empuja a la discusión y el desengaño.  Hay una palabra que refleja bien esto que quiero decir: desencanto. Lo que nos encantó de la amada nos desencanta, años más tarde, en nuestra pareja. Nos enamoró su tímido recato, y ahora nos enciende de rabia su inacción y pasividad; nos fascinó su iniciativa entonces y ahora reprochamos el que esté siempre yendo a la suya, nos encantó que tuviera tantos amigos y ahora no podemos soportar que pase su tiempo con ellos, y así ad infinitum. Este y no otro es el asunto de Orfeo en los infiernos, la ópera de Offenbach, y de tantas historias que escuchamos en la terapia y en la vida. Supongo que les suena.

 

Pero esto tiene otra música y ya no es la música del amor.

 

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