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El legado de los ausentes

5.14.2017

 

 

    En algún otro lugar he escrito sobre lo que llamo el legado de los ausentes[1], aunque antes lo bautizara también como el legado de los muertos de forma un tanto melodramática. Esto tiene que ver con la observación empírica y clínica de que a menudo ciertas dificultades familiares, como ya dejó señalado C. Whitaker, tardan tres generaciones en irse preparando y emerger con inusitada y sorprendente fuerza; y también con el hecho de que a nuestros hijos los educan los abuelos, afortunadamente para ellos de dos familias diversas casi siempre, lo cual priva a este fenómeno de lo que podría ser un sangrante determinismo ambiental.

 

    Hay una notable continuidad  en los estilos educativos generación tras generación. El legado de los ausentes es esta acción persistente del pasado sobre el presente. No, por supuesto, en su forma superficial, pero sí en lo más profundo. Seguro que han escuchado alguna vez decir a alguien: “Mi padre fue un hombre rígido, distante. Me educó de forma autoritaria. En casa no se nos ocurría llevarle la contraria. Los hijos estábamos sometidos a su voluntad. De manera, que siempre dije que yo no haría las mismas cosas que hizo mi padre si algún día llegaba a tener hijos. Y no lo hice. Él era autoritario y yo he sido con mi hijo liberal. ¿Cómo se explica, pues, que ahora tenga tantos problemas con él, habiendo sido muy consciente de lo que a mí me había ocurrido?

 

    La mayoría de padres tratan de hacer las cosas lo mejor posible con los hijos. Hay, por supuesto, excepciones. En esta anécdota que relato vemos a un padre preocupado por no ser autoritario con el hijo y esforzándose en mostrarse como un padre liberal, con un estilo educativo permisivo, abierto, dialogante. En apariencia, pues, un estilo contrario al viejo estilo autoritario de su padre.

 

   Pero a nuestros hijos, como he dicho, los educan los abuelos: si nuestros padres lo hicieron apropiadamente bien con nosotros, sirven como modelo; y si lo hicieron mal, los tomamos también como un modelo; es este caso, como un contra-modelo. Somos, entonces, como el negativo de una fotografía, pero no de forma estática sino dinámica. Y nos parecemos a nuestros padres porque lo que manifiestan ambos estilos, ya sea al autoritario, ya el liberal, es la rigidez educativa compartida por ambos. Mi padre fue rígidamente autoritario y yo he sido rígidamente permisivo. La rigidez es el problema, porque hay ocasiones en que tengo que ser autoritario con los hijos y otras en que me conviene más ser permisivo. En suma, si quiero cambiar el legado de los ausentes, debo ser flexible y, en consecuencia, mi actividad educativa  deberá hacerse desde la reflexión y no desde la reactividad al viejo modelo. Esto es algo que muchas veces se olvida, hasta que descubrimos con perplejidad sus funestas consecuencias.

 

   La parentalidad manifiesta una evidente dimensión vertical, pues es una dimensión jerárquica. Esto conecta también con lo trigeneracional. Aprendemos a ejercer de padres y madres en nuestras propias familias de origen. No es un determinismo fatalista, pero sí una influencia sutil, soterrada y a veces secreta. Cuanto mayor es el peso de lo vertical sobre las miradas de la familia, más dificultades tenemos en captar las diferencias individuales que sólo nuestros hijos poseen: su unicidad existencial. Más tendemos, pues, a verlos, como una suerte de mezcolanza de los antepasados. Cuando decimos, mirando a un bebé, que es clavadito a la abuela, o que tiene los ojos del abuelo, por ejemplo. “A menudo los hijos se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción”, cantaba Serrat en  Esos locos bajitos. Cuando llevamos estas atribuciones más lejos, a  los roles y a características de la personalidad, esta mirada preñada de pasado nos impide captar la singularidad de la persona que amamos, criamos y educamos y que es, inevitablemente, una ventana abierta hacia el porvenir.

 

 

 

 

 

[1] “El adolescente sin atributos. La construcción de la identidad en un mundo complejo”, en Adolescentes en el siglo XXI. Entre impotencia, resiliencia y poder. Pereira, R. (comp.), (2011), Madrid, ed. Morata

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