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Marcelo Pakman: el sentido de lo justo

11.7.2018

 

Cuando hace un par de meses, Marcelo Pakman tuvo el amable gesto de invitarme a esta presentación de su libro “El sentido de lo justo”, enviándome unos días más tarde un ejemplar para que lo leyera, ignoraba yo en qué situación me estaba metiendo. Pero, sobre todo, aún sabía menos cómo iba a salir de ella.

 

Debo confesar, de entrada, que ha sido un placer leer el libro, pero también que no ha sido fácil. No es, Marcelo, autor ni sencillo ni de rápida lectura, pero sí, al menos, de esos que van dejando las huellas de por dónde ha ido pasando y con qué autores se las ha ido viendo y dialogando en su reflexión. No todos postmodernos, como cabría suponer de la lectura del subtítulo de la obra: “Para una ética del cambio, el cuerpo y la presencia”; pero tampoco todos antiguos, aunque sí la mayoría de ellos ya clásicos.

 

Me gustaría explicarles lo que me ha ocurrido a mí con la lectura, y hacerlo desde la primera pregunta que me ha venido a las mientes mientras leía este ensayo.

 

Aunque soy profesor de filosofía desde hace más de treinta años, he sido durante mucho tiempo, por obligación y placer, un lector activo de libros y artículos de terapia familiar. Me malicio que esta naturaleza dual fue la que hizo suponer a Marcelo que yo leería el libro desde esa doble perspectiva. Pues esa ha sido la primera pregunta que el texto de Marcelo ha generado en mí: ¿Quién es el lector de este libro? ¿A quién van dirigidas sus palabras?

 

Por fortuna, una pequeña señal en la contraportada del libro nos indica que estamos ante un ejemplar que pertenece a una colección de filosofía barra psicología. Barra, pues, que contiene todo un mundo y que lanza un puente entre esos dos saberes. Parece que el autor nos indica que no es posible, pues, la una sin la otra, pues lo vivencial de la vida que la psicología comprende, la otra, la filosofía quiero decir, trata de explicarlo. Necesitaríamos más barras y más puentes, porque hay una lectura sociológica del texto y una lectura política. Y todas ellas son, creo yo, inseparables en las intenciones del autor. Pero a lo mejor esto es sólo una atribución que yo le hago.

Quiero confesarles, sin embargo, que lo he leído como ladrón en la noche, que es como en los últimos años me asomo yo a los libros. Me explicaré.

 

Hay libros fáciles, de lectura amena y saltarina; y libros difíciles, que han de encontrarse con el lector parsimonioso y atento para que la lectura sea ocurrencia feliz. Yo, por el contrario, soy de esa raza de lectores que se enfrentan a los textos para ver qué puedo robar de ellos, qué me va a ser útil, qué o cuánto hay en ellos que me resuene y amplíe mi forma de estar activamente en el mundo. Y, sobre todo, de trabajar como terapeuta. En esto último, el libro de Marcelo no me ha decepcionado. Pero he de confesar que el resto me está pidiendo a gritos una segunda y una tercera lectura para que el robo pueda ser definitivo y el botín, generoso.

 

¿Por qué digo esto, en una época en que se va con tanto cuidado no ya con los robos, sino con los más simples, tontos y mediáticos plagios? Pues porque estamos ante un autor que es un verdadero autor, es decir, alguien que ha conseguido tener, mantener y sostener una voz propia y un lenguaje que, con préstamos de la más reciente filosofía, es inexorablemente suyo. No saben ustedes (o tal vez sí) lo que cuesta apropiarse de un autor cuando éste es dueño de un lenguaje propio. Y si han de hacer una presentación de su libro, ya ni les cuento.

 

Con todo, hay botín. Me llevo algunas cosas de esta lectura y no quiero hurtarme al compromiso de comunicárselas a ustedes. Lo haré en mi lenguaje, aunque a veces no pueda resistir la tentación de hablar de prestado y utilice el de Marcelo. Él me lo perdonará. Sobre todo, si, finalmente, no decimos algo parecido.

 

La psicoterapia es, como la filosofía, una actividad extraña y singular. Por lo que hace a la segunda es, el filósofo, un francotirador, un habitante de la frontera o del intersticio. Allí donde la filosofía aparece se abre en medio un nuevo territorio de sentido y singularidad. Lo mismo de siempre, lo cotidiano, se mira de otro modo, se ad-mira, y del asombro o de la duda se ha dicho que nace la filosofía, actividad que consiste en el nudo pensar. Pero un pensar que nunca se queda aherrojado en sí mismo, prisionero de su lento discurrir, porque entonces sería tal vez delirio, pensar delirante, puro girar alocado de la peonza sobre su propia punta hasta el agotamiento.

 

La filosofía, mucho antes de que lo anunciara Marx, fue ya entre los griegos saber transformativo y creador. Luego quedó fijado y los libros fueron la mortaja de ese saber vivo, que siguió existiendo con ellos y más allá. Algo de razón tuvo Platón al señalar que, aunque los libros te hablan cuando se los lee, cuando les preguntas, o bien siempre te dicen lo mismo o bien permanecen silenciosos ante tus dudas.

 

A la psicoterapia como conocimiento ya consolidado, como conjunto de técnicas y teorías sobre el cambio, le ha venido a pasar algo parecido.

 

Dije antes que la terapia es una actividad extraña, tanto en su aspecto formal como de contenido. Fíjense si lo será que en nuestro país ni siquiera como profesión está aún regulada. Y eso que, como la filosofía, viene de antiguo, del viejo arte de curar con las palabras. ¿No es esto último fascinante? Curar con las palabras, esto es, en el encuentro relacional en que emerge un evento singular y único que va a permitir que alguien profundice en sí mismo a través de la mirada de otro. Curar, también, como como sinónimo de tener cuidado, como tener a alguien al cuidado, como hacerse cargo del humano sufrimiento que hay en el otro y que está también en mí, en el terapeuta, porque el sufrimiento es un universal de la especie humana. Momento creativo el terapéutico que, más allá de las técnicas que bien conoce el profesional, eleva el diálogo a una experiencia poética en su sentido más etimológico (el de poiesis como generatividad, como creatividad) que marca un antes y un después existencial de forma nítida en quienes participan en este evento.

 

De esto nos habla el libro, yendo un poco más allá y apuntando a una dimensión creadora, pero también de búsqueda, que Marcelo llama “el sentido de lo justo” y que es un modo de proyectarse hacia una vida más vivible, hacia una vida que, a pesar de su limitación temporal, valga la pena de ser vivida intensamente. Y esto es lo que a veces sucede en el encuentro terapéutico, que es un encuentro que rompe el ir y venir por la vida en sus formas más cotidianas, establecidas y normativizadas. La vida siempre es más que los cauces en que tendemos a estrecharla, igual que nosotros somos más de lo que hacemos y, cuando caemos en la cuenta de ello, alcanzamos aquel estado que el oráculo de Delfos definía como “llegar a ser el que se es”.

 

Me interesa especialmente este momento, que ocurre a veces cuando, saliéndonos del estilo trillado en que cómodamente habitamos como profesionales y como personas, nos encontramos en una disposición nueva junto al paciente o al amigo, desvelándose en ella un sentido único, novedoso, refundador de una vida mejor que se busca y que los antiguos llamaron vida feliz. Que nunca fue un estado permanente, una suerte de rellano en el que poder descansar definitivamente, sino la misma dínamis o fuerza que nos empuja a subir por la escalera y hallar en este subir el sentido mismo, intrínseco, del esfuerzo que realizamos.

 

 Por eso hay un antes y un después cuando participamos de ese momento. Pero no es algo dado ya definitivamente, porque la cualidad más propia de la vida de cada uno de nosotros es esta constante fluctuación entre lo seguro y lo incierto, en una suerte de devenir que nos constituye al tiempo que nos anula. Un modo siempre vacilante, como con acierto lo llama Marcelo en su libro.

 

El ser humano habla porque es un ser relacional, que vive en el convivir con los otros en el mundo, en contacto directo con la experiencia de su propia vida que luego cuenta o narra, y en contacto mediado con la experiencia de los demás. Y hay momentos en la terapia, que es un tipo de conversación que gira en torno al sufrimiento y a la ayuda, en que se produce algo muy especial, que es lo que Marcelo señala cuando habla de los eventos poéticos singulares. Ese algo escapa al significado ya otorgado a las situaciones que suceden en terapia, escapa a los discursos ya establecidos, claros y bien sistematizados, que son efecto de cierta manera cotidiana de entender el mundo ya establecida y normativizada.

 

Hay filosofía cuando en ese encuentro con el otro se descubre la singularidad inalienable del prójimo y se busca dialógicamente el espacio común, compartido, humano. No la verdad definitiva y única, perenne e inmutable, sino el mismo espacio que se abre en esta apertura al otro, el espacio del desvelamiento. La filosofía, como la felicidad, tiene un ser un poco raro, que consiste en hacerse. Es una actividad, y lo de menos es, pese a las apariencias, el resultado, la obra, el estado final o el logro y el producto.

 

Algo parecido podríamos decir de la terapia, al igual que de la amistad o del amor. Actividades en precario que se constituyen en su propio hacerse, aunque a menudo las demos ya por sabidas y consabidas y las dejemos, así, languidecer en lo cotidiano y desvitalizarse. Porque en la vida no pasan las cosas como en un tablero de ajedrez, como con bella metáfora describe en el libro un paciente al que, acaso sin saberlo, Marcelo salvó la vida al decirle que sería un gran jugador de ajedrez, pero que en la vida las cosas casi nunca son así, rectas y equilibradas.

 

Tal vez esa sea la condición humana: un estar en precario, provisional, a la búsqueda siempre de una vida mejor y más digna de ser vivida. Una vida que valga realmente la pena vivirla.

 

 

Sobre estas cuestiones nos advierte el libro que hoy presentamos. No puedo sino invitarles a leerlo.

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