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Nombrar lo innombrable

2.4.2018

 

 

Hay que nombrar lo innombrable para poder decir lo indecible.

Carl Whitaker.

 

     De un tiempo a esta parte he tenido la fortuna de colaborar con equipos terapéuticos cuyo trabajo se centra en cómo afrontar con las familias los momentos finales de alguno de sus miembros, la revelación de la proximidad inevitable de la muerte o la supervivencia posterior a una pérdida, no por anunciada menos dolorosa. Tales equipos hacen un trabajo admirable de acompa-ñamiento y sostén, más admirable si cabe en esta época en que por ciertos convencionalismos sociales, ansiedades y tabúes, se tienden a evitar estas cuestiones de forma clara, sencilla, directa y sin aspavientos.

 

   No es fácil hablar del final, pero resulta inevitable, dada nuestra natural condición finita. Somos los animales que conocemos que vamos a morir y que sabemos, además, que esta naturaleza mortal afecta también a nuestros propios seres queridos. No tenemos escapatoria. Algunas de las cosas más grandes que la humanidad ha hecho han sido intentos de exorcizar estos temores y conjurar la inevitable incertidumbre de estar vivos. Morimos, aunque no todas las muertes sean iguales. Reflexionar sobre el final ilumina los momentos en que todavía hay tiempo y transforma la manera con que los encaramos. Porque todavía hay tiempo, se vive intensa y conscientemente si no se olvida que habremos de morir. Platón hablaba de la filosofía como arte de aprender a morir y no había en tal definición nada morboso. Antes al contrario, porque sabemos que nuestro tiempo es limitado y no conocemos ahora cuánto nos queda todavía, abordamos las relaciones con nuestra vida y nuestros semejantes de una forma intensa y llena de plenitud. Pues aún hay tiempo, aún estamos a tiempo de decir y de hacer lo que tanto tememos decir y hacer. No hay mayor amargura en la muerte que la de no haber vivido la vida de una forma intensa y apasionada. Como decía Julián Marías, “por mí que no quede”, prosaica verdad de profundo calado existencial, que haríamos bien en aplicar a la mayor parte de acontecimientos de los que somos algo responsables.

 

     ¿Cómo ayudar a quienes en este trance ayudan, sobre todo en aquellas ocasiones en que las resonancias, los isomorfismos y las vivencias de sus propias vidas obturan, bloqueándolas, su capacidad de ser efectivos?

 

     Para la gente de la calle, los terapeutas tenemos algo de adivinos y chamanes, algo de confesores y brujos de la tribu, y algo también de notarios de sus procesos vitales, quienes daremos fe de sus esfuerzos, logros y capacidades. Todas estas analogías nos son muy útiles, siempre que no caigamos en aquello que los griegos llamaban la hybris, el terrible pecado de la desmesura. Ni somos dioses ni tenemos en el carcaj de nuestras capacidades herramientas para cualquier clase de dificultad que la vida nos pone por delante. Es más, conviene viajar ligero de cargas y para ellos es preferible pensar que son las propias familias quienes tienen las habilidades y capacidades suficientes para afrontar sus propios problemas existenciales. Aunque ahora estén actuando por debajo de sus capacidades, las tienen y es responsabilidad nuestra ayudar a que las activen. De poco sirven nuestros buenos propósitos, nuestros a veces atinados consejos terapéuticos, si no logramos ayudarles a ponerse en marcha. Existen aún malos profesionales que todavía creen que ellos y sus técnicas son la causa principal del crecimiento y de los procesos de cambio que sus clientes ponen en movimiento. Otros aún más dañinos, que ya solo confían en las técnicas, presos a menudo de sus propios temores a expresarse como personas y manifestar su vulnerabilidad como individuos en la relación terapéutica. Fortaleza aparente con que sustituyen una fortaleza más auténtica y genuina.

 

     En estas situaciones de pérdida y duelo, esta tentación es, si cabe, aún más grave. Conviene estar advertido de ella. Y conviene, además, tener presente de qué forma uno deviene terapeuta más efectivo en tales circunstancias.

 

    Procuro siempre no olvidar que, tras la necesaria acomodación y alianza con quienes solicitan mi ayuda profesional, sean familias, sean equipos que consultan o terapeutas que solicitan una supervisión por hallarse bloqueados en algún momento de este proceso, van a aparecer dos condiciones frecuentes en este tipo de abordajes.

 

    La primera, que se trata a menudo de terapias a tiempo limitado. El terapeuta desmesurado acaso piense que debería ayudar a cerrar todas las carpetas pendientes que hay en la vida de cualquier persona y más aún si son dichas personas quienes solicitan su ayuda y se ponen, por decirlo así, en sus manos. Antes de que se vaya, hay que salvarlo de todo. El terapeuta con hybris se deja arrastrar por la tentación de la omnipotencia divina, para acabar viendo cómo sus esfuerzos caen en el saco roto del más estrepitoso fracaso terapéutico. Nadie puede hacerse cargo de la vida de los demás a tiempo completo. Por un tiempito, como dirían mis amigos argentinos, sí. Pero sólo por un tiempito. Un tiempito para sostener en lo esencial y otro para confiar y dejar.

 

     El segundo elemento que va a hacer su aparición en estos procesos está relacionado con las resistencias emocionales de la familia o de los propios profesionales para abordar este tipo de situaciones de final o tránsito. Bloqueos esperados, que tienen su origen en el dolor y el sufrimiento emocional, y que se encuentran legitimados por el silencio social que la muerte genera a su alrededor, como si hablar de ellos fuera algo tal vez de mal gusto y escasa delicadeza. O por la forma como gestionamos tales procesos en nuestras propias familias de origen. Los aprendizajes recibidos. Conviene no mentar que hay una mosca en la sopa.

 

    ¿Qué tengo en cuenta cuando afronto situaciones de este orden? Algo muy sencillo, que yo denomino las dos P, para no olvidar de qué se trata y mantenerme atento frente a las naturales tentaciones de la hybris. Yo no creo en la terapia. Creo en las capacidades de las familias.

 

     Por naturaleza e inclinación soy, desde niño, un hombre pragmático. Esta condición me ayuda y es la primera de esas dos pes. El pragmatismo me lleva a pensar siempre en lo útil por encima de lo bueno. Hay ideales hermosos pero inútiles, y luego está lo que se puede hacer. Yo me dejo llevar a esto último con facilidad. El infierno, suelo recordar, está empedrado de buenas intenciones. Y el terapeuta, como cualquier ser humano, es generoso con sus buenas intenciones y tiene una reserva añadida de ellas. Tal vez por eso, entre otras razones menos conscientes, eligió este trabajo de ayuda y de servicio. Por si ello fuera poco, cualquiera de nosotros tiene en mente imágenes de un mundo ideal, creencias sobre el amor y la muerte, sobre la amistad y el sexo, que trata de confirmar en la vida cotidiana para reforzar sus puntos de vista propios; y que, sin darse cuenta, dirigen a menudo sus acciones. Pero en terapia conviene estar advertido. Lo mejor es enemigo de lo bueno; y, a veces, lo bueno lo es de lo útil. Pongámonos en el primer escalón y empecemos por lo pragmático, preguntándonos qué sería útil para estas personas que nos consultan en este momento de su circunstancia vital. Dejemos para otros la utopía y centrémonos en lo posible.

 

   He aquí que he dejado escapar ya la segunda de mis dos pes: el posibilismo. ¿Qué podemos hacer con lo que hay? ¿Qué nos cabe hacer teniendo en cuenta lo que habrá? Bajemos a la arena de la realidad relacional y, frente a nuestros naturales buenos deseos y también frente a las soluciones que nosotros daríamos idealmente para estas dificultades en nuestra vida, veamos qué cabe hacer con lo que las familias nos enseñan y traen. Confiemos en ellos, porque eso será suficiente. Trabajemos para que lo posible se haga realidad y dejemos las quimeras para los poetas. Lo posible es por sí mismo un factor generador de cambios mayores; lo ideal, no.

 

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