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Envidia

2.27.2016

 Aplícate cada día al arte de superarte.

                                              B. Gracián

     

Uno cree, desde su ingenuo esquema explicativo y no poco reduccionista en ocasiones, que la interpretación de cualquier fenómeno cultural podría reducirse, en último extremo, a su función adaptativa y de supervivencia para el individuo o la especie. Hay mucho aquí, en tal interpretación, de la impronta utilitarista y pragmática que predomina en las ciencias sociales y naturales de raigambre sajona, de la cual somos hijos putativos y sobrevenidos. Con todo, sospecho que esta explicación funcionalista de las conductas humanas hace decaer el proceso histórico en que éstas se hallan contenidas, como si la función adaptativa fuera el camino regio de cualquier otra interpretación posible o como si el ejercicio creativo en que toda cultura humana consiste tuviera en el concepto de adaptación su clave de bóveda, su última razón de ser. Que sea posible pensar de otra manera es tan difícil como raro, pues estamos sometidos a la férrea ley de la ergástula de los contenidos compartidos y los supuestos comunes de una época y un estilo de investigación. Pensar fuera de esos márgenes no es cosa sencilla ni de poca monta y, a menudo, no parece tampoco fecunda. A los investigadores también nos gusta rumiar la letanía: ¡Horcas caudinas, acudid en mi auxilio!

 

   No es extraño, pues, que ante una conducta o una pauta relacional venga yo a preguntarme, consciente del reduccionismo al que me someto, cuál es el sentido adaptativo de tal o cual comportamiento. He aquí el número áureo de los razonamientos: desde el punto de vista adaptativo, ¿qué puede significar esta conducta que analizo, o este sentimiento, o aquel otro padecimiento de más allá?  Y frente a un fenómeno tan interaccional y humano como es el sentimiento de la envidia, hacerme la misma pregunta: ¿Cuál es su función?

 

   ¿Es acaso la envidia un sentimiento para provocar en el sujeto la emulación del envidiado?, ¿o nos sirve como mecanismo de control social paralizante tanto para el que envidia –quien no puede vivir su propia vida- como para el envidiado –quien no puede manifestarse sin evitar el ostracismo al que la envidia lo somete? ¿Es la envidia una forma de señalar el territorio frente a la depredación de nuestro congénere, y, por ende, un mecanismo defensivo de carácter agresivo?

 

   Parecería que, en cierta medida, la envidia es una forma disfuncional de defensa: el resultado –pues se trata de un sentimiento- de una valoración que el sujeto ejerce sobre su propia vida en relación con los logros de la vida de su prójimo que, de poseer alguna virtud, tiene la de colocar a ese sujeto en una situación de desventaja y malestar. Nada preocupa menos a la persona satisfecha con sus logros y objetivos que los resultados de la existencia ajena de su prójimo. A la envidia la daña la indiferencia.

 

   No hay envidia sana. Pero sí emulación. Llamar envidia al deseo de parecerse a quien se admira es un error conceptual. La vida del otro, en la emulación, enseña un camino y un modelo; como un faro lejano, emite una luz que nos indica una dirección o unos valores. Pero eso no es envidia, sino algo de naturaleza muy distinta. De los mentores no se siente envidia. Antes bien, se aprende; los maestros lo son porque invitan a la emulación, no porque produzcan envidia.

 

   La envidia es como un cáncer que corroe la integridad de las personas y, desaforada, conduce al rencor. El rencoroso sufre un grado mayor de envidia, una envidia más profunda y destructiva; no sólo porque el rencor desvela la molestia que la existencia del otro nos provoca, de forma casi ofensiva, sino porque nos lleva a desear que ese otro no exista más. El rencoroso se haya poseído por una necesidad destructiva que la envidia aún no tiene. El rencor es la envidia hecha nihilista.

 

   Envidiar significa no soportar los éxitos que se producen en la vida ajena. Causa profunda perturbación, porque pone de manifiesto en forma de un sentimiento -esto es, de una información valorativa- la poquedad de nuestro propio tiempo existencial. Envidio en el otro lo que yo no soy capaz de proporcionarme a mí mismo, sus éxitos, su alegría, su integridad, su disfrute. Sólo me hace feliz su desgracia o su condena. Lo siento como mi prójimo  sólo en su mal, no en su placer. La envidia me informa sobre el estado de mi propia vida, de mis proyectos, de mis acciones; en suma, de quién soy ahora en el mismo momento en que la envidia me corroe. Traducida a información, la envidia habla de mi vida y me dice lo pequeño que me siento en relación al otro y, al tiempo, coloca fuera de mí el timón de mi existencia., al hacer del otro referente y objeto de mis desvelos, señal viva de mis carencias y recuerdo permanente de mi mezquindad. El que envidia sólo vive la mitad de su vida, teniendo la otra media hipotecada.

 

   Cuando yo era un joven aún inexperto, un viejo amigo me dio un consejo que siempre he llevado conmigo aunque nunca llegara a agradecerle tal regalo de forma suficiente; es posible, incluso, que él lo haya ya olvidado. Fue una metáfora prosaica, de esas que le calan a uno por la simplicidad de su forma, la ausencia de adornos y la carga de profundidad que encierra su interior. "Todos llevamos una radio, un transistor dentro de nosotros –recuerdo que me dijo-, y hemos de estar siempre atentos sólo a bailar al son de su música". Guardo esta metáfora como si la hubiera escuchado de labios del sabio Spinoza. No me ha servido para que deje de sentir envidia, sino para que, cuando ello ocurre, regrese de inmediato a lugar que nunca debí abandonar, para escuchar y seguir llevando el ritmo de mi propia melodía.

 

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