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El dedo (II)

8.29.2019

 

El bebé miraba, curioso y contento. Que lo estuviera nos lo parecía a nosotros. Miraba. Habría debido detenerme en ese verbo y no añadir más complementos. Pero, ¿cómo evitarlo? ¿Cómo no ver en él un incipiente ser humano, que acabará de algún modo como hemos acabado el resto, asumiendo la realidad compartida de la especie, con sus vacilaciones y sus miedos? No pude apartar mis ojos de su carita embelesada, como intrigado por un pasado ya conocido, pero aún misterioso. A menudo me obligo a recordarlo, cuando contemplo a un ser humano sumergido en su fracaso vital, hurgando en el contenedor de basuras la comida del día que otros rechazaron, cuando participo como testigo en la discusión de una pareja que se amó y ahora se detesta, la ternura de los gestos transformada en odio, hiel, amargura. Alguna vez, recuerdo, fuimos así, pequeños bebés mecidos entre los brazos sorprendidos de nuestros padres. Alguna vez, recuerdo, fuimos niños todos nosotros. La vida nos hizo olvidarlo y a menudo debo hacer memoria de que lo fui, quizás para recuperar la ecuanimidad y la misericordia. O el brillo de los colores del mundo, que ahora parecen desvaídos porque me he ido haciendo viejo sin prestar atención.

 

Lo digo ocasionalmente, sobre todo a mis alumnos; que hubo un tiempo en que ese maltratador que te desagrada también fue un niño, que esa mujer tan exigente e intratable que os acosa fue una niña hambrienta de amor, que esa otra persona cuya dureza os pone nerviosos hubo por fuerza de haber tenido aquellos pocos años en que el mundo se inaugura y se intuye en él la posibilidad de ser feliz, amado, amable. Me sorprende observar entonces sus gestos de incomodidad, cuando les hago partícipes de esta confesión. Su nerviosismo, sus miradas que se hurtan a la mía. Algo sucede en ellos, algo que los lleva a territorios que no conozco, pero que resuenan en mis palabras como si hubiera penetrado en una tierra acotada, un terreno prohibido. Se escabullen. El bebé del avión sonríe, ajeno a esas reflexiones. Está allí, en su todavía pura potencia, sin tiempo para volverse malo, me digo, cuando veo asomar su manita entre los asientos, tratando de coger la mía, buscando la caricia y el contacto.

 

Le guiño el ojo, con cierta timidez. O prudencia. El bebé bizquea, mira sus deditos, los mueve, la mano abierta. La mamá lo aleja suavemente cogiendo su antebrazo, le acaricia la cabecita casi calva. El niño sonríe. El zumbido de los rotores cambia de ritmo, jadean los motores, los oídos se embotan, tragamos saliva.

 

-¿Quieres un chicle? –me pregunta mi amiga, mientras se mete uno en la boca.

 

Tiendo la mano, agradecido. La del bebé vuelve a asomarse entre los respaldos de los asientos. Acerco mi dedo para acariciarlo, para cerrar con mi gesto la intención del suyo. Me toma el índice. Presiona. Siento la palma caliente del bebé, suave la piel. Mi amiga me sonríe. El reflejo palmar, me digo. Instinto ancestral que aún nos acompaña. Restos de una época en que el instinto ayudaba a sobrevivir. Me agarra con fuerza. Sorprende el ahínco. La mamá, ensimismada, otea el horizonte breve que le ofrece la ventanilla del avión, un azul desvaído. El marido sestea sin colores.

 

Me inquieta un poco la forma como se apropia de mi dedo. Como si lo hiciera suyo y no estuviera dispuesto a devolvérmelo. Me intranquilizo por una tontería, pero desearía volver de nuevo al resguardo de la conversación reposada con mi amiga. A lo mejor ella piensa que me gusta jugar un rato con el nene. ¡Que le zurzan al rorro! Quisiera aparentar una tranquilidad mayor de la que siento, no sé por qué. Lo muevo de forma imperceptible, tratando de escapar de su pinza, pero él lo nota y, por reflejo, se aferra con más fuerza. Lo siento en la presión que su manita ejerce sobre mi dedo. Si lo quito ahora, es posible que se soliviante y se ponga a llorar o a dar ciegas manotadas al aire, y no deseo que la mamá me lance una mirada morruda, de esas que te dicen cómo has podido hacerle esto a mi sol, o que mi amiga me juzgue inoportuno o patán y se ponga a hacerle carantoñas para compensar mi torpeza. Pero desearía que el niño me soltase no la mano, que me pertenece, sino el dedo, que ha hecho suyo. Al fin y al cabo, si la mano es mía, el dedo también. Pero el bebito no se da por enterado. Lo vuelvo a mover y él lo toma con más fuerza. Cambio y lo dejo como muerto, para ver si se aburre y lo suelta, pero él sigue a lo suyo, mirándome de soslayo, como si escrutara mis reacciones al ritmo de su presión, como si estuviera disfrutando no de mi dedo, sino de mi incapacidad para recuperarlo. Trato de fingir un sosiego que no siento. Me da el pálpito de que si mi amiga me hablara ahora no sabría seguir el hilo de la conversación, por más empeño que pusiera en ello; y entonces sí, entonces mi amiga me vería como ese patán de mis sospechas, un profesional de lo nuestro que no sabe cómo tratar a una criatura a pesar de haber sido padre no hace demasiado tiempo. Me turba el mero pensamiento, la simple sospecha de que ella pudiera estar pensando algo así. Es boba la idea, lo sé, pero para disimular mi zozobra contemplo un rato el cielo insulso que se asoma por el cuadrado de la ventanilla. El cielo hipnótico y desdibujado.

 

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