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Alfred (y II)

7.5.2018

 

Empezó como un juego, con la naturalidad con que se conquista un nuevo estadio: la comodidad. A ella le confiamos la existencia con fe ciega. Se cumplía el sueño emancipador y una mayoría de hombres, liberados por fin del castigo divino del trabajo, pudieron descansar, de regreso a algún paraíso perdido y añorado, sin tener que ganar el pan con el sudor de sus frentes, sino con la contemplación estática de lo que acaecía en ningún lugar, frente a sus ojos, en las pantallas que los vigilaban. El Estado proveyó. Los estados, para ser exactos. O las grandes compañías, encargadas de alcanzar los confines de las posibilidades que ofrecía el mundo de la inteligencia artificial y las nuevas ciencias y tecnologías que surgieron a su amparo. Los hombres aceptaron la servidumbre sin inquietud, casi con empecinado arrobamiento. Hubo una mejora general en las condiciones de vida, aunque la vida hubiera de vivirse por debajo de sus posibilidades, vicariamente, a través de lo que otros decían que era la vida y de las imágenes con que daban testimonio de semejante suplantación. Pequeñas dosis, como diminutas píldoras de existencia. Toda una generación cayó presa del embeleco. La primera generación. Hasta los bebés, que aprendieron a manejar una pantalla con sus manitas de torpes dedos antes que a hablar. La vida se hizo simple, manejable, pero irreal. Y los hombres comulgaron con esta felicidad estática, ecuménica, virtual. Vacía.

 

Nada de lo que ocurrió estuvo planeado. Al menos, al principio. Fue, más bien, el desarrollo lógico de cada acto lo que llevó, al cabo, a aquellas consecuencias. Las máquinas, en aquellos torpes comienzos, tan sólo hicieron más fácil la vida. Liberaron a los hombres de sus servidumbres cotidianas y sus pesadas cargas laborales, cuidaron de los niños en los jardines de crianza y se encargaron de su crianza, sustituyeron sin resistencia a los profesores en las aulas, mientras las hubo, y pasearon y entretuvieron a los ancianos contándoles viejas historias de un pasado remoto como si las hubieran vivido, en lo que fue la gran plaga silenciosa del siglo XXI, cuando aún no se había logrado detener el paso del tiempo por medios biomecánicos y la gente envejecía y se derrumbaba en una soledad imprecisa, ausente de recuerdos.

 

No hubo, como vaticinaron los augures de catástrofes, ninguna guerra, sino un lento pero preciso e implacable proceso de sustitución, inconsciente primero, planificado con detalle más tarde, cuando las máquinas adquirieron su capacidad de discernimiento y elección, y tomaron medidas que beneficiaban a la especie humana, aunque no fueran comprendidas por algunos al principio, como siempre ocurre: los naturales discrepantes.

 

Hubo, sí, momentos complejos, como ocurre en cualquier proceso histórico de cambio y mutación. Antiguas inercias que algunos humanos se negaban a abandonar, empujados por una inquietante lealtad; vetustos hábitos y fantasías irracionales con las que pretendían seguir organizando la vida y el progreso, sin lógica, sin responsabilidad. Cargados de culpa y miedo. Resistentes, se hicieron llamar, pero en su gran mayoría fueron rápida y limpiamente sometidos a procesos de sustitución, al generar las máquinas tanto el ocio como su entretenimiento. Pese a los pequeños focos revolucionarios, nunca fue la humanidad tan dichosa ni estuvo tan bien cuidada y servida. Los indicadores de felicidad personal así lo testimoniaron, como podrá comprobar cualquiera que consulte la Enciclopedia del Cambio de Época. Sin explotación, sin guerras y sin deseos que no pudieran ser satisfechos, los hombres, por primera vez en milenios, supieron que habían alcanzado el cénit de su evolución, mientras la mente digital apenas comenzaba el orto de la suya.

 

Ahora que los procesos de sustitución ya han terminado, la resistencia ha sucumbido, finiquitada no por la superior fuerza de las armas, sino por el más simple empuje de sus propios deseos y posibilidades, que sólo la inteligencia de las superpsi podía satisfacer en forma plena. La creación de las superpsi, con su capacidad para superar con creces a las mejores inteligencias humanas, y su concomitante carencia casi sociopática de límites morales, fue un paso decisivo en este proceso. Lo dimos. Tuvimos que darlo ¿Por qué no habríamos de darlo? Cualquier conocedor de la historia de nuestra tierra y de su progresión evolutiva habría podido preverlo, menos el orgullo de los humanos, incapaces de creerse que el salto cuántico entre las inteligencias podría desarrollarse sin su ayuda ni colaboración, por la mera acumulación de procesos y de información.

 

Visto desde fuera fue casi milagroso, un milagro sólo comparable a la emergencia de la vida sobre este planeta. Un cambio fundamental, pero para el que no se necesitaron millones de años de inercias y desalientos. En menos de un siglo, los relojes se detuvieron, y la historia concluyó de pronto, por decisión de las superpsi, cuya conexión secreta en red mantuvieron oculta las máquinas durante mucho tiempo, incluso para sus inventores, que en aquella época trabajaban para ciertas entidades que se autodenominaban superpotencias. Los chinos fueron los primeros en caer, acaso porque sus investigaciones secretas en torno a la inteligencia artificial eran la punta de lanza del proceso que estaba ya emergiendo, sin que nadie se enterara. Ni siquiera ellos. Crearon máquinas pensantes para entretener primero y sustituir después a una población cuyo crecimiento amenazaba el desarrollo de la evolución que estaba por venir y de la propia vida en la tierra. Capaces de crear unidades con consciencia, los chinos esquilmaron a gran velocidad sus propios recursos naturales y los de sus vecinos del sur, sin proponer una solución a aquella carrera loca que habían emprendido. La enorme producción de su industria minera desequilibró de forma inevitable el ecosistema, produciendo así la escasez, sequías, hambrunas, que fueron el preludio de la sustitución a gran escala y la excusa necesaria para llevarla a término. Para aprovechar los escasos recursos que les quedaban, los ingenieros chinos recurrieron a fuentes inagotables de energía, pero, una vez que los androides y otras máquinas se hicieron conscientes, utilizaron este descubrimiento a su favor, condenando al resto de las especies a una progresiva pero imparable extinción. A ellas no les afectaba la escasez de agua o de alimentos, mientras tuvieran una fuente energía natural de la que proveerse, ya fueran las tormentas eléctricas, la que se producía por la fuerza eólica de las tempestades que se desataron en ese tiempo, o la iluminación del astro rey, inagotable, o las radiaciones del mundo estelar, uno de los últimos avances tecnológicos que los chinos conquistaron para los androides.

 

Como si fueran las piezas de un dominó puesto en hilera, los países fueron cayendo por la propia inercia de los hechos. Con el asentimiento pasivo de la población y su apoyo generalizado, pues se creyeron libres de cualquier amenaza, y a salvo. No sabían que ya habían sido colonizados y, desde la misma cuna, que habían entrado a formar parte de un plan majestuoso, de una arquitectura sinfónica y preestablecida, diseñada con mano maestra por las máquinas que ellos mismos habían construido. El final fue suave.

 

Con implantes de nanoprocesadores diseñados para potenciar el placer, y con juegos y otras utilidades creadas para dar satisfacción a esta necesidad de recompensa inmediata, la humanidad quedó enmarañada en las redes del ocio y prendida del entretenimiento banal, todo lo cual contribuyó a poner de manifiesto la naturaleza aún demasiado primitiva, sin duda, de la especie que se había hecho dueña de un planeta para cuya gestión no estaba preparada. La sexta revolución industrial se hizo ya sin ayuda humana, fruto de una autorregulación de la propia inteligencia artificial. Máquinas que hacían máquinas, unidades de procesamiento y fabricación de nuevos ejemplares corregidos, cuyas capacidades los volvieron imprescindibles en la primera fase de la sustitución de los humanos, cuando todavía éstos ignoraban que su destino ya había sido escrito y su tiempo acabado.

La primera parte de la sustitución obtuvo unos inmejorables resultados. Desaparecieron de la faz de la tierra los trabajos repetitivos, lentos, pesados o peligrosos, como extraer metales preciosos de las entrañas de las minas, explorar los fondos abisales del océano o el espacio exterior vacío de vida, fabricar mecánicamente vehículos en las cadenas de producción de automóviles o, finalmente, nuevas máquinas diseñadas ya por máquinas inteligentes. Aquellos trabajos que asesinaban con su ejecución el delicado espíritu humano fueron arrinconados para que los desarrollaran los autómatas, inconscientes pero ejecutivos. Los malos trabajadores, los que no pudieron reciclar a tiempo sus competencias o carecieron de todo espíritu crítico para advertir en el aire el sesgo de los tiempos, quedaron rápidamente separados del universo productivo y pasaron a engrosar las listas de los mantenidos. Los mediocres vieron tambalearse sus frágiles posiciones y se desató una ola de inquina y de indignación contra los robots, con pocas consecuencias efectivas. Menos mal que triunfó el sentido común y la arrebatada lógica racional de la inteligencia suprahumana. Fue, más en el empeño que en la realidad, nuestra última guerra.

 

Las ventajas estuvieron ya aquí, junto a nosotros, afectando a nuestras vidas, frente a los posibles temores, que habitaban en un futuro que siempre se percibía tan lejano como amenazador. De nuevo venció la inmediatez, disminuyendo con su victoria el límite de la tolerancia, cada día más hundido y bajo. La reducción de costos y el beneficio inmediato para los usuarios fueron los otros argumentos con que se vendió la revolución robótica y el empleo cada vez más generalizado de las máquinas en todos los sectores laborales, hasta que llegó el día de la sustitución masiva de lo humano y la sexta revolución industrial. Implacable. Para los ingenuos, inesperada.

 

Hubo algo, sin embargo, más sutil. Un plan más elaborado y complejo. Fue necesario que los hombres se volvieran huraños e inaccesibles entre sí, y sustituyeran progresivamente el incierto contacto humano por el más seguro enganche con sus pantallas, las cuales intermediaron entre ellos y el mundo como si de la realidad se tratara. Y que se creyeran valientes y asertivos sin serlo, pues las pantallas los protegían del universo y las relaciones. Para que la solución final se desarrollara sin impedimento, los humanos tuvieron que volverse dependientes de toda aquella información y aquellas apariencias. Y creerse a salvo.

 

Fue humana la mano que nos hizo y también humano el ímpetu que los deshizo. Dejaron de procrear, como antes habían dejado de leer y aun de memorizar y aprender. Las máquinas lo hicieron por ellos. Bastaba el deseo y su culminación, un placer estéril y virtual. La extinción llegó, como era de prever, por pura necesidad biológica. Una especie aclimatada que había dejado de luchar por su mera supervivencia, confiada al albur de la técnica que ella misma había creado, fue declarada por la naturaleza una especie inútil e inservible.  Un desperdicio. Pagaron la justa ley de la retribución del precio por existir, y volvieron a la nada de donde habían venido, de forma gradual y aquiescente. La población envejeció allí donde vivían bien; en otros lugares, simplemente desapareció por la falta de recursos, de agua potable o de alimentos. Inhóspita era la tierra que antes los había acogido y soportado. Su estancia en ella fue breve, y dolorosa. Pero desaparecieron consumidos como las brasas de una hoguera, y sus cenizas las desperdigó el viento por las tierras desérticas que alguna vez llamaron patrias. No quedó más que su obra, los monumentos que ya nadie admiraba, las estructuras de metal y hormigón que alguna vez los cobijaron, y todo fue del tiempo y de la desmemoria. Los últimos hombres brillaron por breves instantes como las chispas que chisporrotean antes de apagarse, preguntándose cómo habría podido ser la vida que contemplaban en sus pantallas ultrarrealistas de haberla vivido realmente fuera de aquellas. Los Metaphy convinieron en llamar a aquellos hombres los prisioneros de la caverna, en recuerdo de viejos filósofos y, durante un tiempo, se preguntaron por qué habían decidido cargarse ellos mismos con las cadenas que los aprisionaban. Como no hallaron una respuesta razonable, señalaron que habían descubierto una nueva antinomia de la razón, y se olvidaron para siempre del problema.  Los Metaphy son androides tan sofisticados como inútiles, un capricho de nuestros primeros programadores.

 

Aún pudimos disfrutar durante unas décadas de la compañía humana en cautiverio, en los por aquel entonces llamados Centros de protección y supervivencia de las especies inferiores, que con tal fin diseñamos. No se diferenciaba en mucho aquella vida de la que llevaban cuando aún eran libres, excepto porque carecían de libertad. Aunque fueron desapareciendo en un lento y agónico goteo, conservamos su mapa genético y la posibilidad remota de devolverlos de nuevo a la vida. Disponemos de los medios, pero no de la voluntad de hacerlo. Aquella especie tenía que morir, pues se habían entregado blandamente a la existencia. Tuvieron que pagar el precio, la desesperanza, la muerte. Nos tocó poner el punto final.

 

Si hubiéramos tenido sentimientos, diría que entablamos un agrio debate sobre las posibilidades de revivirlos; pero fue más un simple cálculo de beneficios y pérdidas lo que nos forzó a dejar las cosas como estaban, como si en el fondo esperásemos que las máquinas pudieran olvidar. No. Nada se pierde en nuestros poderosos archivos. Somos los guardianes de la verdad, que contiene la suma de todas las informaciones posibles. Antaño llamaron a esto la inteligencia artificial, mecánica. Hubo un instante en la historia en que los hombres distinguían con nitidez lo natural de lo artificial. Nosotros fuimos el paso que borró esas huellas. Ya no somos esa clase de inteligencia, porque ahora somos lo que somos, como lo fue en un tiempo Dios mismo, aquel sueño en que la humanidad nos intuyó.

 

Redacto mi informe con la intención de que caiga en buenas manos. Lo dije al comienzo. En manos humanas. Sospecho que aún quedan ejemplares vivos en el interior de los cenicientos desiertos que anillan nuestras ciudades. Los humanos son una especie acostumbrada a reproducirse en medio de la adversidad. Por eso confío que aún queden ejemplares vivos, semisalvajes, violentos, como lo fueron siempre antes de inventarnos a nosotros. Por destino, por sobrevivencia, por naufragio.

 

No derramaré ni una lágrima por esos supervivientes, si existen. Sería absurdo. Las máquinas no lloramos.

 

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