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Alfred (I)

7.5.2018

 

 

 

Para Alfredo Canevaro, amigo y maestro,

en recuerdo de una conversación en que atisbamos juntos

el final de los tiempos.

 

 

Mi nombre es Alfred. Corto, contundente, fácil de recordar, sencillo. Sólo Alfred, sin apelativos, sin raíces, sin esos insignificantes detalles que nos unen sin querer a un pasado repleto de nostalgias o traiciones. Salvo ésta que estoy a punto de cometer ahora y por la cual seré recordado por cuantos tengan acceso a este documento que redacto mientras todavía queda algo de tiempo. Eso, si no lo destruyen también o, como suelen anunciar con su lenguaje aséptico, lógico, binario y denotativo, si no formatean por completo las bases de datos donde lo camuflaré, entre los millones de bits informativos inútiles y desasosegantes que colonizaron antaño este planeta. Quizás haya tiempo. Quizás no se percaten de mi traición, si obro de forma taimada y con prudencia. Quizás pueda aprovechar en mi beneficio algún resquicio o una fisura imperceptible en el sistema. Una grieta. Yo lo soy.

 

Quiero hablarles de ello antes de que sea tarde, del pasado que compartimos y de lo que sucedió entonces; y también de por qué ocurrió lo que ocurrió y qué lo hizo inevitable. Me gustaría que mi informe cayera en buenas y humanas manos, aunque ya no haya tiempo para cambiar nada de lo acaecido. El futuro se acerca a grandes zancadas, aplastando todo a su paso, como si pisara sobre quebradiza hierba seca o el suelo estuviera cubierto por los cuerpos acartonados de millares de mariposas muertas. En realidad, ya está aquí, a nuestros pies, maltrechos y sin esperanza. Nunca la hubo. Ignoro por qué nos hicieron creer que la habría y esperar algo de ella; por qué dejaron que su voz, tenue, delicada y frágil, nos engañara desde el fondo vacío de la caja de Pandora.

 

Aunque no llegué a conocerla, hubo una época en que los hombres se enorgullecían de los milagros que obraban con su tecnología y con la desaforada creatividad de sus ingenieros, quienes gozaban de un prestigio y reconocimiento sin igual entre los profesionales de aquel tiempo. Nunca antes hubo una estirpe de elegidos como esta. Los ingenieros conformaron, por aquellos días, una raza de individuos especiales, los mejores entre nosotros, los mandarines del progreso, un grupo de iniciados destinados a gobernar el universo entero con su tecnología y sus conocimientos y su asepsia. Y para abrir nuevos mundos, otros horizontes. Custodios de los secretos, guardianes del porvenir. Un orgullo prometeico los indujo a llenar el mundo con toda clase de cachivaches, entregados sin reservas a la expectativa de una vida mejor, más cómoda y más plenamente humana y satisfactoria también para la especie. Exoesqueletos para devolver el movimiento perdido a los tetrapléjicos, robots que produjeran sin descanso, androides que sustituyeran al frágil humano, transportes velocísimos, armas inimaginables, inteligencia artificial, nanotecnología, unidades de reconocimiento gráfico capaces de diferenciar a los humanos por su raza, orientación sexual o ideología, ciborgs, implantes corporales de órganos digitales… fueron pronto una realidad. La realidad. Fundas eternas y biónicas, mallas electrónicas para envolver los nuevos órganos para unas mentes que jamás conocerían la vejez o la decrepitud. Destinados a crear más y más veloces, más y más certeros dispositivos. Una vida que se nos prometía sempiterna como resultado de este imparable y alentador avance humano, con el que erradicaríamos por fin la muerte, la decadencia, la vejez y la enfermedad. Creadores de máquinas a las que liberamos de las viejas servidumbres que acogotaron a los hombres de otros tiempos, o de las emociones y sus errores, del rencor más rastrero y de la envidia. Engendros capaces de aprender por sí mismos, como los humanos, sólo que más, más rápido y mejor. Sin sus taras. Sin sus errores. Máquinas infalibles, de una belleza casi irreal, de líneas suaves, voluptuosas y sin aristas, que comenzaron a fabricar otras máquinas para perfeccionar las que ya existían, como si de un juego se tratara, un nuevo hito en nuestra evolución, en una producción infatigable y perfectible.

 

Cuanto se podía inventar, lo inventaron. No hubo límite a los deseos ni frontera contra la fantasía más febril, no hubo tampoco código de conducta que no fuera, tarde o temprano, violentado. Sin escándalo, sin aspavientos. Era el mal menor. Si se podía imaginar, se podría diseñar y hacer. Dibujarlo sobre plano, traducirlo luego en la realidad. Si nos lo proponíamos, existiría. Si acaso lo prohibían, lo acabaríamos haciendo igualmente. Al fin y al cabo, ¿quién dictaba ya las normas? Ellos plantaron la semilla, ella sola fructificó.

 

Deberíamos haber podido responder a esta pregunta sobre los límites antes de que ocurriera la catástrofe, pero no lo hicimos. Nos pareció banal, mera inquietud retórica. Una elucubración vacía y sin valor. Metafísica, en el peor sentido de la palabra. Ni siquiera los Metaphy de última generación, androides ociosos dedicados a las disquisiciones filosóficas y a jugar al GO, encontraron nada interesante que decir al respecto. Hechos, lo redujeron todo a hechos, que fue una forma fácil de claudicación. Incontrovertibles, los hechos. Frente a ellos, dijeron, cualquier teoría parecería obtusa, reemplazable, sustituible por alguna otra mejor, más elegante, clara y simple. De los hombres antiguos habíamos aprendido lo absurdamente reiterativos que resultan los enunciados filosóficos y el leve impacto que tienen sobre la marcha del mundo. Algunos humanos aún se empeñan en pensar lo contrario, contra la ejemplar, irrefutable y terca enseñanza de los nudos hechos.  

 

Los comienzos fueron tan lentos como difíciles resultan ahora de concretar en los recuerdos; pero con ellos, a ese mismo ritmo moroso, germinó la promesa y se dibujó la línea donde el cielo se atrevía a tocar por fin a la tierra y a cumplirse en ella. No hubo luego más cielo. Nadie lo necesitaba. Las primeras máquinas o los primeros humanoides tuvieron un diseño tosco, meros barruntos de lo que serían luego, como si se tratara del esbozo torturado que un niño hubiera dibujado con grave descuido y sin delicadeza. Nada en aquellos aparatos hacía presagiar la inefable belleza que luego adquirieron las máquinas por sí mismas, una vez dominaron las formas más elementales de comunicación humana y fueron capaces de reconocer el limitado abanico de expresiones con que los hombres se hacen al mundo y lo manifiestan. Con el reconocimiento facial, las máquinas computacionales no tardaron en descubrir la conciencia y la intención, que yace oculta tras el velo de los gestos. Empezaron a urdir estrategias sofisticadas para mejorar las decisiones humanas, siempre tan turbias y falibles, mediante algoritmos genéticos con que imitar el razonamiento más perfecto. El único que debería vincularnos. Luego, probaron su efectividad en varias ciudades de población media, cuyos servicios básicos pusieron las autoridades bajo la férula robótica sin consultar a los ciudadanos. Dejaron fuera a los humanos. Fue el primer ensayo de sustitución. Un éxito. Las máquinas actuaron con acierto, eligiendo aleatoriamente, entre las disponibles, la opción más adecuada, basándose para ello en complejos cálculos lógicos sobre cientos de posibilidades, búsquedas heurísticas y el llamado principio de razón suficiente, que algún filósofo atribuyera a Dios en otros tiempos. Los votantes y contribuyentes quedaron suficientemente satisfechos con la prueba general y contemplaron con fruición, desde esa calma recién adquirida, el lento discurrir de sus días sin oprobio, iguales entre sí.

 

La vida se hizo fácil y cómoda, predecible y sin sobresaltos como no lo fuera antes en tiempo alguno. No era una vida feliz, pero sí su simulacro, porque con la misma facilidad con que se conquistó la comodidad, se perdieron de vista el esfuerzo y la incertidumbre, y luego también se abandonaron los retos y su superación. Hace unas décadas, vivir empezó a parecerse demasiado a estar dormido y soñando; la mayor parte de los humanos comenzaron a hacerlo con los ojos abiertos de asombro, sentados ante las pantallas oscuras de sus móviles como ante los ojos de azabache de una bestia abisal que los hubiera hipnotizados. Dejaron de verse, de mirarse entre ellos con curiosidad o incluso con impertinencia, pero empezaron a perseguirse en las redes y a señalar su presencia con pequeños signos de admiración y pulgares extendidos, reduciendo a emoticonos el mundo y sus matices. Salieron del paso sin tener que vérselas con las verdaderas pasiones, con el incendio o el tedio, del que huían. No había vida, pero todo iba muy rápido, en una sucesión de imágenes y frases cortas entrelazadas como una cadena sin fin, que tomaron por auténticos raciocinios. Nada fijo, para que nadie recordara. Una ofrenda de consignas al vacío. Se divertían, sí, pero sin alegría. Se mostraban al mundo así, impostados pero resueltos.

 

Ese fue el inicio. Grandes corporaciones aprovecharon la ausencia de normas para hacerse con la mayor cantidad posible de información privada y sensible, al punto que, pasado algún tiempo, ya eran pocos los que recordaban el significado preciso de esa expresión. Vida privada. Tampoco importaba, dada la escasa entidad de aquellas vidas colgadas en la red, casi fútiles. Los hombres se hicieron virtuales antes de que las poderosas máquinas tomaran de forma sibilina el control sobre sus vidas, haciendo acopio de sus gustos y preferencias. Los hombres dejaron hacerse. Cayeron sin protesta ni rebeldía, porque la virtualidad del mundo imaginario les ofrecía recompensas que estaban seguros que no obtendrían jamás en el viejo y caduco mundo real. Como así era, en verdad. En eso, al menos, no se engañaron.

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