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La memoria del escriba (I)

11.25.2018

 

 

 

 

Desde el primer Adán que vio la noche

                                               Y el día y la figura de su mano,

                                               Fabularon los hombres y fijaron

                                               En piedra o en metal o en pergamino

Cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño.

                                                                  J. L. Borges

           

 

                                            I

 

         Hubo un tiempo en que las cosas frágiles hallaban su rincón en el delicado cofre de la memoria. De aquellos días recuerda Platón su color dorado, su pálido frescor recién nacido, mientras nos advierte contra el vicio de escribir y sus funestos resultados. Escribimos, nos dice el filósofo poeta, para mejor olvidar. Terrible admonición la suya, vivísimo aviso profético o tal vez maldición. Ciertamente, nada se olvida con mayor celeridad que aquello que se vierte en el papel. Mas, sin la escritura, abandonados a las solas fuerzas de nuestra memoria, habría de ser la vida un continuo diálogo inextinguible, del que saliésemos poseídos por las certezas que se enuncian; las verdades que lo son, precisamente, por haber sido tantas veces repetidas. Escribimos, dice M. Zambrano, para defender la soledad en la que estamos. Y así, solitarios, vamos construyendo el mundo viviente de nuestra memoria, en silencio, letra a letra, palabra tras palabra, sin descanso.

 

         Fue un lujo la escritura; un lujo biológico y tal vez una necesidad. La Historia, nos decían de pequeños, comienza con la escritura, como si antes no hubiera habido otra cosa que una sima de tinieblas inabordables. A la propia palabra de Dios la llamamos así: la Escritura. No importa de qué dios se trate, siempre es la Escritura, por encima de credos y creyentes.

 

          El hombre se inclina ante la escritura como ante el peso de los años, una carga quizás, y una liberación. Pues no nos basta con vivir, hemos de inventar el medio de volver sobre lo vivido para hacerlo nuestro de nuevo, para dárselo también a los otros. Esa es la otra cara de la escritura, la que pinta los instantes fugaces con colores casi indelebles.

 

         Venimos de una estirpe de escribas que se prolonga en la historia como la de Caín. Cada uno de nosotros forma la frágil memoria del mundo, la que nos permite, al decir de Platón, olvidar de veras lo que sabemos, pero también conservarlo. Acaso no pensemos, pero conservamos...

 

          Fugazmente, hemos vivido en el Egipto de los faraones, en la arcaica Grecia o en los palacios de jade del Emperador de la China. Hemos sido amanuenses de triste paciencia, clérigos de pocas aunque cuidadas letras, testigos del albor renacentista.

 

         Los hombres han inventado oficios que han ido pasando al lado de nuestro escritorio, hasta desaparecer en el polvo del pasado. Nosotros hemos cambiado la elegante pluma de garza y el punzón de hierro por la pluma y el papel y, más tarde, por el hierático teclado y la fría pantalla del ordenador. Pero la tarea continúa y la memoria, ese frágil cofrecillo, sigue vacía y blanca como la hoja de papel que uno de nosotros tomará mañana entre sus manos para seguir así, lentamente, levantando hacia el cielo una orgullosa torre de palabras, de memorias desvaídas y otras pasiones humanas sin importancia. 

 

 

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