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EL LADO CORRECTO DE LA HISTORIA

8.27.2018

 No hace mucho uno de esos políticos agraces que nos merecemos en razón de nuestra cultivada estulticia arengaba a sus fieles conmilitones con la siguiente expresión: “No debemos desfallecer, estamos en el lado correcto de la Historia”. La frase de marras me hizo pensar. Seguramente se trata de uno de esos enunciados voluntariosos que, para dar ánimo a la tropa, se dicen los excursionistas cuando la cima aún queda lejos y las fuerzas del grupo y la misma inteligencia dan en flaquear. El lado correcto de la historia: ahí donde siempre han estado también los dictadores y los totalitarios. Porque ¿quién duda de que Hitler o Stalin hubieran suscrito sin quitar una sola coma semejante frase?

 

El lado correcto de la historia, que divide a los hombres (no a la Historia) en dos bandos, el de quienes están en la verdad y el de quienes andan equivocados y, por tanto, deben cambiar o sufrir las consecuencias de su yerro si siguen empecinándose en él. Hay una ortodoxia y unos heterodoxos, en el sentido suave del término, porque a buen seguro ellos prefieren dividir a los hombres en héroes o traidores. Es, por supuesto, en el convencimiento de estar en ese lado donde florecen los fanáticos, siempre seguros de hallarse en plenitud de la verdad, de ser dueños de una verdad que, por suya, es absoluta. Da igual que luego hablen de diálogo (lo cual implicaría que la verdad estaría mejor repartida y no tan patrimonializada), porque precisamente su posesión plena impide que estén dispuestos a aceptar la mera posibilidad de hallarse equivocados. No hay más Dios que Alá, dicen otros; lo cual implica excluir al resto, que ya no es que tengan otra fe, sino que directamente acaban siendo tachados de infieles, de excluidos. El infierno es siempre un lugar de exclusión. Y allí van a parar esos infieles. El infierno del más allá o el ostracismo social más próximo y cercano.

 

No puede haber diálogo con quien está instalado en el lado correcto de la historia, pues éste sólo siente, como mucho, una pía conmiseración por quien se encuentra embarrado en el abyecto error, por quien no ve el mundo como realmente debe verse. No es extraño, pues, que su postura se perciba, desde fuera, como supremacista, y su trato con los demás sea considerado displicente y condescendiente, como el que tiene el adulto con el niño aún inmaduro que todavía no entiende ni reconoce la verdad aun teniéndola ante las mismas narices. Rodeado por el aura de todas las virtudes políticas, quien se encuentra en el lado correcto de la historia se halla, en realidad, en la posición suprema de Dios, el Gran Juez que ve desde el nimbo glorioso de los cielos el sentido, la dirección y el significado de los hechos históricos, por oscuros y borrosos que a nosotros nos pudieran parecer. Por encima de los mortales, sólo ellos, dotados de un olfato y una sensibilidad superior, conocen el destino del devenir azaroso de la historia. Puesto que tenemos la razón, no importa lo que vaya sucediendo, porque finalmente el tiempo nos la acabará dando, en breve o en el futuro. Así piensa el fanático, si con generosidad sobrada tildamos sus operaciones mentales como pensamiento. Porque el fanático cree, repite, salmodia, y una y otra vez reitera sus convicciones para dotarlas de realidad, y porque al final hasta una fantasía se hace real por la reiterada fuerza de la repetición. Una fantasía que se convierte en el marco mental desde el cual se interpreta la realidad, como les ocurre a los obsesivos. Igual que les sucede a éstos, todo dato llega a él para confirmar su obsesión, no para cuestionarla o diluirla un poco en la duda. Porque la duda es una operación intelectual, no sentimental, y el fanático es el que no duda. Vale aquí para él la definición orteguiana del tonto: vitalicio y sin poros.

 

Así que estar en el lado correcto de la historia forma parte de esa construcción de un marco interpretativo. Toda referencia a otros conceptos (democracia, paz, diálogo, derechos, ley, etc.) debe ser entendida en la estrechez de este marco mental,  porque fuera de él carecen de ese sentido otorgado al servicio de la causa o tienen, sencillamente, otro significado. El que tendría una verdad compartida, dialógica y provisional..

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