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Los beneficios de la supervisión de equipos (3)

3.26.2018

 

 

El operador eficaz

 

Es evidente que no podemos protegernos de los relatos que sobre el sufrimiento nos ubican operativamente en la vida de los demás. El dolor de los otros se nos hace presente y recibimos su influencia. El sufrimiento de otros nos hace actuar. No quedamos impertérritos ante esto, y no hay ningún protocolo que nos proteja de las perturbaciones que este trabajo nos causa.

 

Pese a ello, el operador no puede con-fundirse con el otro. Sí con-moverse, pero no entrar en un estado de fusión que lo haría inoperante (Vega, S. 2017). Debemos aceptar, durante un tiempo breve, que vamos a sostener una parte de la vida de los demás, pero no la delegación de la misma de forma permanente, ni la incapacitación que puede generar en nosotros como operadores la mera idea de que podemos hacernos cargo y responsables de esas vidas.


Uno de los grandes logros que tiene una supervisión bien realizada consiste en que nos permitirá que nuestro equipo de trabajo, con la ayuda del supervisor al principio, nos ayude a mantener una distancia operativa en estas situaciones. Porque el operador no puede perder de vista que tiene que ser eso precisamente: operativo; y tampoco ha de olvidar que la confusión con el otro es el camino real, la vía regia, para perder esa operatividad por la que está siendo contratado (y pagado).

 

Quisiera incidir un poco más en este punto de la eficacia. ¿Qué es un operador eficaz? ¿Cuándo podemos decir que sus intervenciones, más allá de las técnicas que esté acostumbrado a usar de forma habitual, son eficaces y pertinentes?

 

Los problemas que va a afrontar un equipo de operadores en situaciones vitales como las que a ustedes les ocupan tienen que ver, sobre todo, con tres elementos:

 

En primer lugar, con las resistencias protectoras con que las familias y sus miembros asumen la ruptura de su equilibrio emocional y funcional causado por una pérdida o una enfermedad gravemente incapacitante. A diferencia de otros momentos vitales, en este caso sabemos que el desarrollo esperable de la enfermedad no conduce a una lenta pero perceptible mejoría. El horizonte hacia el que camina el enfermo y, con él, de una u otra manera la familia, no es un horizonte de esperanza de curación. No es, pues, extraño, que ante la incertidumbre ante lo que acontecerá, la familia repliegue de forma resistencial sus capacidades y competencias, y tienda a delegar en los demás lo que en otros momentos estuvo a su cargo.

 

La segunda dificultad a la que se enfrentan los operadores en estos contextos de cuidados es, más que en otros, que la limitación temporal marca el ritmo de lo que se puede y no se puede hacer. No tenemos todo el tiempo por delante. No podremos, por ejemplo, abrir demasiados temas pendientes que la persona puede haber ido arrostrando a lo largo de su existencia; sobre todo si tenemos en cuenta que tal vez no haya tiempo para abordarlos de forma integral. Debe regular nuestra intervención el famoso dictum hipocrático: primum non nocere (lo primero, no dañar).

 

Finalmente, la tercera dificultad es sin duda, al menos para mí, la más importante, a saber: la resistencia emocional del propio operador.

 

La ansiedad elevada que genera la situación habitual de trabajo de este profesional, el nivel de exigencia que le llega desde la familia, desde el propio servicio, desde sus propios y personales estándares de profesionalidad, son elementos que pueden llegar a volverlo cada vez más inoperante. A menudo, el profesional se protege de esta inevitable ansiedad refugiándose en los procedimientos, deviniendo así un profesional distante, meramente un técnico. Aquí es donde los aprendizajes familiares de la gestión emocional del dolor y el sufrimiento cobran vital importancia como bagaje del operador. El supervisor tendrá que ayudarle a detectar estos bloqueos y a que se entrene paulatinamente a afrontar las escenas temidas y los silencios protectores que se cernieron sobre estos temas en su propia familia de origen. Hay que recordar aquí el famoso dicho de Whitaker (famoso para los que nos dedicamos a esto, claro está): Nadie crece emocionalmente por medio de la educación intelectual, sino como consecuencia de la experiencia. Carl Whitaker.

 

 

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