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TERAPEUTAS ESENCIALES: ALFREDO CANEVARO (y 2)

10.27.2019

 No deja de resultar sorprendente que uno, dejándose llevar por sus propios pasos, haya venido a pisar las huellas de otros que le precedieron, terapeutas que por ello llamo aquí esenciales, rindiéndoles un merecido tributo. Porque lo son para quien esto escribe, como maestros que nos han dejado un legado amplio y generoso de ideas, sugerencias, intuiciones y descubrimientos, para que nosotros sigamos avanzando y llevando el camino un poco más allá. Todo terapeuta esencial apunta a un horizonte, para que nosotros continuemos la marcha de este apasionante viaje.

 

La terapia es una profesión singularísima. Pero no por ser una profesión de ayuda. Otras lo son también, pero permiten a quien las ejerce mantener una distancia emocional que es en sí misma recurso y capacidad. En cambio, en la terapia, en cada una de sus sesiones de forma variable, el intercambio emocional e intelectual alcanza una rara intensidad en la cual el terapeuta se pone a si mismo entero, como persona y como profesional, volviéndose poco a poco, por decirlo con palabras del propio Canevaro, “un radar ultrasensible puesto al servicio de sus pacientes” (2012, pág. 171).

 

No es de extrañar, pues, que ante la intensidad que supone este trabajo, sea necesario para el terapeuta encontrar un punto de equilibrio entre su función de soporte y de ayuda, y el cuidado de sí mismo como individuo y como profesional. Todavía son pocos los equipos de autocuidado que, conscientes de ello, trabajan en esta dirección, de la cual depende la futura eficacia de muchos profesionales. Algunos aún creen que podrán cargar, como el mítico Atlas, con todo el sufrimiento de los otros sobre sus espaldas y, lo que aún es peor, que las familias dependen de esa capacidad imaginaria suya para seguir viviendo, volviéndose así fantasmagóricamente imprescindibles para quienes hasta hace poco tiempo podían vivir sin su ayuda ni el conocimiento siquiera de su existencia. Es un grave error pensar que el cuidador no necesita cuidarse, disfrutando de una vida rica y plena al margen de su desempeño profesional, que le permita mantener un equilibrio psicofísico funcional y sano. Aun no son muchos los terapeutas que se preocupan de su propio bienestar como un mandamiento obligatorio que no debería caer en el olvido. Sólo desde el propio bienestar puedo acompañar a los otros hacia el suyo. Los terapeutas son como esos violines que necesitan estar en el punto justo de afinación para sacar de sí el máximo de sus virtualidades.

 

Un terapeuta esencial es aquel que nos recuerda estas ideas por más que parezcan chocar contra la ideología de lo políticamente correcto, que nos tienta a poner el interés de los otros por encima del nuestro, craso error, que llevan a tantos profesionales a quemarse o a sentirse incompetentes por un exceso de actividad ciega.

 

Pero, además, lo que diferencia a un terapeuta esencial de alguien que sea (y ya es mucho) un buen terapeuta, es que aquel cuya compañía nos resulta esencial lo es porque sostiene alguna teoría acerca de los seres humanos, de lo que nos importa, de la necesidad de cambio y crecimiento, pero también de estabilidad, de lo que nos causa sufrimiento o nos genera satisfacción, del mundo relacional y de los temas universales que dirigen y dan sentido a su práctica clínica. No es posible desempeñar este trabajo sólo con técnicas. O no lo es, al menos, durante mucho tiempo. Saber tocar el violín no es suficiente para tocarlo con virtuosismo.

 

Lo que a veces ocurre es que estamos ciegos acerca de nuestras propias teorías, que devienen así en teorías implícitas, o nos sostenemos sobre las de otros sin darnos apenas cuenta, sin tomar conciencia del hecho de que una buena praxis clínica implica necesariamente construir alguna clase de explicación general y consciente de la vida relacional y sus juegos. Y también que lo que en apariencia parece tan sencillo -no siéndolo- como acompañar a las personas que sufren y soportar por un tiempo su sufrimiento es siempre resultado de una cierta forma de estar en el mundo, de atender a los demás estando con ellos más que por ellos. De ser más que de hacer.

 

De todo esto nos habla el libro que hace unos años, no demasiados, escribió Alfredo Canevaro, decantando con generosidad su experiencia clínica de años en una sabiduría práctica que es la característica de todos mis terapeutas esenciales. Un libro, Terapia individual sistémica con la participación de familiares significativos, subtitulado metafóricamente Cuando vuelan los cormoranes, frase que compendia el proceso de diferenciación en la pertenencia que los individuos habríamos de lograr para poder levantar el vuelo aprovechando el potencial restaurativo que tienen siempre las competencias y los legados familiares cuando con ellos nos sentimos confirmados y alimentados nutricionalmente.

 

El individuo no está solo. Incluso la soledad es siempre referencia a otros. Es, por ello, el eslabón de una cadena que establece una continuidad entre el pasado y el futuro, cuya fortaleza dependerá de cómo haya experimentado esta unión liberadora con los suyos, emocional y existencial a un tiempo. No como huida o distancia, sino como afrontamiento y clarificación.

 

 Cada uno de nosotros se levanta sobre ese pasado transgeneracional que nos ofrece recursos o nos los arrebata si no identificamos los nudos no resueltos en el seno de nuestra familia de origen. El pasado pervive en cada uno de nosotros como peso oneroso o mochila de recursos y competencias. No salimos de la nada ni tampoco nos creamos ex nihilo. La naturaleza humana es netamente relacional. Y porque lo es, el terapeuta puede comprender el dolor de aquellos a los que acompaña y sostiene, al tiempo que los ayuda a poner en juego sus capacidades, a arriesgarse desde ese espacio de seguridad que ha de ser la terapia.

 

Un terapeuta esencial, y Alfredo Canevaro lo es para mí, es como esos diamantes cuyas facetas nos embelesan y asombran, y nos llenan el fondo de los ojos con colores deslumbrantes, intuiciones felices y caminos que nos invitan a pasearlos.

 

No traicionaré ningún secreto si les invito a que lo lean como a un maestro y como a alguien que ha alcanzado una plenitud que, muy bien y sin exageración, podemos llamar sabiduría terapéutica, y que no es sino el reflejo de otro tipo de sabiduría más esencial si cabe. Más necesaria e imprescindible.

 

 

 

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