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TERAPEUTAS ESENCIALES: ALFREDO CANEVARO (1)

10.27.2019

 

De joven quiso ser médico. No por amor a la medicina, sino porque soñaba, sin decírselo a nadie, con una especie de profesión inexistente:

la de “remendador de destinos”. Le parecía que muchos individuos no llegaban hasta el final de su verdadero destino por no comprenderse a sí mismos. Le habría gustado comprender a todos los hombres y ayudarles a hacerse a sí mismos.

George Simenon habla del comisario Maigret

 

Homenajear a un muerto, por grande que sea la admiración que por su obra sintamos, es asunto sencillo, si no trivial: digas de él lo que sea que digas, puedes estar apaciblemente seguro de no te habrá de responder. Eso es, sin duda, una ventaja. Ventaja que se pierde cuando uno quiere hablar de un hombre vivo, generoso y sabio, que además es amigo y al que, además, lo tenemos por mentor y maestro. Ahí empiezan los problemas, pues cabe el riesgo de que te responda, o de no haber dado con el matiz adecuado o la palabra pertinente, o de no haber logrado dibujar con ella lo que en nuestras intenciones resultaba tan claro y evidente y no lo es ya tanto puesto sobre el papel. O cabe el riesgo de pasarse en el encomio, o de no llegar.

 

Reconozco que en pocas ocasiones he sentido tanto la presión de ser leído, no por cualquier lector, sino por la propia persona que uno quisiera homenajear con unas breves, y por eso siempre incompletas, palabras. Pero hace ya tiempo que me rondaba por la cabeza añadir a Alfredo Canevaro a mi galería (pequeña aún en los textos) de terapeutas esenciales, toda vez porque él sí ha sido uno de esos imprescindibles a los que recurro cada vez que me encuentro en un atolladero y me pregunto entonces qué habría hecho Alfredo en mi lugar, cómo habría salido de esta o aquella situación. Confieso que no soy de los que abandonan la pieza una vez la tiene entre las fauces. Decidido, pues, a escribir unas líneas sobre él, ¿quién, sino yo mismo, podría boicotearme en el empeño? Quizás sea obsesivo, pero ¿de qué me sirve saberlo?

 

Conocí a Alfredo Canevaro hace bastantes años, más de los que él mismo supone o sabe. Lo leí, como otros, antes de tener el placer de conocerlo, pero leer es una buena manera de ir entrando en sazón. Tropecé con él por casualidad, en un artículo donde trataba unos de sus temas nucleares: la necesidad de atender lo trigeneracional en la familia. Luego nos encontramos cara a cara, y descubrí que no sólo la persona no desmerecía sus textos, sino que los dotaba de una profundidad mayor, de una resonancia que ya no he dejado de escuchar cuando retorno a sus escritos. Ya no es mi voz, sino la suya, la que escucho cuando lo leo, su arrastrado acento argentino, la dulzura de su fraseo, el espontaneo interés con que escucha y demora sus atinadas respuestas.

 

No ha publicado mucho Alfredo, pero no por pereza, desidia o desinterés, sino porque no es fácil publicar en este presente editorial que padecemos. A nadie le resulta fácil, ni siquiera a los grandes. Pero ha escrito bastante, casi un centenar de artículos, y ha sido un hombre siempre ligado a la escritura. Lo fue ya como director de Terapia Familiar.Estructura,patologìa y terapéutica del grupo familiar, hace ya muchos años, cuando en Argentina era difícil hacer cualquier cosa excepto vivir oculto y desapercibido. Hizo de aquella revista lo que aún es hoy, una de las grandes, inevitable referencia de la terapia familiar en español. Fue, durante años muy complicados, su hija de tinta y papel, que le hizo despertar con frecuencia a la del alba para cuidar la forma y el contenido, para limpiarla de erratas y sacarla al día con la mirada clara y la cara bien alta en la fecha prevista. Durante años. Luego hubo otras, con desigual fortuna, que se fueron abriendo paso de a poco y reproduciendo la semilla original, que germinó. Dejó un listón alto al marcharse, por la calidad de los artículos y de las firmas que allí escribieron. Hace poco le rindieron un emotivo homenaje sus amigos de RELATES. Tuvo la generosidad de poner a disposición de REDES la memoria histórica de aquel tiempo, en gesto poco frecuente, para que las nuevas generaciones tuvieran a su alcance alguno de aquellos textos convertidos en clásicos de la materia, que corrían el riesgo de ser olvidados. Uniendo eslabones y dando continuidad en el futuro a aquel pasado con el que este presente a veces desmemoriado se vincula.

 

Canevaro ha tenido una idea muy potente de la familia, de la familia creada y de la familia extensa, y de su semilla nuclear, la pareja, la más compleja forma relacional que los humanos hemos inventado para convivir. Esta potencia terapéutica que tiene sus intervenciones nace, sin duda, de su propia experiencia existencial, del modo como decidió instalarse en el mundo y dar cauce a su vocación. Son ciertamente escasos los hombres afortunados que descubren a tiempo la vocación en que van a empeñar la vida. Alfredo se puede contar entre ellos, y creo que humildemente lo sabe o lo intuye. No tiene esto que ver con el éxito o el reconocimiento que, en nuestro campo, le ha llegado añadido por el valor de su trabajo; sino por haber encontrado en un momento de su existencia el proyecto que habría de desarrollar el resto de su vida.

 

Es un oficio raro el nuestro; aparentemente raro, al menos. Nos sentamos frente a desconocidos que nos desvelan sus miedos más secretos, sus aristas más afiladas, su fragilidad, sus dolores y penas, sus alegrías y anhelos, lo que nunca se dijeron unos a otros ni pensaron jamás decirse. Aunque fuera a menudo lo esencial. Hombres y mujeres que lloran aún porque les falló el amor inconmensurable y gratuito de un padre o de una madre; padres y madres heridos, a su vez, por un dolor aún más antiguo y lejano. Seres humanos, es decir, vulnerables.

 

Extraño oficio este, que tiene que sacar a la luz la capacidad que las propias personas que nos consultan han ocultado bajo el celemín. Un oficio donde vemos por los oídos y escuchamos por los ojos y donde la autenticidad genuina no puede ser sustituida por la profesionalidad adquirida. Siempre he comparado nuestro trabajo con el duro aprendizaje del violinista. Tampoco para este es suficiente la técnica, la mecánica del ejercicio diario, el entrenamiento de años; con ser necesario, no es aún suficiente, porque en algún momento tiene que saltar la chispa que haga del profesional violinista un violinista de cuerpo entero, pues la música no se hace sólo con el instrumento, sino con ese mismo cuerpo completo en que consiste la persona que interpreta la partitura. En la terapia, suelo decir a mis alumnos, nosotros somos el violín que ha de estar afinado porque, si no lo estuviera, ni toda la técnica del mundo podría apagar el sonido disonante o disimular la nota falsa del arco que chirría.

 

Hay muchas profesiones donde el individuo que las ejecuta puede existir y vivir separado de su actividad y dejar, como se suele decir, los asuntos de la oficina en la oficina, pasando a hacer otra cosa sin gran conturbación interior. Hay personas que puede ejercer cualquier oficio durante años, sin más. Pero al terapeuta no le ocurre esto –y está bien que no le suceda- porque la terapia es un modo de existencia y, como cualquier otro modo de existencia, se lleva encima como el ser propio de uno, su naturaleza, un fardo o una maldición, vocacionalmente. Hay oficios así. Por ejemplo, el del filósofo, que no es filósofo sólo cuando piensa, sino que lo es como un modo inevitable de existir; o el de artista o, en fin, el de cualquiera que se nos haya impuesto de forma vocacional. La vocación es aquello a que estamos llamados, sin cuyo desarrollo nosotros no nos entenderíamos a nosotros mismos. ¡Cuánta gente acaba haciendo oídos sordos a ese llamado! ¡Y vive!

 

De Alfredo nos queda, para los que hemos disfrutado de su buen hacer, el modo espontáneo y tranquilo de dirigirse a sus semejantes, ese íntimo convencimiento de que nadie es más que nadie y que, por tanto, todo ser humano es digno de conmiseración y de una atenta escucha, porque la vulnerabilidad es un elemento esencial de nuestra humanidad. Toda vida contiene elementos apasionantes, historias nos llevan desde este presente en que vivimos a un pasado en donde se fueron gestando algunas de las dificultades que aún perviven en nosotros. Toda vida nueva alberga en su seno algo de repetición, de aprendizajes obtenidos en nuestras familias de origen, de deudas pendientes, de palabras no dichas que se pueden conjurar para salvarnos, de oportunidades perdidas que ahora se pueden aprovechar. La vida humana es continuidad y cambio, transformación y permanencia. Su fuerza motriz es el amor, que tiene muchas formas. Una es el amor coterapéutico, aquel “proceso delicado por el cual acompañamos a la persona al encuentro consigo misma”, donación generosa y, como dijo Ortega al definir el amor en su plenitud, “amar estar empeñado en que el otro exista”. En este empeño se encuentra la obra de Canevaro.

 

 

 

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