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El dedo (I)

8.29.2019

 

Tomamos el pendular hacia Lisboa en la vieja estación, casi apeadero, de Coimbra B. Dos horas de viaje que deberían pasar volando, en el regazo de una conversación acogedora y simple. Veníamos comentando algunos chismes del congreso al que acabábamos de asistir, los inevitables juegos de poder de las instituciones, risas y anécdotas, historias familiares que se remontaban a un pasado lejano, pero casi siempre presente. Llegamos temprano a la estación de Oriente, con su remedo de arcos ojivales altos y espesos como un bosque de acero y cristal, y de allí fueron dos pasos los que nos dejaron en el aeropuerto, a la espera del vuelo que nos devolvería a Barcelona. No hubo silencios incómodos, sino el pausado discurrir de una conversación que fluía como un río, agitada a veces, remansada otras. Tuvimos suerte en el avión, y pudimos compartir tres plazas para nosotros dos. Dejamos el asiento vacío en medio, a pesar de que el vuelo venía casi lleno. Gente joven que había ido a pasar el puente en Lisboa, ejecutivos que retornaban a casa con nuevos proyectos de trabajo, familias que volvían de visitar a los parientes y un grupo nutrido de señoras que regresaban cloqueando a Menorca, convencidas de que nunca debieron salir de la isla para ver mundo, pues nada había fuera de su pueblo que mereciera ser visto o atendido, y menos aún una península.

 

Cuando el avión tomó altura, el comandante avisó por una megafonía cascada que tendríamos turbulencias y conminó a los pasajeros a que permanecieran en sus asientos con los cinturones abrochados hasta que la luz indicara lo contrario. No tenía que pedírnoslo, pues no teníamos la menor intención ir a ninguna parte hasta que llegásemos a Barcelona. Ni siquiera pensaba levantarme para ir al lavabo. Siento un respeto cerval a los aviones y su magia.

 

Una pareja joven, portugueses por lo que alcancé a oír, ocupaba con su hijo los asientos delanteros. El niño, casi un bebé, dormía ajeno al rugir de los motores y a la impertinente agitación de la nave, que se zarandeaba en el aire mientras ascendía y giraba para poner rumbo al interior de la península. Los padres, inexplicablemente, hablaban en susurros, como si temieran despertar al chiquillo con sus voces, casi apagadas por la propulsión del Airbus y el inquietante crujido de su fuselaje y de las ruedas al introducirse en su compartimento bajo las alas, o acaso lo hacían porque estuvieran acostumbrados a hacerlo así. No les presté demasiada atención, una pareja con un pequeñuelo, como tantas que viajan para que los abuelos conozcan a sus nietos. Me distraje mirando por la ventanilla mientras me despedía de la ciudad y contemplaba la majestuosa bahía espejada del Mar da Palha, donde desagua el Tajo. Recordé otro viaje por el interior de la península, a las fuentes del río, unos regatos ridículos que brotan con tenacidad entre altos hierbajos en los Montes Universales, cerca de Albarracín. Nacimiento y muerte, recuerdo que pensé. Luego la tierra se hizo paisaje y me cansé de observarla desde el cielo por pura monotonía.

 

Me dejé acunar por la conversación con mi amiga, que fluía como las nubes sin sustancia bajo las alas del avión. Proseguía un diálogo que habíamos ido trenzando deslavazadamente en sucesivos viajes, casi siempre en tren, alguna vez, como ahora, en el aire. Analizándolo de forma retrospectiva, se trataba de la misma conversación de siempre, con ligeras variaciones en los matices, como suele serlo el diálogo vivo de la amistad, un río de aguas cansinas que fluye remansado. Nuestros miedos comunes compartidos, nuestras historias personales, sus añagazas y vericuetos, con los que ya estamos tan familiarizados que parecen siempre la historia de otros. La vuelta se iba haciendo más liviana, ya fuera porque al regresar en compañía uno se distrae de sus propios pensamientos y de su soledad, ya fuera porque ahora conocíamos el camino y lo recorríamos sin la ansiedad de la llegada o el misterioso destino de los trayectos, en los que amenazan siempre agazapados el desvío o la pérdida. El niño aún dormía una vida que nunca recordaría haber vivido. Dormía como un recuerdo en mi mente que yo tampoco tardaría demasiado en olvidar. Eso pensaba entonces. Me equivoqué.

 

La tripulación de cabina atendía los requerimientos del personal con fingida amabilidad profesional. Nos pedimos dos cafés, mientras en el asiento delantero el niño se rebullía inquieto en brazos de su madre, quien, acariciándole la mejilla, trataba de que siguiera dormido. El contacto suave de su mano acabó despertándolo. Abrió sus grandes ojos al techo de la nave y yo me pregunté si estaría pensando algo o, como la hoja en blanco empirista, esperando que la realidad escribiera impresiones delebles en su mente.

 

De la inmovilidad del sueño pasó a la agitación vivaz de la vigilia. Mamá trató de distraerlo acercando su carita a la ventana, pero pronto se cansó del cielo monótono, inhumano. Como nos pasa a los adultos, la compañía de nuestros semejantes le debió parecer más interesante que cualquier paisaje. O más necesaria. Nos miró por el hueco entre los dos respaldos y no pudimos sino sonreír a aquellos ojazos que ocupaban casi todo su rostro y el espacio entre los asientos. Una estratagema de la naturaleza diseñada para la propia supervivencia, recuerdo que pensé. Pero, aun así, qué ojazos. Me olvidé de mi amiga por unos instantes, contemplando aquel rostro hipnótico. Le sonreí y el bebé me imitó sin sentimientos, creo. Puro gesto reiterativo. No había ningún diente en su boquita pequeña. Unas largas pestañas que movía lánguidamente al parpadear. Unos ojos claros que miraban viendo dios sabe qué: mis gestos, la sonrisa de mi boca, mis propios ojos que contemplaban su rostro de pelado con ternura. La mamá del bebé trató de atraer su atención, para que no nos molestara. No era molestia, sino recuerdo. Recuerdo de una vida olvidada o de cuando fuimos padres y sostuvimos entre los brazos una fragilidad semejante. El papá seguía enfrascado en sus cosas, imperturbable. La azafata nos trajo los cafés aguados. Nos distrajimos del bebé con el brebaje. Y seguimos hablando mientras se nos enfriaba en los vasos de cartón. Las varitas de plástico no mantienen el calor.

 

 

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