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De la pureza y sus incrustaciones. (Un cuento casi moral).

1.20.2017

 

Conocí  una vez a un hombre que perseguía la pureza. O que, creyendo perseguirla, en realidad andaba buscando darse alguna clase de consistencia a sí mismo, porque era una persona que trabajaba ayudando a la gente y deseaba en lo más profundo de sí tener una realidad indeleble o lo que algunos llaman, con impreciso acierto, una personalidad. De ahí que perseverar en la pureza fuera para él parte de esa búsqueda de aquel yo siempre incierto y huidizo.

 

     Empezó como todos, estudiando una carrera, aprendiendo idiomas y colocándose en una empresa a trabajar. Tuvo la inicial sospecha de que aquel trabajo le daría esa sustancia que andaba necesitando desde niño, y así fue durante unos años, en los cuales se casó y hasta tuvo un hijo, creyendo con ello que estaba más cerca de obtener la deseada consistencia. Como aquello le seguía inquietando, se pasaba los ratos que estaba ocioso remoloneando entre libros que abría al azar por cualquier parte y dejaba abandonados con la misma facilidad, y que leía en diagonal como si estuviera explorando un territorio rico en oro, a fin de hallar la deseada veta dando palos de ciego. Cualquier estudioso habría podido olfatear las huellas de su inquietud paseando entre aquellas páginas dispersas, entre los subrayados y anotaciones en los márgenes, sobre todo, en la ingente cantidad de páginas que se acumulaban sin leer, en los volúmenes abandonados como peces moribundos en los anaqueles de su biblioteca, curvados por el peso de los conocimientos y su acumulación estéril. Como el padre que pierde al hijo entre una multitud, así parecía él agitarse entre aquellas gotitas de sabiduría que robaba a sus lecturas y que, bien ordenadas, le permitían sustanciarse a ojos de los demás.

 

      Por fuera, aquel hombre parecía un hombre hecho y derecho, un hombre de cuerpo entero. Había incluso quien admiraba su forma de estar, ocupando un espacio notorio en el mundo, y su porte y su apostura habían engañado a no pocos, acaso tan necesitados como él de esa sustancia interior que, licuada, parecía brotar de sus poros como una exudación. No era elegante ni su cuerpo exhalaba ese aroma penetrante que tiene los objetos deseables. En lo suyo, pasaba por experto y fue la inexperiencia de los demás la que acabó por confirmarlo. Aquella mirada de los otros, preñada a un tiempo de admiración y temor, le hacía sentir bien. Aunque sólo para sí, reconocía que la admiración le fascinaba siempre y le sorprendía muchas veces, porque él era consciente del hueco que habitaba en su interior y a veces se negaba a creer que otros no lo percibieran. Nada se transparentaba afuera, al parecer, porque lograba ubicarse como un ser opaco y, por ende, misterioso. No había nada más allá de la máscara, pero la máscara prometía un más allá.

 

     A pesar de aquella seductora admiración que despertaba, él también sabía reconocer en ella un peligro, que no sería otro que el de mostrar así a los demás su flanco débil, su necesidad del halago y la caricia. Por tanto, frente a la admiración que causaba su imagen feliz, oponía la resistencia defensiva de cierta opacidad. Ningún gesto de deleite delataría su flaqueza, creía. Uno puede hacerlo cuando es por completo una máscara. O un hueco. Así fluían sus pensamientos, totalmente vaciados de sustancia interior.

 

    Con los años, aquel hombre que conocí persiguiendo la pureza trabó numerosas relaciones con ingenio e interés, que le trajeron más fama y admiración,  y fue trastabillando de éxito en éxito y de reconocimiento en reconocimiento, aunque  él sintiera que, cuanto más fácil se lo venía  a poner la vida, más crecía aquel vacío y la orfandad secreta de su interior. El que persiste, resiste, solía repetir. Fue entonces, en unos de esos giros misteriosos de las circunstancias, cuando tomó la determinación de perseguir la pureza, de adscribirse a una doctrina en sus términos más límpidos y rectos, de renegar de todo eclecticismo, de cualquier mezcla que llevara adheridas impurezas a la ortodoxia que él defendía con ahínco aunque, bien es cierto, sin llevar apenas a la práctica acción alguna que derivara de tan límpidos principios. Más pronto que tarde, también su vacío pasó a formar parte de aquella doctrina que explicaba a cuantos colegas de profesión quisieran escucharle, quienes le admiraban por sus silencios y su hermetismo, aunque las palabras que pronunciaba fueran de humo y jabón. Con todo, no dejaba de sorprenderle la capacidad que tienen los seres humanos para quedarse fascinados ante el reflejo fogoso de un rayo de luz, deslumbrados ante el brillo del azogue de un espejo y obnubilados por una ensoñación deletérea.  Los hombres necesitan sueños, solía decir. Es su salida digna, eructaba con indignación contenida. Él era bueno, pero reconocía que su bondad no manaba de ninguna fuente interior, sino que era el resultado de una estudiada postura y de una atenta y vigilante estrategia, con la que protegía su intimidad. Temía contaminarla con impurezas y excrecencias, con sentimientos que le hicieran depender de alguien, siquiera fuera por amor. En la pureza todo brillaba, hasta dejarle ciego. Perdió la oportunidad de conocerse, por alejar a los otros de aquello que estaba apoderándose de él y de su entera existencia: la superficie lisa de su falta de sustancia. Hubo cierta dignidad en su caída hacia la nada, porque a nadie arrastró consigo en ella. Acaso no tenía a quién. Fue lo más puro, lo más logrado de cuanto hizo. Tuvo amigos a quienes jamás confió la menor confidencia, y otros con los que nunca intimó. Antes del final, la pureza más prístina lo cegó y la ceguera le ayudó a percatarse del creciente sonido de su abismo interno. Se resistió por un tiempo a caer del pedestal porque creyó que si caía estaría demasiado cerca de los otros y siempre fue precavido con la cercanía verdadera y la intimidad genuina. Es lo que tienen las doctrinas puras, que no admiten mellas ni heridas. Fue un buen hombre equivocado, infeliz hasta en el nombre.

 

 

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