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De la felicidad del círculo

11.14.2015

 

 

Al igual que hablamos con metáforas -aunque pocas veces les prestemos la debida atención-, tendemos a imaginar el desarrollo de nuestra vida con figuras que dibujan direcciones o formas diversas, pero que innegablemente dicen bastante acerca de cómo cada cual entiende sus propios procesos vitales o las circunstancias históricas en que se encuentra inmerso. De las figuras geométricas, la imaginación humana ha quintaesenciado casi todas las posibilidades que aquellas otorgaban y ha construido un universo metafórico por donde la existencia discurre plácida o tempestuosamente.

 

Hemos sabido de los griegos y de su eterno retorno circular de todas las cosas, fiel imagen de la sucesión de estaciones de la naturaleza, al que los pueblos agrícolas acomodan los ritmos de su vivir. O de la línea ascendente de épocas que se creían lanzadas a un progreso interminable y fecundo. Del universo circular de Ptolomeo también tenemos figura, no así de la  contemporánea expansión que sufre el cosmos hoy, como un globo que estuviera hinchándose y creando así el espacio que nos contiene y alberga . Hemos dibujado la elevación triangular de las pirámides como escaleras que conducían al faraón muerto a otra vida justa y feliz y trazado los estrechos vericuetos y las sendas del camino en que la vida consistía cuando el hombre era un andariego viator. Las formas nos rodean por doquier, con sus aristas matemáticas, al punto de que se podría escribir el relato de las metáforas de la Historia, que nos ilustrara sobre las maneras como el hombre ha imaginado el mundo y lo han encerrado entre ángulos.

 

Hay hombres cuyas vidas redondas y logradas contemplamos al compás del devenir histórico, y vidas paralelas al modo de las que Salustio consignó en sus escritos para dar ejemplo. Hay quien ve la vida como una carrera llena de obstáculos y quien la percibe como el duro ascenso hacia una cima deseada y feliz. Ideas como horizonte o verticalidad sugieren sin duda direcciones diversas de ascenso o trayectoria. Hay, en fin, vidas parabólicas que prometen y se frustran en rápido orto y fracaso, y vidas que como el delta de algunos ríos se ramifican y dispersan, perdiendo sus aguas la fuerza conforme se extienden por el territorio. Un universo de formas encierra metáforas de existencia.

 

Personalmente, entiendo mi vida desde cierta querencia sesgada por una metáfora nietzscheana que me lleva al círculo. Hablaba el filósofo de esta figura y su felicidad, que es la felicidad de la repetición. Yo he seguido en la mía los rastros de esos círculos acompañándome; y, como los criminales, no he hecho otra cosa que volver una y otra vez a los lugares de mis crímenes, siempre los mismos, pero siempre de un modo diferente. Incluso geográficamente, me he movido en círculos cada vez más amplios, pero que de alguna manera inexplicable me han llevado a territorios que ya había visitado y que ahora reconozco como idénticos a los que recorrí en mi pasado y, al tiempo también, como diferentes en este presente que habito. No ha sido el mío un viaje con metas anticipadas, sino con ascensos y repeticiones, ocurridas a veces con distancias que habrían de contarse en decenas de años. Pero volver al mismo lugar no es hacer siempre lo mismo. Hay quien llamaría a esto profundizar; yo sostengo que se trata de la felicidad del círculo. Me complace advertir esos inesperados reencuentros, porque de niño tendía a imaginar mi vida con la metáfora de las vías férreas, esas paralelas que se cruzan en el horizonte que la vista alcanza sin cruzarse nunca de veras, sintiendo que cada cual iba por un camino trazado que sólo en contadas ocasiones se enlazaba con el de otro. Llegué a darle tanto uso a esta metáfora con líneas de fuga hacia el infinito que acabé desgastándola, que es lo mismo que decir que un buen día dejé de usarla porque ya no era capaz de resonar en mí.

 

La felicidad del círculo se me ha ido imponiendo poco a poco,  a contrapelo y ciertamente contra mi voluntad. Fue el círculo al principio casi una figura tímida, que apenas se dejaba adivinar. De repente un día me encontraba en el mismo lugar pero habían pasado treinta años. Regresaba a un espacio que era y no era el que guardaba en la memoria. Cambios sutiles, pero evidentes, lo alejaban de la imagen de mis recuerdos. Y fue así como llegó a mí la imagen del círculo, con estos reencuentros alejados de toda nostalgia y encarnados en calles y colores, en atmósferas y reviviscencias.

 

Mi vida ya no asciende, tal vez nunca lo hizo.  Fue más bien un trazado taraceado de trayectorias. Unos caminos que recorrí feliz; otros, empujado por la inercia o la desgana, los más por el descubrimiento y la curiosidad. Ahora puedo hablar ya sin trabas de la metáfora del círculo y de su felicidad. Me siento cómodo y redondeando en la felicidad que traza el círculo.

 

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