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Pisando los charcos

12.27.2017

 

 

      No sé a ustedes, pero a mí me resulta difícil no meter los pies en todos los charcos en que considero necesario mojarme, para enfado de algunos, silencios displicentes de otros y sorpresa de una mayoría que me tiene -sin que haya hecho nada por merecerlo- por persona prudente, un punto en exceso flemático y hasta frío si se tercia, sobre todo porque no acostumbro a hacer aspavientos con mis alegrías ni visajes con mis tristezas, y ambas –las tristezas y las alegrías- pasan sobre mí sin que apenas se note su perturbadora presencia, salvo para aquellos que me conocen bien y respetan el estoicismo de mis gestos sin confundirlo con distancia o tomarlo por desistimiento.

 

     Convengo con los últimos en que siempre me he comportado un punto por debajo de la sabia prudencia en cuanto a dar publicidad a mis reflexiones, toda vez que por encima de estas, y más allá del improbable valor que pudieran tener algunas de mis ideas, he colocado mi atención sobre los vínculos relacionales que unen a tirios con troyanos. Vínculos que constituyen, a la postre, la única realidad digna de ser salvada, pues nos humaniza.

 

     Muchos hay que habrán tomado mis silencios ponderados o bien por cautela, o bien por temor, o bien por un voto aquiescente a sus ideas, equivocándose todos ellos en tales atribuciones.  No ha sido nunca la cautela, el temor ni el asentimiento lo que ha guiado esta forma mía de proceder, sino preocupación por la camaradería o la proximidad, que tantas veces he visto dañar. Sobre todo cuando, por encima de las personas, hemos colocado nuestras creencias, de forma irresponsable. Como dioses crueles a los que había que rendir alguna clase de indigna pleitesía y en cuyos altares teníamos que sacrificarnos a nosotros mismos. Como si creyéramos que son las creencias las que nos van a salvar y depositáramos sobre sus hombros el peso plomízo de tantas vidas malogradas, tanta mugre y tantos esfuerzos sin recompensa.

 

     Pero lo cierto es que uno no fue nunca de una pieza, como soñábamos que lo seríamos cuando dejásemos atrás la adolescencia y, por fin, madurásemos, como solía decirse por aquel entonces. Y también es verdad que la que fuera estrategia habitual en los años de la juventud, ha empezado a quedarse atrás desde que, milagrosamente, pero siguiendo el férreo destino al que la vida nos aboca, cumplí más o menos los cincuenta años de edad y me asomé con curiosidad a ese borde de la meseta o del precipicio que nos advierte a todos que ya hemos hecho más de la mitad del camino de nuestra vida y queda menos por recorrer que cuanto ya hemos recorrido en el pasado. Conviene a menudo detenerse en ese quicio vital.

 

     Sospecho que de alguna manera los cincuentones hemos vivido con más o menos lucidez ese instante mágico que le lleva a uno a empezar a decirse que ya ha llegado el momento de hacer oír su voz, sin importarle un ápice las protestas que con su actitud abierta y afirmativa pudiera provocar entre quienes se sienten por ella concernidos o incluso cuestionados.

 

    Sólo admito a esto, y soy generoso en este punto, una única excepción, a saber: la conformada por los numerosos bocazas que en el mundo han sido, y que se creyeron con el derecho de levantar su voz por encima de la de los demás cuando no tenían aún nada por decir. Derecho ingénito para ellos, y no conquistado. Derecho que jamás conoció otra forma de expresarse que la voz alta y estentórea, o condescendiente y paternalista. Una voz hecha a brochazos y lugares comunes. Algunos siguen ahí. Gritando.

 

     No hablo aquí de ellos, por supuesto, pues no merecen una sola línea más, sino de aquellos que fueron (fuimos) ganados por la cautela y el cuidado. Y que ahora, también cuidadosos pero quizá con menor cautela, nos atrevemos a decir lo que pensamos a pesar de que nuestra voz parezca clamar en un desierto o levantar ronchas en las pieles sensibles de quienes siempre nos prefirieron en silenciosa servidumbre.

 

     He llegado a una edad, me digo a menudo, en que ya no me importa meterme en esos charcos, saltar en ellos y salpicar de barro a cuantos preferirían que pasáramos de puntillas o, de forma más simple, no pasásemos, quedando orillados en el borde del camino que ellos pisan con la altanería que otorga creerse propietarios de la tierra. Como si la hubieran recibido en herencia, como si ellos mismos no estuvieran aquí de alquiler.

     

     Tengo una edad, me digo, y ya no estoy para muchas puñetas.

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