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Los beneficios de la supervisión de equipos (y 7)

3.26.2018

 

Necesidad de la supervisión.

 

Como he querido exponerles y dejar claro hoy aquí, parte de mi filosofía de base se fundamenta en dos principios que trato siempre de tener en cuenta: que las personas tienen competencias y capacidades suficientes para resolver por sí mismos o con la temporal ayuda de otros sus propias dificultades y que el elemento más importante con que contamos en la terapia como operadores somos nosotros mismos, el uso que de nuestro propio yo hacemos como parte inseparable de la intervención.

 

Cuando hablo de este último principio hablo para la mayoría de las personas que están hoy aquí, profesionales que se ven expuestos en primerísima línea al oleaje emocional que nos producen las familias que se encuentran en estos momentos de la vida en que se despiden, hay una pérdida anunciada o repentina y afrontan lo inevitable de existir, las despedidas y los adioses. Con un que la tierra te sea leve, se despedían los romanos de sus seres queridos. Que no nos pese la tumba, el final.

 

Hay muchos tipos de muerte, tantos como tipos de vida podemos vivir. El peor de todos, probablemente la muerte silenciada, el secuestro del dolor y de las emociones, la obliteración de los sentimientos como último baluarte de resistencia frente a lo que nos parece insufrible.

 

Los terapeutas y los profesionales que acompañamos a las personas en estas situaciones no podemos callar. Aunque tampoco necesitamos siempre en estos procesos de acompañamiento de las palabras, las cuales pueden devaluar con sus intentos de consuelo precipitados y urgentes el valor que en sí mismas contienen. Compartimos el dolor y en esto somos todos igual de humanos. Igual de vulnerables.

 

Acompañar es a veces un hacer y a veces es un dejar de hacer. Los profesionales temen que este dejar de hacer no sea entendido por los otros profesionales o por las propias familias sino como una marca de incompetencia. La ansiedad que nos genera el deseo de ser siempre competentes nos impide a menudo serlo. Las familias en duelo necesitan darse un tiempo, a veces un tiempo largo; los profesionales no pueden exigirse a sí mismos lo que las familias no se dan: inmediatez, respuestas mágicas, fármacos que obturen el necesario proceso de duelo y la manifestación del sufrimiento. Quizás hemos de aprender a tolerar mejor la incertidumbre para poder acompañar a las familias en este momento de su ciclo vital.

 

Estamos ante situaciones que no se curan, sino que se viven. El duelo es un proceso, no una enfermedad. Un proceso que ha de seguir su curso, según la experiencia y la vida de cada persona, su bagaje vital, sus aprendizajes de afrontamiento en sus propias familias de origen. El duelo es un proceso que muchas sociedades facilitan a través del acompañamiento, de los indicadores sociales que señalan que se está atravesando esta etapa, de las plañideras en otras culturas, del luto en el vestir, del culto a los muertos el día de difuntos o incluso del sentir la presencia de los ausentes en la propia vida. Algunas sociedades lo hacen difícil, lo ocultan, lo acallan. Y llegados a un cierto punto, ya no sabemos qué hacer con el dolor, excepto las prisas que nos entran por hacerlo breve y por sobreponerse cuanto antes a él.

 

Los equipos que trabajáis en estas situaciones de tránsito y crisis vital estáis por todo ello sometidos a presiones profesionales muy elevadas. Dos son las principales razones por las que el operador precisa el apoyo de una supervisión externa y emocionalmente no implicada con el caso:

  • La hiperidentificación con los pacientes.

  • El estrés resultante del deber presentarse siempre competentes y adecuados frente a los pacientes (Canevaro, 2012)

Hay elementos que dificultan la supervisión:

  • Con profesionales expertos, las resistencias a mostrar lo que pueden considerar incompetencia o falta de preparación ante otros.

  • La autosuficiencia del profesional y su necesidad de controlar las emociones.

  • Si es un operador de más edad, puede estar viviendo el momento de la pérdida en su propio ciclo vital y en su entorno familiar más próximo.

 

Salvadas algunas de estas dificultades, qué duda cabe de que no debemos prescindir de una herramienta tan poderosa como la supervisión indirecta para el cuidado de los equipos que operan en situaciones existenciales especialmente dolorosas y emocionalmente perturbadoras.

 

Espero haber contribuido con mis palabras a dibujar un esbozo, si quiera breve, de esta necesidad y de una forma concreta de abordarla desde la perspectiva sistémico-relacional en la que yo trabajo.

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