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3.26.2018

El hombre, animal relacional.

 

Parto de la premisa casi filosófica de que cualquier acontecimiento humano es siempre un acontecimiento relacional. Desde el nacimiento a la muerte, los seres humanos somos seres relacionales, que recibimos de los otros tanto la herencia genética que nos constituye biológicamente, como la herencia ambiental que va conformándonos a lo largo de la existencia.

 

Somos animales relacionales, que nos enfrentamos a lo largo de la vida con tareas muy parecidas, cuyo afrontamiento sin embargo dista bastante de ser igual. Cada uno de nosotros somos hijos de una historia familiar determinada, de sus deudas y aprendizajes transgeneracionales. Venimos de una historia pasada, que en cierta medida condiciona y determina hasta cierto punto nuestro presente. Al enfrentarnos con estas situaciones vitales importantes que todo ser humano va a vivir (y que yo llamo temas universales), lo hacemos con el estilo dominante en nuestra historia personal, que es como un idioma particular o una cultura familiar que, en buena medida, recibimos como legado de nuestros ancestros.

 

Esto sucede lo sepamos o no, o ya sea que nos enfrentemos a sus contenidos para rechazarlos o darlos por válidos: el pasado se perpetúa como tonalidad en el presente que vivimos y resuena sobre todo en estos contextos donde trabajamos con nuestro propio yo como instrumento de cambio y transformación.

 

Los temas universales son, por ejemplo, el amor, la muerte, la pérdida, la deslealtad, la traición, el engaño, el deseo, la ayuda, la entrega, la educación de las siguientes generaciones, etc. Cada familia desarrolla e interpreta estos temas universales según su peculiar estilo idiosincrásico y, a veces, tras una dura negociación entre sus miembros, cuyos estilos idiosincrásicos suelen ser divergentes.

 

Los temas universales que aquí nos ocupan son, por supuesto, la enfermedad, la pérdida y el duelo.

 

Sabemos que son inevitables y que a lo largo de la vida nos tocará afrontar momentos en que estas cuestiones aparecerán en primer plano. Forman parte del ciclo vital de las familias y los individuos. Pero las respuestas ante estas temáticas universales son peculiares y, aunque se parezcan, tiene matices que las hacen diferentes. La muerte y el dolor son temas de todos los tiempos, que cada persona encara de manera diversa.

 

Podemos afirmar que cada época histórica y cada sociedad ha interpretado estos eventos vitales –sobre todo el de la muerte- como colofón de una vida plena o desgraciada. O, en otros casos, con su ocultamiento y el silencio concomitante, haciendo de la muerte un tema tabú del que no se puede hablar, so pena de pasar por alguien pesimista y deprimente, de cuya compañía mejor huir. No es casual, sin embargo, que algunos filósofos, con Platón a la cabeza, definieran la filosofía como el arte de aprender a morir. Porque sólo vive intensamente quien sabe que sus días están contados y que en ellos se lo juega todo: el amor, la generosidad, el apoyo, las relaciones…

 

Como he dicho, la muerte y el sufrimiento no son sólo sucesos individuales. Nos afectan y conciernen a todos. Cuando un familiar enferma o cuando fallece, la onda de choque emocional, como señaló el psicoterapeuta Murray Bowen (1991), tiene efectos deletéreos durante largo tiempo sobre el sistema afectado. Es como si dejáramos caer una piedra en las aguas remansadas de un estanque, agitándolas con el impacto. Los círculos de las ondas que la caída provocará se hacen cada vez más débiles, es cierto, pero afectan a una extensión mayor de la masa de agua. Así nos ocurre a nosotros. Cuando hay una pérdida o el anuncio de la misma, la onda de choque emocional repercute en el bienestar general de la familia, rompiendo el equilibrio funcional que hasta ese momento poseía. No únicamente por tratarse de una pérdida, sino porque las funciones que realizaba el fallecido han de ser ocupadas por otro miembro del sistema y este sistema debe reorganizarse de nuevo en la ausencia.

 

La onda emocional depende, pues, del lugar que ocupaba la persona y de su funcionalidad en el sistema.

 

Como señaló el propio Bowen: “La onda de choque emocional es una maraña espesa de contragolpes subterráneos constituidos por hechos de vital gravedad que se pueden producir en cualquier parte del sistema familiar extenso durante los meses o años que siguen a un acontecimiento de grave importancia emocional, en general, la muerte o la enfermedad que haya puesto en peligro la vida de algún miembro significativo de la familia”.

 

La onda de choque emocional es mucho más profunda que la mera reacción al duelo y la pérdida porque actúa sobre las redes subterráneas de dependencias emocionales de los miembros de la familia y, por tanto, sobre algo que va más allá de los sentimientos naturales de dolor y duelo frente a la ausencia. Actúa afectando a los vínculos invisibles que nos atan a unos con otros.

 

Todas estas consideraciones me llevan a otra cuestión que quiero también poner sobre la mesa ahora. Por mucho que hayamos conformado interesantes protocolos frente a la pérdida y el duelo, y así mismo hayamos señalado las etapas naturales por las cuales las personas que afrontan estos delicados momentos tienen que pasar, lo cierto es que todo esto lo ejecutaremos según el peculiar estilo de cuidado y dependencia que hayamos aprendido en nuestra propia familia de origen. Esto es importante, aquí, por lo que se refiere a los operadores. Cuidamos como hemos aprendido a vivir. Cuidamos según nuestro estilo relacional familiar. Y en esto, cada familia y cada individuo conforman un mundo propio, ante el cual nosotros como operadores resonamos porque también hemos aprendido qué hacer y qué no hacer en estas situaciones tan íntimas y dolorosas.

 

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